Así como hay fundaciones que ayudan a niños en riesgo social, otras a los adultos mayores abandonados, muchas a la pobreza y el desahucio, ANSPAC es una ONG que existe en varios países del continente, que llegó a Chile y a nuestra región con el fin de ayudar a aquellas mujeres que, por su situación de vida, necesitan obtener las herramientas necesarias para su propia realización personal. Porque detrás de una mujer feliz, hay una familia feliz.
Por: María José Pescador D. Fotografías: Danny Bolívar U.
La mayoría de las mujeres que ANSPAC ayuda son asesoras del hogar, otras muy humildes, algunas en riesgo social, abusadas y acostumbradas a la violencia intrafamiliar. Otras, en cambio, son mujeres que han seguido sus vidas solas, manteniendo a sus hijos a punta de sudor y lágrimas. Las siglas de esta ONG significan: Asociación Nacional Pro Superación Personal. Se fundó en México, el año 1974, buscando la forma de otorgar —a través de talleres, charlas, y cursos— las herramientas para que las mujeres de escasos recursos sepan fortalecer a sus familias, valorarse en su comunidad y aprender sobre la importancia de los valores humanos.
ANSPAC llegó a Chile en 1989; la sede principal se encuentra en Santiago, pero a lo largo del tiempo ha logrado expandirse a diversas regiones. En nuestro país funcionan sesenta y dos unidades, treinta y cuatro en regiones y veinticuatro en la capital. Colaboran doscientas noventa voluntarias, y más de seiscientas cincuentas mujeres participan, cada año, en los talleres realizados en todo el país: dieciséis comunas en Santiago, en las regiones de Viña del Mar, Concepción y en comunidades rurales de la región del Maule.
En Rancagua, el proyecto nace como una iniciativa del colegio La Cruz, en el año 1996. “Partimos con un conjunto de monitoras que nos juntamos; éramos seis y empezamos a trabajar con un grupo de mujeres de la comunidad de San Joaquín de los Mayos, Machalí. El colegio (La Cruz) quería aportar a la comunidad de Machalí, en donde este se encuentra, y a través de ANSPAC se buscó gestar esta ayuda”, explica Anita Tagle.
De esta forma, reunieron a las apoderadas de la escuela con el fin de presentarles un proyecto en donde pudieran enseñarles manualidades, para entretenerse, y además charlas de superación. Empezaron con este grupo de mamás, una sola y primera unidad, que tuvo seis “animadoras” (voluntarias), quienes entregaban sus conocimientos una vez por semana, durante dos horas. “Nosotras trabajamos con temas definidos y predeterminados; ANSPAC nos entrega los manuales con la metodología que hay que seguir y que es clara, predeterminada, que ya está establecida en cuanto a contenido, desarrollo de materias y todas las actividades que se hacen. Está todo planificado con tiempo porque las cosas obedecen a algo: trabajamos para entregar formación humana, formación espiritual y también enseñamos manualidades, aunque se tiene cierta libertad para desarrollar otros temas; se puede ampliar el abanico”, explica Anita.
¿Cómo fue esta primera etapa?
(Anita) Partimos con este grupo de quince señoras. Siempre empiezan más, pero se van yendo y quedan menos. Lo importante es que hay un compromiso, se crean lazos afectivos, y uno va creciendo, junto con ellas. Son tres años, en donde estas mujeres pueden desarrollarse como personas con una visión positiva de la vida. Este primer grupo fue bien casero, nos dividimos los trabajos, y gracias a la buena voluntad de las apoderadas que nos apoyaron del colegio, pudimos salir adelante.
INSTITUCIONALIZACIÓN
Al principio, como cuenta Anita, la cosa era “casera”, no tenían una guía bien determinada, aunque igual lograron crear más unidades en otras comunas como Requínoa. Esto hasta el 2010, cuando Anita y Tere fueron llamadas en forma paralela, pero sin que ninguna de las dos supiera que en la oficina de ANSPAC, en Santiago, se iban a ver. “Las dos llegamos y fue muy divertido, porque somos súper amigas y no sabíamos que a ambas nos habían llamado para lo mismo. Total que la entrevista nos la hicieron juntas. Nuestra jefa —María Ignacia Fernández, presidenta de ANSPAC Chile— estaba buscando una coordinadora para la sexta región y, finalmente, quedamos las dos. La idea de ella era institucionalizar la organización en la zona”, cuenta Tere, quien se integró ese año a ANSPAC.
¿Por qué las llamaron el 2010 y no antes?
Porque ese año nos llegó la ayuda económica para poder institucionalizar el tema y hacerlo de forma más establecida. El holding de la CGE ofreció a ANSPAC un contrato de ayuda que termina en diciembre de este año, entonces desde santiago supieron que ese beneficio era para esta región, que ya tenía avanzado el proyecto, pero que le faltaba ese empujón para realizarlo con mayor profesionalismo.
