Su objetivo en la vida es ser el mejor en lo que hace. Se toma su tiempo para atender a los pacientes, los escucha y analiza, porque según dice, es la única forma de lograr sintonizar con las necesidades de quien acude a sus “manos mágicas”. Siente que la estética es un derecho y que si somos capaces de gastar millones en un auto nuevo, es casi un acto de justicia invertir en nuestra belleza.
Por Claudia Zazzali C. / Fotografías Andrés Gutiérrez V.
Escucharlo es un placer. Tiene mil historias que contar y lo hace con la emoción de quien relata lo que le apasiona. Lo suyo es la medicina y siempre lo supo, porque desde niño recorría junto a su padre vastos territorios, llevando bienestar a quienes lo necesitaban. Vivía en Parral, “un pueblo que solo se conoce por ser la tierra de Neruda”, según nos dice, y donde la palabra del “doctor” era una verdad absoluta.
“Mi papá era dentista y junto a él descubrí mi vocación”, relata René Flores Aqueveque, hombre de palabra y sonrisa fáciles. “En esos tiempos, lo acompañaba en sus rondas: recorríamos kilómetros en un jeep. Íbamos a las postas de la periferia, de las montañas, del campo para adentro. Y yo iba feliz; para mí era muy entretenido, porque, imagínate, en esa época la máquina dental era casi un misterio: había que armarla porque venía en una especie de baúl de campaña. Hacíamos el recorrido y si nos daba el tiempo, después nos íbamos a pescar. Era una época maravillosa”.
¿Por qué no estudió odontología entonces?
Es que encontraba mucho más atractiva la vida del médico, porque tenía más presencia social. En los pueblos chicos, el médico era como una autoridad, mientras el dentista era de terreno.
¿Y era bueno el colegio?
Yo era un buen alumno en general. Estudié en un internado de curas jesuitas en Chillán y fui el mejor alumno en la promoción. Lo bueno de aquellos años era que se premiaba la excelencia, entonces uno se esforzaba y participaba. Quizás por eso, de un curso de veinticuatro alumnos de provincia, somos once médicos, el resto ingenieros y los que eran medio flojos, son brillantes empresarios. Creo que tuvimos un CI un tanto exótico. No sé si fue el estímulo con el que crecimos, pero debo decir que fuimos una generación privilegiada.
LA VIDA DE URGENCIA
Cuando René Flores aún estaba en la escuela de medicina, decidió dedicarse a la atención de urgencia. La adrenalina de los turnos y su pasión por el servicio no le dieron espacio a dudar. “En ese trabajo tienes compromisos afectivos con lo que estás haciendo, es absolutamente intenso. Estás luchando contra la muerte”.
¿Y no se sufre mucho con un trabajo tan absorbente?
Quizás un poco, pero solo hay dos caminos: o te la juegas a fondo o creas una costra para que no te entren balas. Mi postura en ese sentido es clara: si no estás conectado con el mundo afectivo, no eres nadie. Un médico es ante todo un servidor. Y un médico de urgencias lo es aún más, porque estás en medio de situaciones humanas críticas.
¿Es agotador mantenerse siempre en sintonía con los pacientes?
Es imprescindible, porque la necesidad es inmediata y un médico pone a prueba todas sus posibilidades de ser un puente entre la vida y la muerte. Entonces cuando el paciente está grave, la familia está conmovida, hay una emoción profunda. Es una entrega tan grande que, muchas veces, terminé turnos y al mirarme al espejo era como si hubiera envejecido treinta años.
Y si todo es tan emocional ¿Por qué hay especialistas que asumen una relación distante con sus pacientes?
Creo que es una cáscara que crean para poder sobrevivir en este medio. No digo que todos. Debe haber algunos que lo hacen por ineptitud o por flojera, porque tal vez fueron incapaces de manejar el mundo intenso de los afectos dramáticos de los familiares, de los pacientes. Para mí era distinto. Logré ser jefe del turno y cuando entraba por la sala de espera, estaba llena, abarrotada, y había cuarenta fichas esperando. Yo sentía que se me venía el mundo abajo, porque ¡eran cuarenta personas enfermas! Sentía que tenía que resolver sus problemas.
¿Algo así como un súper héroe?
Es que te sientes indispensable para la sociedad Yo atendía en el Jota Aguirre y abarcábamos toda el área norte. Vivíamos situaciones gravísimas, con problemas de recursos y de infraestructura. Era una realidad dura. Teníamos todas las camas ocupadas, entre medio de las camas habían camillas, también todas ocupadas, pacientes atendidos en sillas. Era muy triste y hasta me parecía irresponsable seguir recibiendo gente si no tenía las condiciones básicas.
¿Había un sentimiento de frustración?
Obviamente. En esas condiciones no puedes hacer medicina. Crecí profesionalmente en ese medio y creo que en muchos lugares la situación no ha cambiado. No sé si mucha gente habrá hecho el diagnóstico social que corresponde, pero lo cierto es que ningún líder político lo ha hecho público. Aquí debe existir un cambio de mentalidad. El subdesarrollo no se debe a la falta de recursos, ¡si tenemos muchas riquezas como país! Con la décima parte de este país, los japoneses han construido un imperio. Nosotros tenemos un país gigante en recursos, pero lleno de pobres en valores. Al final, eso es lo que hace que seamos subdesarrollados.
