Los Beatles querían sostener la mano de una chica en I want to hold your hand, mientras los Rolling Stones proponían pasar la noche en Let’s spend the night together. Así se mueve el pop desde siempre, entre la candidez romántica y la alusión lujuriosa. La música disco era sexo en la pista, como años más tarde el pop chicle de Debbie Gibson reflejaba la estadía de los republicanos en la Casa Blanca en los ochenta. Una década después, cuando los neoconservadores asumían el gobierno de EEUU. con George W. Bush, la cultura pop musical se volvió hipócrita.
A pesar del discurso moralista reinante, la industria de los artistas y canciones para adolescentes se erotizó por completo. Las hijas de Madonna, lideradas por Britney Spears, no se diferenciaban de una bailarina de club nocturno. Los videos promocionales no eran meras coreografías, sino pequeños cortometrajes softcore. Shakira se olvidó de encarnar la versión latina de Alanis Morissette y se tiñó de rubio. Hasta Paris Hilton grabó un disco.
El último giro del pop sugiere una vuelta al candor de quinceañeros más preocupados del flirteo que de adelantar su vida sexual. Las estrellas para adolescentes de 2012 son las angelicales Taylor Swift y Carly Jae Repsen. One direction, la boys band británica que ha batido récords en Estados Unidos, conquistan rankings con títulos como Lo que te hace hermosa y Vivir mientras somos jóvenes. La imagen de estas figuras está más cerca del adolescente que promociona ropa de multitienda, que de modelos para revistas de adultos.
Hoy Britney Spears es una madre que participa como jurado en Factor X y apenas baila en sus giras cada vez más esporádicas. El péndulo del pop vuelve hacia el algodón de azúcar y se aleja, por un rato, de la fantasía de vivir la vida como en una película porno que nunca acaba.