Gracias a esta ayuda y a la amistad de estas coordinadoras y su trabajo en equipo, es que hoy esta zona es la que posee más unidades en comparación con la de otras regiones y en relación con sus habitantes —dejando fuera Santiago—. Tiene doce unidades, eso quiere decir que hay doscientas cincuenta mujeres asistentes, a cargo de muchas animadoras, quienes dan las charlas-, ya que son mínimo dos por área; lo que ha sido “muy motivador para nosotras y para ANSPAC Chile”, cuenta Tere.
¿Antes de este llamado cómo iban las cosas?
(Anita) Gracias a la voluntad personal, seguíamos en pie; pero con pocas unidades y un trabajo que era demasiado personalizado. Era muy individual, no teníamos una estructura y las unidades a veces desaparecían, se creaban otras… pero siempre tuvimos equipos.
¿Después del 2010 cuáles han sido los cambios?
(Tere) Para empezar, hicimos una charla motivacional —en abril, dos meses después del terremoto—, en la cual participó Carolina Dell´Oro, e invitamos a todas aquellas mujeres a las que pensábamos les podía interesar ser voluntarias. Se llenó, vino mucha gente y fue todo un éxito. Todas nos llamaron y querían estar. Se empezaron a inscribir un montón. Tanto de monitoras como de asistentes que nos daban datos de dónde poder crear una unidad. Así llegamos a las once que hoy tenemos: Graneros, dos en Rancagua, Gultro, tres en Requínoa, Rosario, Lo Miranda, Rengo, Quinta de Tilcoco.
¿Han tenido que cerrar alguna unidad por falta de animadoras?
(Tere) Sí, teníamos doce. Y tuvimos que cerrar una, la del colegio Ave Fénix de Machalí —para niños discapacitados— por falta de animadoras. Fue muy triste.
Entonces, ¿ha sido difícil encontrar animadoras comprometidas?
(Anita) Lo que pasa es que hay que entender que uno está trabajando con almas, y eso es lo que nosotros transmitimos a nuestras voluntarias, porque voluntaria que se va, deja un hoyo en un alma, en un corazón, en donde hay una mujer que se siente abandonada, porque uno crea lazos, y todo lo avanzado, finalmente, vuelve a punto cero.
Para ustedes, ¿quién recibe más, las animadoras o las asistentes?
(Anita) Las animadoras reciben mucho más de lo que dan. Es un crecimiento personal impresionante. Uno sale con el corazón inflado, feliz.
EFECTO MULTIPLICADOR
“La idea es sacar lo mejor de ellas y crear un efecto multiplicador”, cuenta Tere, es decir, mujeres que se graduaron y que ahora han creado sus propias unidades, siempre con el respaldo y la subordinación de estas amigas.
¿Cuántas asistentes empiezan el curso y lo terminan?
(Anita) Es relativo, pero aproximado parten entre dieciséis o dieciocho y quedan unas doce. En otra unidad tenemos sesenta mujeres y quedaron cincuenta.
¿Cuál es el mayor problema de deserción?
(Anita) Muchos. Como somos una región agrícola, la mayoría de las mujeres son temporeras; por eso, decidimos acortar nuestros cursos, para que pudieran ir a trabajar tranquilas. Por otro lado, hay algunas que creen que estos talleres les van a entregar las herramientas necesarias para formar su propia empresa o como un salvavidas económico. Y nosotras no nos enfocamos en eso. Nosotras educamos, enseñamos que cuando las cosas cuestan tienen su valor, y además deben saber que en la vida todo tiene un costo. Ellas deben tener su sentido de pertenencia y tienen que saber que nada es gratis.
A pesar de que no existe apoyo profesional de psicólogos u otros, las animadoras informan a todas las asistentes de los procesos para acudir a las instituciones gubernamentales de todo tipo. Pero pasa que no siempre estas voluntarias siguen en las sedes, muchas se van antes de los tres años, lo que es hoy un problema porque se necesitan mujeres que quieran ayudar de forma comprometida y gratuita.
Una vez al año, ANSPAC Chile junta a todas las asistentes y animadoras para llevarlas de paseo a Arauco. Y es en esta actividad en donde las mujeres se dan cuenta de que no son las únicas, conversan entre ellas, lo pasan bien y ven modelos ejemplificadores de sus propias vidas. “Es en esta actividad que las asistentes se dan cuentas de la importancia de esta ONG, que no es una cosa aislada, sino más bien un proyecto consolidado a nivel nacional e internacional”, cuenta Tere.
“Las señoras logran captar que su unidad no es la única, y que hay una organización, se sienten parte de algo, se convencen”. Dice Tere quien cuenta que este año se gradúan ciento veinte mujeres, que reciben un diploma y una medalla. Lo que significa que ya cumplieron su proceso. Y es aquí cuando se espera que una de ellas, cree su propia unidad de ayuda.
UN ANTES Y UN DESPÚES
La misión de ANSPAC es: “promover la superación integral de la persona, basada en la convicción de que sólo quien desarrolla continuamente todo su potencial humano puede ser constructor, en su familia y en su comunidad, de un mundo nuevo y mejor”. Esto bajo la reflexión de ocho valores fundamentales: físico, intelectual, estético, económico, social, afectivo, moral y espiritual.
