Frente al Océano Pacífico conversamos con uno de los grandes del vino chileno y artífice de la viña que lleva su nombre, días antes de que parta a Europa a abrir nuevos nichos de mercados, a visitar clientes y explorar posibles oportunidades de crecimiento. Sus orígenes, sus apuestas, sus certezas y sueños, en estas páginas.
Por Macarena Ríos R. /fotografía José Luis Salazar
La mañana está despejada en el puerto de Valparaíso. Aurelio Montes Baseden toma desayuno en el Hotel Gervasoni, una casona de la época victoriana ubicada en el Cerro Concepción, en compañía de su familia. Está feliz, orgulloso. En su habitación descansa una réplica exacta de la espada de Prat, fruto de su reciente paso por la Marina. “Una preciosura, que tiene grabada mi nombre”, me dirá más adelante.
Sentada a su lado está Bernardita Del Campo. “Una leal compañera que me ha aguantado en todas mis locuras, que me ha apoyado en los momentos difíciles y que es ¡lejos! la mejor abuela de Chile”. También están sus hijos Bernardita, Francisca, Pilar y Matías. Aurelio hijo se encuentra en Mendoza, a la cabeza de uno de los proyectos de la Viña Montes: Kaikén. Algunos de sus yernos también lo acompañan. Y van apareciendo uno a uno sus nietos, con el pelo revuelto, los ojos adormilados.
La reunión familiar no es casual. La noche anterior fue la ceremonia de graduación, una ceremonia íntima cargada de simbolismos, en la que un emocionado Aurelio juró ante la bandera, como oficial de reserva de la Armada. “Me he puesto llorón con los años”, confidencia.
¿Qué aprendió?
A tener templanza, a controlar la ira, a dejar los egos. Es una experiencia potente donde creces mucho, y en donde te recetean a cero. Para mí fue un baño de juventud, con pruebas, con trabajos, con duchas frías, levantadas de madrugada y baños de mar en agosto a las siete de la mañana. Un verdadero back to school.
APALTA
Su primer acercamiento al valle de Apalta, “el primer grand cru chileno”, fue cuando trabajaba en la viña Undurraga. Veinte años después, cuando formó la Viña Montes, Aurelio les dijo a sus socios que debían tener algo en ese valle, porque era muy especial. Por su conformación geográfica, por su exposición suroeste, por la proximidad del río Tinquirica. El tiempo le dio la razón.
¿Cómo fue trabajar en Viña Undurraga?
Salvaje. Piensa que en esa época (1971), había una revolución política en Chile y las posibilidades de encontrar trabajo eran muy difíciles. No había lugar de empleo, los campos chilenos estaban todos tomados o expropiados. Y cuando me gané este concurso de la Viña Undurraga me sentí el hombre más privilegiado del universo, porque había entrado a una empresa privada de gran reputación. “¡Te sacaste la lotería!”, me decían mis compañeros de curso.
Fueron doce los años que estuvo en la viña. Doce años de aprendizajes constantes, de viajes, de invenciones, de excelentes recuerdos. “Mi pasada por Undurraga fue el equivalente a una segunda universidad. Una época muy potente de la que guardo los mejores recuerdos. Fueron tremendamente acogedores conmigo, muy cariñosos, me aceptaron mis metidas de pata y creció una amistad”. Lazos que siguen hasta el día de hoy: Montes forma parte de algunos directorios de los Undurraga.
LA INVITACIÓN
Cuando Aurelio sintió que había cumplido una etapa en la Viña, Alfredo Vidaurre (en ese entonces el presidente del directorio de la viña San Pedro) lo invitó a formar parte del equipo. “Queremos sofisticar la viña”, le dijo. Y se cambió. A pesar de los problemas financieros por los que pasaba la viña, a pesar de tener un perfil absolutamente opuesto, a pesar de sus productos masivos. “Llegué directamente a una gerencia técnica, me hice cargo de todos los campos y las bodegas. Fueron cinco años de una experiencia totalmente distinta y muy especial”. Y también crucial: Fue ahí donde conoció a sus futuros socios: Alfredo Vidaurre, Douglas Murray y Pedro Grand.
“Mientras estuvimos en la viña, los bancos eran los principales acreedores, así que era un poco tierra de nadie. El grupo gerencial fuimos prácticamente nosotros, éramos los que decidíamos si plantábamos o no, si exportábamos o no. Hicimos grandes progresos, y sacamos a la viña adelante, tanto así que la salvamos de una quiebra inminente y la pusimos en un sitial donde se pudo licitar y vender”.
Al llegar el nuevo manegement y como es lógico, quisieron llevar el control. Pero no se entendieron con los que habían estado trabajando a pulso por años. Entonces, renunció Alfredo Vidaurre. Renunció Douglas Murray. Y renunció Aurelio Montes. Tenía treinta y nueve años y cinco hijos.
LOTUS 1,2,3
Ese fue el programa con el que Montes comenzó a desarrollar un pequeño proyecto, una especie de “plan de jubilación” que los mantuviera ocupados en sus años de retiro, sin saber que ese plan —como le llamaron en ese entonces junto a Vidaurre y Murray, y que hablaba de una viña pequeña, orientada al segmento alto y con vinos de calidad—, lo llevaría a ser una de las viñas Premium más reconocidas internacionalmente.