¿Quiénes tienen en sus manos la capacidad de cambiar esta realidad?
Creo que los puestos de poder están llenos de personas que sintonizan poco y nada con la realidad. La meritocracia en Chile no existe y quienes llegan a la cúspide de la pirámide poco tienen que ver con la capacidad intelectual, la habilidad y destreza de la profesión o del oficio para el que los contrataron, la capacidad resolutiva. Quizás tienen alguna “habilidad social” que yo desconozco y es terrible que gente brillante, sin esa “habilidad social” no pueda llegar a la cúspide de la pirámide.
EL CAMBIO
Llegó un momento en que todo este entorno tenía complicado al doctor Flores. Seguía haciendo urgencia, había seguido ampliando su formación y había hecho otra subespecialidad de cirugía de cabeza y cuello en el Hospital Barros Luco y después había hecho una formación en plástica reconstructiva en el Hospital del Trabajador y seguía haciendo turnos de urgencia. “Trabajaba a un ritmo que era ridículo… la adrenalina a mí me hacía el descueve”.
¿Y la familia?
No era fácil. Navidades, año nuevo, 18 de septiembre, eran turnos terroríficos. Había que celebrar el año nuevo a las diez de la noche, porque a la una de la mañana la Posta estaba llena de accidentados, ebrios, acuchillados, baleados, asaltados, atropellados.
Pero primaba la vocación
Claro, porque yo hice mi carrera a partir de la urgencia. Yo era cirujano de la Posta Central, y aprendí cirugía de cabeza y cuello con un profe que antes de jubilar pidió que me mandaran a hacer esa beca al Barros Luco. Fue un periodo en que estuve en la urgencia del J. Aguirre, donde tuve un cargo de docente asistencial y era plástico reconstructivo de las secuelas estéticas y funcionales de los traumas faciales del Hospital del Trabajador para todo Chile. Yo vengo de lo profundo a vivir a lo superficial.
¿Y cuándo cambió el switch?
Me ofrecieron un puesto en la ACHS. Yo no quería dejar el J. Aguirre, pero pedí la posibilidad de seguir en los dos lugares y me dijeron que no, no me dieron la beca. Me di media vuelta y me fui. Nunca más volví.
¿Y cambió la situación en el nuevo trabajo?
Me di cuenta que la pirámide era la misma, era mejor pagada, mejor vestida, con mejores almuerzos, con turnos relativamente dignos, en una pieza con calefacción, pero la misma cuestión. Decidí que iba a cambiar mi rumbo y me fui a Brasil a descansar, a reflexionar porque algo pasaba. Sentía que me habían cortado las piernas. Me fui de todos lados y de los que no me fui, me echaron, por no bajar el moño. Nunca más volví a trabajar en un centro médico.
¿Hace cuantos años fue eso?
Más de veinte.
¿Qué pasó en Brasil?
Me compré una station, que era como un van de esa época, era económico y ahí partimos, con toda la familia, a Florianópolis. Buscando hotel conocimos a una señora súper simpática que me preguntó qué hacía. “Soy médico”, le dije. Me contestó que ella tenía un gran amigo, el mejor cirujano plástico de toda Florianópolis. Me preguntó si querría conocerlo y él nos invitó a todos a su casa.
Era un tipo cariñoso, afectuoso, de unos catorce años más que yo. Entonces, él me hizo reflexionar. Me dijo: “¿Ah, tú haces trauma? Es muy bonito lo que tú haces. Cuando todos los demás están de fiesta, tú estás de turno, cuando otra gente va a algún lugar que a ti te gusta, tú vas donde te alcanza y sales de vacaciones cuando puedes y no cuando quieres”. Y me ofreció hacer una beca en estética.
Lo dejó mudo…
Claro, porque yo no lo estaba pasando nada bien. Una semana después de mi retorno, me decidí a hacer un cambio en mi vida. Un día lo llamé a Brasil y le pregunté si el ofrecimiento seguía vigente y partí.
¿Cómo fue estudiar allá?
Este médico era de otro planeta. Me abrió muchas puertas y me permitió aprender de los mejores.
¿Le cambió mucho la vida?
Radicalmente. Y es que aprendí a aceptar la importancia de la estética en la vida de las personas. En ese tiempo era mal mirado y algunos colegas “más serios” hasta me quitaron el saludo. Pero me hice inmune y me dediqué a atender a mis pacientes.
Bien distintas las necesidades de la urgencia a las de la estética…
Quizás en lo más crítico, pero fíjate que hay muchas personas que sufren enormemente por defectos estéticos y hasta pueden enfermarse de otras partes del cuerpo por culpa de esa insatisfacción que tienen. Mujeres que no se miran ni al espejo, hombres que no se atreven a hacer deportes solo para no tener que desvestirse en camarines.
¿Cómo ve hoy en día la plástica estética?
Creo que las personas asumen que a veces necesitan una ayudita extra. Y para mí es un placer ayudarlos a recuperar la autoestima. Pongo la misma pasión en el quirófano que cuando atendía en la posta. Quizás salvaba vidas, pero ahora siento que contribuyo a mejorar esas vidas, a devolver sonrisas.