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EDICIÓN | Diciembre 2012

Casa Buque de Alfredo Cea Egaña

El tesoro de La Herradura

Su casa, a pocos metros del mar, es un verdadero museo de infinitas piezas rescatadas — en su mayoría— desde el fondo submarino. En cada una de ellas, reposa una historia, un testimonio, una pertenencia, una época, una cultura ancestral. Pero, por sobre todo, es el fiel reflejo del fascinante mundo de Alfredo Cea, amante de la naturaleza, de los misterios del océano, de su profesión y de mucho más. Un hombre de mar, que habita, sin duda, en un tesoro de valor incalculable.

 

 

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.

Reducir la vida de Alfredo Cea a este espacio, no es tarea fácil. La multiplicidad de sus actividades, su especial manera de ver la vida y el conocimiento de tantos temas, dan para escribir un libro.

Mientras converso con él, sentada en un amplio sofá de su casa, no puedo dejar de recordar la enigmática leyenda del “Tesoro de Guayacán”. Una “fortuna” escondida, hace más de cinco siglos, por piratas y corsarios. Pues bien, en esta misma bahía de Coquimbo, en La Herradura, existe una riqueza tangible, elocuente y simbólica. Su “casa pueblo” —como él la llama—, y que en la zona es conocida como la “casa buque”, es solo una extensión representativa de lo que es y ha hecho este médico cirujano, pionero del buceo en Chile, investigador, creador y amante del saber y de la naturaleza.

Después de recorrer diferentes lugares, decidió, junto a su mujer, Patricia Echenique, abandonar Santiago e instalarse en La Herradura.

Hace más de un siglo, la casa donde hoy vive era el establo de las casas patronales de una hacienda. Adquirió el lugar y lo transformó. Cerró el portón de acceso con un trozo macizo de la quilla de un velero, abrió ventanas, dinamitó rocas y sustituyó el techo de totora. En el recinto de los cántaros de leche, apareció la rústica cocina.

 Allí vivió la familia largos años, hasta que lamentables circunstancias los obligaron a abandonar la vieja casa y La Herradura. 

Regresaron a la capital y la casa quedó en completo abandono, a la suerte del descuido, del tiempo, de las termitas y los temblores. 

¿En qué momento deciden reconstruirla?
Hace más de doce años, por motivos de salud, regresamos a La Herradura. Había decidido echar abajo los muros y construir en el terreno una nueva vivienda. Mis hijos me pidieron que reconstruyera la casa. Me encantó la idea y el desafío que implicaba. Con la ayuda de un amigo arquitecto y de otro amigo constructor civil, pudimos, finalmente, reconstruir la casa actual.  

El resultado, un simpático loft, cuyos espacios se llenaron de libros, muebles y recuerdos. Escafandras, timones, arpones, antiguas máquinas para buceo, forman parte de la decoración de esta “casa-barco”. A pocos metros está la cocina. Cea la señala y comenta con una simplicidad sobrecogedora: “es absolutamente rústica. Está hecha de pedazos de buque hundido”.

A un costado del living, llama la atención una puerta de madera tallada, originaria de Cañete, Cuzco. “Esta puerta la compré por casualidad en Santiago y la transformé en ropero”. Lo cierto es que allí no guarda ropa, sino un sinfín de pulcras piezas y objetos. De allí saca una caja y comienza la narrativa.

“Mi tatarabuelo, José Manuel Cea, era socio y amigo de Diego Portales. Tenían una firma importadora de licores y tabaco, “Portales, Cea y CIA”. Portales era agnóstico y Cea, un beato ferviente y conservador. En una ocasión, discutieron, acaloradamente, sobre la vida después de la muerte. Primó la cordura y acordaron que ambos se participarían de su muerte, por señales diferentes. Cea “penaría” a Portales comunicándole su deceso. Portales, por su parte, que no creía en animitas, se encargaría de hacerle llegar el mechón de su pelo, que caía sobre su frente, dándole aviso de su fallecimiento. Al morir Portales, el curita de la parroquia encontró en su bolsillo un sobre con indicaciones. José Manuel Cea era el destinatario.

El curioso relato no termina allí. Con el tiempo, descubren, a través de un estudio forense de los restos del cadáver de Portales, que el mechón de cabello conservado por generaciones por la familia, no pertenecía al padre de la república, sino que correspondía al bisoñé que usaba Portales, para ocultar su calvicie.

 

“NUESTRO MAR ES SOLEMNE”

Con su especial humor, Alfredo Cea continúa sacando tesoros de esta puerta mágica. Quedo maravillada con la foto de él, abrazando una tortuga gigante, mientras bucea. La escena fue inmortalizada por un fotógrafo francés, en febrero de 2010, en Isla de Pascua.