Al ser un proyecto a largo plazo, cada uno debió buscar trabajo en forma paralela. Viduarre se fue como presidente del directorio de Recsa. Murray hizo lo propio como gerente de exportaciones de Cerámicas Cordilleras y Montes se dedicó a asesorar en forma free-lance.
En ese entonces, no existía el concepto de asesorías en Chile, pero como Aurelio venía con un importante know how (diecisiete años inmerso en el mundo vitivinícola no es menor), su apuesta pegó fuerte. Tanto, que llegó a ser el asesor más demandado en Chile con cerca de veintidós asesorías simultáneas, entre ellas: Fundación Chile, Capel, Echeverría, Bisquert y La Fortuna. A pesar de tener un horario extenuante y agotador, el enólogo siguió trabajando en su proyecto, en su quimera. Robándole horas al sueño, a los fines de semana, a la vida en familia.
Corría el año 1988 cuando junto a Murray y Vidaurre deciden lanzarse a la piscina bajo el nombre Discovery Wines. A los meses de partir, se les reconoció la valentía de acunar el concepto nuevo de viña boutique. Sacaron algunos premios internacionales, aumentando la demanda que tenía Aurelio como asesor. Y el proyecto de la viña fue caminando mucho más rápido de lo que ellos habían pensado. “La curva de crecimiento fue explosiva. El primer año hicimos diez mil cajas. Al año siguiente logramos treinta mil, ¡el objetivo del quinto año! El tercer año llegamos a cincuenta mil cajas, duplicando prácticamente el proyecto antes de haber cumplido la etapa propuesta. ¡Imagínate!”.
Al cabo de cinco años, Douglas Murray (“un marketero notable”, me repetirá en varias oportunidades Aurelio durante la entrevista), convino en que había que cambiar el nombre y le pusieron Viña Montes. “Tiene que ser el nombre del enólogo. En el mundo del vino, el enólogo es como el chef del restaurant. Es la miel que atrae, es el enganche”, le dijo en esa oportunidad. Y no se equivocó. Hoy es la quinta viña en exportación del país, con una marca establecida, ciento diez mercados activos y una gran reputación.
¿Cuál es su caballito de batalla?
La línea Montes Alpha, que fue un toque de magia, un golpe de suerte como siempre digo, tal como los cigarrillos Lucky Strike. Su nombre hispánico pegó muy bien y lo hace muy fácil de pronunciar por un japonés, un noruego o un finlandés.
¿El mejor vino que ha catado en su vida?
Un Petrus de 1988 de Saint Emilion (Bordeaux), regalo de Christian Moueix. Una experiencia impresionante. Para que te hagas una idea, este vino en un restorán de Nueva York debe bordear los dos mil euros la botella.
¿Su mayor quijotada?
Hacer la viña Montes. Fundarla fue temerario.
¿Pensó alguna vez que iba a tener su propia viña?
No, jamás. Para mí era un sueño absolutamente imposible. Pero cuando vas por la vida, se te van abriendo caminos y llegas a lugares absolutamente impensados. Dios te lleva de la mano a sitios que nunca imaginaste.
¿Van a sacar vinos sin alcohol?
No descarto que algún día tengamos que hacerlo, puede que el mercado te llegue a pedir algo de ese tipo, pero hoy día no lo tenemos en el pipeline de los proyectos.
¿Existe mercado para potenciar la venta en verde?
Yo creo que sí, creo que Chile ha progresado infinitamente en su gastronomía. El mercado en verde funciona con los vinos de elite. Y como restorán de elite no puedes arriesgarte a no tener una buena marca de vino que la estés manteniendo en el tiempo. En Francia todos los grand cru se venden en verde. Es impensable que llames a Petrus y les digas “voy a pasar por tu Viña y te voy a comprar una caja”, porque su producción se vende con años de antelación. Lo más probable es que te digan “te puedo entregar de la cosecha 2015”. En Chile estamos muy lejos de eso todavía.
ESPALDARAZO EN KAIKÉN
El enólogo, que estudió agronomía en la PUC, comenta que Kaikén ha sido una aventura de dulce y de agraz. Después de mucho lobby y discusiones de directorio, aterrizaron en Mendoza el 2002. “Argentina, a pesar del kilombo político, el desorden y la informalidad, es un país conocido, un destino turístico. Tiene el tango, el bife, el fútbol, Maradona, Buenos Aires, incluso un musical. Para efectos internacionales Argentina existe y Chile, no. Como siempre digo, toda la costa atlántica de Sudamérica está “in the sunny side of the street”, en el lado iluminado, con la influencia de Europa. Irme a Argentina era ir a buscar ese sol”.
