Martes 22:30 horas en Chilevisión.
Largar del set a una confundida Kenita Larraín que juraba participar de una enésima entrevista zalamera, o caracterizar de neonazi a un niño regordete jugando con una pistola, son escenas memorables y atrevidas para los límites del humor en Chile. Dos momentos ocurridos en El Late, reveladores de cuánto valora este elenco la inteligencia de un público que ha crecido con ellos en las distintas etapas de El club de la comedia. El programa retrata un grado de madurez y ambición en estos artistas. El resultado es lo más parecido a la fórmula original que se ha producido en Chile, subordinando la contingencia y los entrevistados al humor.
Si el periodismo asoma, es para burlarse de sus clichés y profesionales. Por lo demás, hasta ahora solo personajes de la prensa habían acaparado el formato en las pantallas locales: Julio César Rodríguez con sus entrevistas bizantinas buscando la lágrima, o Humberto Sichel e Ignacio Franzani, dos deudores históricos en sarcasmo y carisma, condiciones vitales para el puesto.
Con apenas veintitrés años, Fabrizio Copano calza perfecto en el rol de conductor. Es el más dotado de todo el reparto no porque sea el más chistoso —en ese podio gana Rodrigo Salinas—, sino el más versátil. Todo El Late, a pesar de sus referentes y el respeto por el manual gringo, resulta profundamente chileno. Su humor es resentido a conciencia.
El notero pobre, por ejemplo, personaje de Pedro Ruminot, encarna lo que siempre se le exigió a los reporteros del CQC local: incomodar de verdad a los poderosos y famosillos. Si hay un tema flotando constantemente en el programa, es el descreimiento y la desconfianza propia del ser nacional. Y, por cierto, disparar hacia todos lados. Reírse de la derecha y del gobierno es casi una obligación, pero también bromear sobre figuras como Allende. El humor no tolera cercos y eso es algo que este programa comprende y maneja con inteligencia.