¿Qué hacían ustedes antes de ANSPAC?
(Anita) Soy profesora de básica y religión e hice clases en el colegio La Cruz. Juntas además hemos hecho un diplomado de bioética, y cursos de teología y hacemos clases de confirmación en otros colegios hace años.
(Tere) Estudié enfermería, pero siempre tuve la inquietud de la ayuda social, desde chica, hice los cursos que mencionó Anita, e hice clases también en el colegio La Cruz de Acción Social.
¿Cómo les ha cambiado la visión de vida con ANSPAC?
(Tere) ANSPAC me llena la vida, ha sido un regalo maravilloso porque he recibido mucho más de lo que he dado. Creo que en este mundo vinimos a dar y no a ser servidos, y creo que me queda mucho por entregar —aunque suene poco humilde— por todo lo que me han dado. Es una necesidad que tengo: lo que yo he recibido darlo a los demás.
(Anita) Siento que es una responsabilidad. Lo social, más que una beneficencia, es una responsabilidad. En esta vida uno tiene que ser responsable de los demás. Me falta mucho por hacer, mucho por crecer, mucho por aprender y mucho por dar. Este es un tema vertical, uno no está sola en esta vida, el motor es la fe, la vida espiritual, y eso se traduce en el compromiso de la responsabilidad social.
¿En qué sentido se ven beneficiadas las animadoras?
(Tere) Para muchas de ellas esto ha sido el mejor psicólogo. Una vez se me acercó el marido de una animadora para darme las gracias y decirme que le había cambiado la vida a su señora. Hay mujeres que se sienten vacías, que no saben que tienen mucho que entregar y ANSPAC es la solución, para entregar y recibir.
“Aquí se juntan dos mundos, la persona que quiere dar y no sabe qué dar y este otro mundo que tiene una carencia. Entonces, ambos universos se complementan. Todos necesitamos algo, y todos queremos dar algo”, dice Anita.
¿Qué es lo que necesita ANSPAC hoy?
(Anita) Animadoras que tengan un compromiso de corazón con el darse a los demás y disponibilidad de tiempo. También asistentes, grupos de señoras que quieran superarse y recibir esta formación. A través de juntas vecinales o formar unidades en diferentes escuelas o colegios que estén alejados o en zonas rurales. También necesitamos un apoyo económico que sea constante y anual, porque se nos acaba en diciembre el contrato actual y sin eso la cosa se pone difícil.
¿Qué han podido hacer gracias al aporte de la CGE?
(Tere) Comprar materiales, financiar el viaje a Arauco, actividades masivas que hemos hecho en Rancagua, que han sido fundamentales. Por ejemplo, un taller de Singer —máquinas de coser— con instructoras especializadas que enseñaban, fue espectacular. Además de poder comprar las cajas navideñas para las señoras, que este año no vamos a tener…
¿Experiencias conmovedoras?
(Tere) Una vez fui a la unidad de Requínoa, y una de las animadoras vio a una asistente que estaba parada en la línea del tren con intenciones de suicidarse. Ella la vio y la llevó a ANSPAC. Hoy en día, esa mujer que se quiso quitar la vida, es feliz en ANSPAC y este año se gradúa.
(Anita) Cuando llegué a ANSPAC, una señora asistente se suicidó y dejó a una niñita de diez años, a la que gracias a esta organización pudimos sacar adelante… Son muchas las historias en las que mujeres han podido llegar a la instancia de reencontrarse con su vida. Todos los días llega una historia nueva. Pero lo mejor de todo, son esas mujeres que se dan cuenta de que pueden hacer cosas, que se miran al espejo y se peinan, se pintan, se arreglan para sus maridos. Una mujer feliz es una familia feliz. Cuántas mujeres nos han dicho que ANSPAC les ha cambiado su vida personal, matrimonial y familiar, porque aprender a valorarse, a quererse, y los maridos incluso, les recuerdan que los martes tienen que ir a ANSPAC, porque las ven dichosas; por lo tanto, todo el núcleo familiar está feliz.
¿Cuál es el llamado para quienes van a leer esta entrevista?
(Anita) Yo hago un llamado a mujeres que han tenido oportunidades en la vida a dar parte de su tiempo y compartir su experiencia con personas que la necesitan. Entregar su tiempo y compañía con un pago que es el de llenarte de cosas buenas, de buenas vibras.
(Tere) Yo llamo a las mujeres que están necesitadas de dar y que con nosotras van a encontrar una respuesta multiplicada por mil. (www.anspac.cl)
(Tere) Una vez fui a la unidad de Requínoa, y una de las animadoras vio a una asistente que estaba parada en la línea del tren con intenciones de suicidarse. Ella la vio y la llevó a ANSPAC. Hoy en día, esa mujer que se quiso quitar la vida, es feliz en ANSPAC y este año se gradúa.
(Anita) Necesitamos animadoras que tengan un compromiso de corazón con el darse a los demás y disponibilidad de tiempo. También asistentes, grupos de señoras que quieran superarse y recibir esta formación. Como también necesitamos una ayuda económica segura mensual y anual para poder seguir ayudando”.