Sentado frente al mar y con el sonido de las gaviotas de fondo, Aurelio da pistas de cómo encontró ese sol y comenta que lo primero que hicieron al llegar a tierras mendocinas fue realizar una especie de scanner de la región, seleccionando los lugares donde tenían que estar: Agrelo, Vistalba y Vista Flores —donde hoy tienen campos y una bodega propia—, que fueron presa de una velocidad loca, que en solo diez años se consolidaron dentro de las veinte viñas más importantes de Argentina. Aunque en su minuto ostentaron el puesto número quince.
Su hijo Aurelio va a cumplir un año viviendo allá…
Él está luchando contra todo ese establishment y lo está haciendo con mucho éxito, entusiasmo y energía. Hay muchas trabas, no se pueden importar materias primas, la mano de obra se ha ido encareciendo, la energía, que estaba subsidiada, dejó de estarlo… se nos han ido subiendo los costos. Y como tenemos mucho capital puesto en Argentina, quisimos darle un espaldarazo a Kaikén, y qué mejor espaldarazo que enviar a Aurelio Montes hijo como jefe enológico, a cargo de dos enólogos argentinos y un viticultor. Es el único chileno de la viña.
¿Cuál es su apuesta futura?
Estamos partiendo con un espumoso en Chile en la zona de Zapallar. Nos tomará dos a tres años lanzarlo al mercado. A nivel macro queremos que Montes siga creciendo a las tasas que puede crecer dado el nicho que cubre, (entre el cinco y el diez por ciento) y hacer lo mismo con Kaikén. Estamos realizando fuertes inversiones en recursos humanos. Para ello acabamos de contratar un gerente comercial argentino y otro chileno. Queremos un Montes dos en Argentina, con la misma potencia, el nivel de ventas, y los beneficios.
CALIFORNIA
Tiene un par de ideas avanzadas en Europa y la costa oeste de Estados Unidos, pero quiere esperar. Prefiere seguir consolidando Montes y su aventura en Argentina. “No queremos crecer por crecer, eso te puede llevar a la muerte, queremos ir fortaleciendo lo que ya tenemos”.
En Estados Unidos tiene un socio estratégico…
El mercado americano es lejos el más potente del mundo, es nuestro mercado numero uno. Allá tengo un socio, Alejandro Guarachi García-Huidobro, dueño de TGIC Importers. Lo conozco desde que tenía cinco años. Alex (como le dicen allá), tiene participación en la viña Montes. Lo invitamos, porque queríamos que la sintiera como propia. Tenemos una relación muy especial, con un grado de cariño y de confianza tremendo. Nos hablamos casi todos los días por skype. Y aunque a veces nos retamos y nos insultamos y nos decimos las pesadeces más grandes, ambos sabemos que estamos haciendo patria.
Y cómo no si el empresario chileno Alex Guarachi —con el que se reunió a programar el 2013 en su reciente viaje a Estados Unidos que duró apenas tres días—, llegó al país del norte en la década de los setenta y, al ver la nula presencia de vinos chilenos en el mercado americano, se propuso soñar en grande y cambiar aquello. Hoy es uno de los mayores importadores de vinos Premium sudamericanos. Y no solo de Chile o Argentina, sino de Francia, Italia, Australia, Nueva Zelanda y, por supuesto, California, en donde también apostó Montes con las cepas cabernet sauvignon en Napa Valley, syrah en Paso Robles y pinot noir en Santa Rita Hills, cuya primera cosecha aparecerá el 2013.
¿Cómo ve el actual mercado nacional de vinos?
Chile cambió la incultura del vino por la cultura del vino, cambió el tomar mucho por el tomar poco, cambió la garrafa por la botella, cambió el vino básico por el vino de calidad. Hoy día en una reunión social tú te juntas con matrimonios amigos y aquel que sabe de vinos, ¡la lleva!
¿Algún sueño inconcluso?
He hecho todo lo que he querido. Aparte de ir a estudiar historia en Berkeley, hice un curso de vuelo con instrumentos que era mi sueño. Entré a la Marina que nunca pude, armé una viña que nunca soñé, tengo una familia mucho más grande de lo que un día imaginé. El nieto número dieciséis nace en dos semanas más…
¿Volvería el tiempo atrás?
No lo haría y si lo hiciera no sé si tendría el coraje para partir todo de nuevo, a pesar de que fue un camino duro pero con un final feliz. Todos los emprendimientos tienen su cuota de riesgo y un ingrediente fundamental: no hay éxito sin haber conocido primero el fracaso, tienes que haber comido polvo, tienes que haberte caído. Cuando salí de la viña (San Pedro), salí peleado con el directorio, salí mal, angustiado. El primer año fue una etapa muy dura. No podía dormir.
Pero fue necesario para reinventarse…
Es importante saberse humano, vulnerable, terrenal. Fue una verdadera lección de humildad. Tuve que botar un poco de soberbia, luego de una exitosa carrera durante los diecisiete años en que estuve en viñas. Claro que fue necesario, aprendes a comprender al que sufre cuando tú has sufrido.
“Para efectos internacionales Argentina existe y Chile, no. Como siempre digo, toda la costa atlántica de Sudamérica está “in the sunny side of the street”, en el lado iluminado, con la influencia de Europa. Irme a Argentina era ir a buscar ese sol”.