Se acerca la Navidad y las vitrinas llevan algo más de un mes llenas de rojo y dorado, luces y regalos. En medio de esta vorágine de compras y consumo, monseñor Pablo Lizama nos invita a dar una nueva mirada a esta celebración y buscar ser parte de iniciativas que nos devuelvan el espíritu de reflexión, más allá de creencias y religiones.
Por Claudia Zazzali C. / Fotografías Andrés Gutiérrez V
Es extraño caminar bajo el impetuoso sol nortino y ver las vitrinas llenas de nieve o las calles con sacrificados imitadores del viejito pascuero en cada esquina. “¡Qué calor!”, digo en voz alta, y alguien responde: “todo sea por mantener el espíritu de la Navidad”.
¿De verdad esto es lo que celebramos en Navidad? ¿Trajes rojos y tradiciones importadas?
Alguien debe tener una buena respuesta y es por eso que llegamos al Arzobispado de Antofagasta, a conversar con monseñor Pablo Lizama. El sacerdote está a cargo, desde 2004, de representar al Papa en estos lares y, por ende, es la persona más apropiada para responder nuestras preguntas.
¿Cómo explicaría usted la Navidad?
Es un cambio de tiempo. De hecho, la Navidad marca una era: nuestro mundo se divide en antes de Cristo y después de Cristo. Dentro de la cultura occidental es difícil ignorar que, en Navidad, hay desplazamientos de personas, hay reuniones familiares, hay una serie de actividades, de adornos en nuestras plazas, que hacen imposible que uno pueda ignorar que se acerca esta fecha. Eso como cualquier persona común y corriente. Ahora, no podemos desconocer que es producto de una afirmación religiosa, que es el nacimiento de Cristo. Más allá de la fecha, este día tiene una carga simbólica y marca el punto de partida de nuevos caminos, nuevas rutas que se abren.
¿Y qué debiera recordarnos?
Lo importante es mantener siempre presente que es el nacimiento de Cristo. Él nace pobre, en el azar de un viaje, cuando nadie los quería recibir y su familia tiene que vivir en una gruta con animales. Todo eso es ya un mensaje muy potente que provoca que la gente, naturalmente, tienda a ser mejor, a valorar más su familia, porque Cristo nace de un carpintero y una aldeana. Todo eso va ayudando a que se creen sentimientos alrededor de la Navidad que nos invitan a ser mejores que en el resto año. Es porque estamos con los ojos más abiertos, con los oídos más atentos, más sensibles.
¿Qué cambiaría de las celebraciones de hoy en día?
El ambiente, en general, es tan ajeno a la Navidad: tiene que andar vestido de tal manera, tiene que tener tal juguete, hacer tales cosas. La publicidad es tan avasalladora que, de repente, el mensaje profundo se pierde en medio de tanta superficialidad. Eso es lo que nosotros, como creyentes, tenemos que cambiar, hacer todo lo que sea posible para que lo sustantivo sea lo que predomine. Debemos cultivar los buenos sentimientos, valorar la familia, respetar a los pobres porque Cristo nació pobre. Es el gran regalo de Dios a la humanidad, somos la religión que tiene a Jesucristo como uno de nosotros, que lo tiene cercano: sabemos dónde nació, dónde caminó, dónde lo mataron, dónde quisieron enterrarlo. Ese es el verdadero espíritu de los regalos y, si lo perdemos, solo nos quedaremos con la cáscara, con las formas externas, pero no con lo profundo que es la Navidad.
¿Cómo nosotros, que crecimos en una sociedad de consumo, le podemos enseñar a nuestros hijos a tener otra mirada?
Lo principal es que sea una lección constante y no solo el día de Navidad. Yo creo que es nuestra misión educar en la sobriedad y el respeto. Estamos formando una generación que no admite fracasos, que no admite perder. Son niños y jóvenes que se frustran si no les compras tal o cual cosa. Eso no lo puedo sanar el día de Navidad. Tengo que enseñarles desde que nacen a valorar lo que tienen sin ambicionar lo material. Si yo siempre le he enseñado a un niño o a una niña que no tiene que pedirle nada anadie, que no le envidie nada a nadie, que sea feliz, no necesitaré tratar de meterle a la fuerza conceptos como la solidaridad, porque lo llevarán en el alma.
Pero es difícil con tanto estímulo externo…
La iglesia misma, su sabiduría, aunque no se la quieran reconocer a veces, no nos dice “mañana es Navidad”. Parte cuatro semanas antes con el adviento. Domingo a domingo se anuncia que el Señor está cerca y hay que preparar los caminos para que Él pueda llegar. Esta enseñanza tiene tantos matices, es tan profunda y tiene tanto contenido. Cada semana nos recuerda qué hacer: cambiar de actitud, darle de comer a los pobres, liberar al oprimido, ayudar a la viuda, en fin. Cada domingo va re esperanzando al pueblo y le dice que se puede ser mejor. Lamentablemente, un mes también se hace poco porque el comercio empieza mucho antes.
