Hay apostadores empedernidos que se la juegan en esperanzas fallidas por los casinos o en los juegos de azar. Pocos imaginan que obtendrían jugosas utilidades si apostaran ese mismo dinero en cultura. No lo hacen por falta de interés o, simplemente, porque el placer adrenalínico frente al tragamonedas es superior.
Tampoco imaginan el placer inmenso que reditúa poseer, por algún tiempo, una obra de calidad puesta ante sus ojos en algún rincón bien iluminado de su hogar. Y digo, por algún tiempo, porque el placer del disfrute de una obra de arte reside justamente en el cambio. Una pintura, un grabado original o un buen dibujo, son piezas de arte que fácilmente se sacan a remate y pueden superar la inversión con creces, a la vuelta de algunos años.
La pintura, como toda obra poética, es la suprema construcción del espíritu humano, algo así como el símbolo de todas sus facultades. La pintura tiene hambre de infinito, de absoluto, de eternidad. El arte da vida a la muerte y más vida a la vida. Hoy día parece que todos viviéramos en la estupidez de lo inmediato, de lo sin sentido y, en el mejor de los casos, en el corto plazo. Gritamos por una buena educación y, sin embargo, no somos capaces de cultivarnos. Porque eso es cultura; el desafío duro de cultivar nuestro propio espíritu. El goce y disfrute del arte es el camino más seguro, fácil y conocido para lograrlo.
Fabián Gallardo es un joven ejemplo sobre el cual se puede apostar sobre seguro, porque su admirable talento ya rinde frutos de madurez. Crea imágenes con habilidad, que emocionan y conmueven. Invertir en un artista joven que se inicia, es también desarrollar creatividad: la del propio artista y la del público que la disfrutará.