Llega el mes de diciembre y es imposible no contagiarse con el espíritu navideño, por eso ver en familia la versión A Christmas Carol, de 1984, es una excelente oportunidad para compartir y disfrutar una producción de las clásicas.
Esta historia es una adaptación de la famosa novela de Charles Dickens (1843), que lleva el mismo nombre, y cuenta la típica historia del avaro y amargado Ebenezer Scrooge, quien es visitado por tres fantasmas o espíritus de las navidades pasadas, del presente y del futuro para darle una lección de vida por su mal comportamiento.
Un mensaje que hemos podido apreciar en variadas series, animaciones (incluso Una Navidad con Mickey de Disney o The Muppet Christmas Carol) y otras tantas películas, entonces, ¿por qué esta versión y no otra más moderna? Ello recae, principalmente, en su protagonista, caracterizado por la gran actuación de George C. Scott (lleno de fuertes sentimientos y expresiones) y por ser una de las mejores adaptaciones según la crítica. Además, no se puede dejar de mencionar que su vestuario, escenografía y diálogos se asemejan mucho a una obra de teatro.
Es así como llegamos a la víspera de Navidad, pero la máxima preocupación del tacaño Scrooge es que esta festividad no lo haga perder dinero, sin importarle si su fiel, pero mal pagado empleado, Bob Cratchit (David Warner), tenga que sufrir junto a su familia las consecuencias. Ni siquiera se conmueve con la invitación que le hace cada año su sobrino Frank (Fred Hollywell) para pasar Nochebuena o la ayuda que le piden en el pueblo para alimentar a los más desvalidos. Por eso, en la soledad de su hogar, será el propio fantasma de su ex socio fallecido quien le venga a anunciar la vista de tres espíritus, para que no sufra su misma desgracia de estar condenado en la tierra por sus malas actitudes.