Hay mucha gente que no se siente cercana a la iglesia, ¿el mensaje también va para ellos?
Por supuesto, porque más allá de las creencias este es un tiempo de reflexión. Por ejemplo, Navidad es un gran espacio para cuidar, para consolidar la familia, hay más voluntad para arreglar problemas y acercarse unos a otros. Yo creo que debería aprovecharse esta época para consolidar el matrimonio, para conversar, educar a los niños, realizar actividades compartidas, crear valores juntos.
Por ejemplo, nosotros el año pasado reunimos a un grupo de universitarios que nos ayudaron a que más de una docena de familias regalaran una cena de su casa a una familia con pocos recursos. De esa experiencia se pueden rescatar muchas cosas: se recupera el sentido de conversar, de conocerse y compartir la mesa. La familia más pudiente valora lo que tiene y la familia menos afortunada recupera la esperanza, se sienten menos solos. Yo creo que da mucho ánimo, mucha esperanza y es sanador para ambos.
¿Es una oportunidad para construir una sociedad mejor?
Cristianos y no cristianos tenemos la necesidad de vivir en comunidad. Para nosotros, los creyentes, simboliza la llegada del Señor, pero tiene muchos significados relacionados con el amor y la entrega. Yo creo que hay mucho que podríamos aprender, pero, lamentablemente, se pierde entre la challa, las burbujas de champaña, lo que se tiene que comprar.
Hay quienes se niegan a aceptar lo comercial y se aíslan de esta fiesta…
Es una opción, pero también hay otras instancias en las que se puede aportar. Por ejemplo, hay abuelitos en nuestro Asilo de Ancianos Nuestra Señora del Carmen a quienes no los visita nadie. Los dejan ahí y desaparece toda la familia. Ahí tienen que llegar los niños, los jóvenes adolescentes, a entregarles amor a estas personas que están tan solas y entender que lo material no es lo único que existe y que vivimos en una sociedad donde hay gente afortunada y otros, no tanto.
¿Y para quienes perdieron la fe?
Sin fe se le puede sacar mucho provecho a la Navidad y con fe mucho más. Lo importante es darle profundidad a los sentimientos. Hasta en los lugares más insospechados se instala un pesebre, un arbolito de pascua. Esto es porque existe la esperanza de mejorar como seres humanos. En el fondo de los corazones, sabemos que los regalos más caros no logran comprar la felicidad, porque lo material es frágil. Sin saberlo, quizás, hay una nostalgia de Dios y por eso las personas se llenan de cosas, porque buscan “algo” y no saben que está más cerca de lo que sospechan. La Navidad es la oportunidad de reflexionar qué es lo que realmente necesitamos y ponernos a trabajar para conseguirlo.
Parece que es más fácil comprar en una tienda que hacer ese ejercicio de mirarse uno mismo…
Porque nos hacen creer que todo es rápido, instantáneo y eso no es real. Los valores van surgiendo poco a poco. Tiene que moverse la imaginación, pensar qué se puede hacer, cómo se puede hacer. Hay vecinos que en las poblaciones más modestas cierran sus pasajes y se reúnen a cantar, a hacer representaciones y de esta forma se acompañan. Y si alguien está solo, encuentra una nueva familia en sus vecinos, con quienes compartir y a quienes abrazar.
¿Una Navidad con sentido?
Gracias a Dios, últimamente han surgido muchas instancias que rescatan el sentido de la Navidad. La Misión Nochebuena de Elecda, las cartas de Correos de Chile, las fiestas en jardines infantiles. Pero no hay que dar lo que nos sobre, sino compartir lo que tenemos. Conozco a una señora de clase media que cada Navidad invita a su casa a más de veinte abuelitos a comer. Ella, en su modestia, es capaz no solo de dar comida a estos abuelos, sino además, y más importante, es capaz de darles esperanza. Cada uno tiene que inventar algo, crear algo para buscar un nuevo sentido. Habrá familias que sin ser mayormente creyentes, puedan cantar villancicos, dar gracias a Dios por estar juntos, recordar los momentos lindos del año. Eso va marcando la historia familiar y es el primer paso para recuperar esta época para celebrar nuestra espiritualidad.
“Conozco a una señora de clase media que cada Navidad invita a su casa a más de veinte abuelitos a comer. Ella, en su modestia, es capaz no solo de dar comida a estos abuelos, sino además, y más importante, es capaz de darles esperanza”.