En Miguel San Miguel, la almidonada biopic de Los Prisioneros, centrada en Miguel Tapia, que transcurre en 1979, Jorge González es un creador en la precariedad típica chilena, que se las ingenia para grabar en pistas con radiocasetes y micrófonos hechizos. Treinta y tres años más tarde, González es la leyenda viviente más grande del rock nacional.
Los mayores respetos a los precursores como Peter Rock, Luis Dimas, o Los Jaivas. Pero roquero, con todas sus letras, ese título sólo pertenece al ex líder del trío que revolucionó a la juventud local en los ochenta.
La nueva generación del pop criollo post 2000, lo homenajea en público, como ocurrió en la Cumbre del rock chileno de noviembre. Los últimos álbumes de Alex Anwandter, Ases falsos, Manuel García y Gepe, no serían posibles sin el antecedente de Corazones (1990). El público repleta cuando anuncia concierto, aunque sea para interpretar, por enésima vez, alguna de sus obras clásicas junto a Tapia y Narea. Todo esto considerando que no publica material original desde Mi destino (1999).
Como sea, con lo que escribió y compuso cuando apenas era un veinteañero, incluso antes, Jorge González sigue redituando. En febrero será parte del show del festival de Viña, el evento que se negó a Los Prisioneros cuando eran una fuerza artística insoslayable.
Pancho Sazo de Congreso ha dicho que no hay mejor letrista en la historia de la música popular chilena que el autor de El baile de los que sobran. Es cierto. Pero si esos versos no hubieran integrado melodías absolutamente contagiosas y memorables, no habrían servido de nada. Jorge González tuvo ambos talentos y la convicción de su originalidad deslenguada. En un país de eufemismos, esa combinación de cualidades en un solo carácter arroja un héroe.