¿Esto es reciente, no ha dejado el buceo?
Esta foto fue en la Isla de Pascua y al fotógrafo le llamó la atención ver a un viejo, tan viejo, buceando. Dejé de bucear un tiempo por problemas de salud, pero ¡no lo he abandonado! Llegué hace muy poco de Rapa Nui, donde volví a bucear. He adelgazado, así que el traje me queda grande. Tendré que arreglarlo, para bucear en La Herradura este verano.

¿Conoció también a Jacques Cousteau?
Conocí y admiré a ese personaje mágico, que puso el mar submarino al alcance de los científicos y los deportistas. Cuando lo visité en Mónaco, estudiaba con sus amigos de la Calypso el lenguaje de los delfines. Era de una imaginación exuberante. Me regaló su gorro rojo y también esto (muestra un coral rojo), que rescató adherido a un ánfora romana sumergida en Marsella.

 

AVENTURA EN LA ESMERALDA

Uno de los capítulos más importantes que ha marcado la vida de Alfredo Cea, como buzo, está relacionado con la investigación y filmaciones submarinas de la corbeta Esmeralda. Fotos, dibujos, maquetas, películas y un libro, testimonian esa experiencia inolvidable que compartió también con su mujer, Patricia. “Encontrar un buque sumergido con su estructura conservada, llena de objetos de todo tipo y de la vida cotidiana de sus tripulantes, es la experiencia soñada por todo buceador”.

Descubrir experiencias y testimonios de historia en el fondo del mar, ¿qué significa para usted?
Bucear, no solo es la experiencia biológica de exponerse a un ambiente diferente para el ser humano, sino también enfrentarse a lo desconocido y a la sorpresa del descubrimiento. Es descubrir al hombre y su cultura, es encontrar un baúl lleno de sorpresas.

¿Ha pensado cuál será el destino de toda esta riqueza histórica?
En Coquimbo, puerto de tradiciones y leyendas marineras, falta un “Museo del Mar” y un acuario. Intenté tantas veces plasmar la idea, pero no tuvo éxito. No tuve la fuerza, ni el talento para lograrlo.

¿Ocupa otro cargo en alguna institución?
El conviviente de la señora Patricia Echenique (risas).

Con ese humor tan particular, enseguida muestra una placa de metal que dice “Yo soy el capitán, pero mi mujer es el almirante”. Comenta luego, “esto está asumido públicamente, con alegría y lealtad incondicional”.

 

EL ARTE DE VIVIR

Alfredo Cea es padre de cinco hijos. El mayor de los varones falleció buceando en Nueva Caledonia… una paradoja de la vida. Se detiene un segundo, mira hacia el cielo y señala “para los dolores… el tiempo”, ya está asumido. Sus cenizas están aquí, en La Herradura”.

De esta etapa dolorosa se incorpora nuevamente y habla de sus hijos —todos profesionales destacados— y comenta el orgullo de tener cinco nietos. “Ellos saben que su tata es un viejo loco, que inventa disparates entretenidos cada día”.

¿Qué lo hace feliz?
La paz que me da el percibir que soy una persona que está pasando de la tercera a la cuarta edad. Que tengo la capacidad mental para disfrutar todo lo que está pasando en este mundo globalizado. El tener una familia y amigos entretenidos. El hacer cosas todos los días. Tengo un taller donde hago diferentes manualidades. Como cirujano, las manos todavía me funcionan.

El taller ¿es su mejor terapia?
Hace años que me dedico a dibujar y a pintar los peces del Pacífico. Tengo muchas fotos submarinas, entonces los tengo ahí, en frente y pinto. Recopilo la antropología del hombre que trabaja en el mar y eso lo estoy transformando, también, en escrito.

Su casa es historia…
Esta casa es solo un depósito personal y familiar de recuerdos personales. Señales de lo vivido y recorrido en alguna circunstancia. He aprendido que la vida pasa rápido y que el ser humano construye el futuro desde el recuerdo. Es preocupante cuando los viejos pierden la capacidad de reencantar su estado, cuando no tienen aficiones. Mi mujer me dice a veces ¡tú te pasas haciendo cosas inútiles!, y yo le respondo ¡por supuesto y me encanta!

 

“Esta casa es solo un depósito personal y familiar de recuerdos personales. Señales de lo vivido y recorrido en alguna circunstancia. He aprendido que la vida pasa rápido y que el ser humano construye el futuro desde el recuerdo”.

 

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