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EDICIÓN | Noviembre 2012

Un pueblo, un músico y un poeta

Por Floreal Recabarren Rojas
Un pueblo, un músico y un poeta

El sol penetraba como largas escarpias sobre la pampa. Lautaro Ponce, parado sobre la arena caliente, se sacó sus lentes ópticos para liberarse del reflujo calórico. ¿Qué hacía en ese lugar un hombre de tez blanca, ojos claros y pelo casi rubio? Lautaro continuaba enhiesto. Era Ponce, el doctor. Tenía la virtud de comprender los hechos y acontecimientos del mundo real. Una inteligencia de bisturí.

El siglo veinte iniciaba su camino secular. Año 1912. El desierto hervía de trabajadores salitreros. Lautaro sabía que las empresas, como práctica económica, se desprendían de sus enfermos enviándolos al Hospital Público de Antofagasta Entonces, ¿no era juicioso instalar, en el corazón fabril del desierto, un sanatorio? Por otra parte, ¿las ciudades costeras no albergaban cientos de tuberculosos? ¿Acaso un clima seco no ayudaba a curarlos? Allí, de pie sobre la tierra calichosa, el doctor, analizaba su obra.

LA MUERTE DE UNA ESPERANZA

De pronto, una explosión rasgó el silencio del desierto. El doctor cayó de bruces. Al instante se le acercan dos varones De su boca surgieron breves, pero duras palabras: “Es solo un escarmiento: no vuelvas nunca más por estos lugares”.

El amor enredó la vida de Lautaro. Su devoción por una muchacha había dado sus frutos, para desgracia familiar. Luchando con el mutismo de la joven, al fin se supo quién era el padre del “huacho”, una afrenta que solo se borra con sangre. El odio apretó el gatillo.

Volviendo atrás, todo esto ocurrió mientras Ponce veía cómo alrededor del sanatorio se habían levantados algunas carpas y ranchos de calaminas y maderas con sus respectivos moradores. Si bien es cierto que la esperanza de Lautaro murió de amor, no menos cierto que la construcción del sanatorio había engendrado un nuevo pueblo que empezaba a caminar en Pampa Blanca, cerca de la estación ferroviaria de la Unión: Pampa Unión.

UN PUEBLO, UN MÚSICO Y UN POETA.

El doctor Lautaro Ponce salvó su vida. El miedo lo ancló de nuevo en Antofagasta. Nada nace de la nada. Dios es principio. De las carpas se fueron levantando, con adobes de caliche, casas firme y se delinearon calles. El comercio sentó sus reales. Un comercio competitivo, lo contrario de las pulperías. Abarrotes, tiendas de vestuarios, hoteles, boticas y, naturalmente, el comercio de mujeres. Se instaló la luz. Solo escaseó el agua. Hubo escuelas, pensiones y cantinas. No había iglesia, pero sí un cementerio cerrado para el descanso de los difuntos.

Luis Emilio Recabarren se reunía allí con sus camaradas. Se establecieron los partidos políticos y las instituciones gremiales: las Mancomunales Obreras y la Federación Obrera de Chile. Hombres e instituciones prohibidas en las oficinas salitreras. Pampa Unión daba aires de libertad y democracia.

Y ese hijo que nació de las tinieblas del amor, creció y fue un hombre de bien. Pampa Unión sucumbió junto con el salitre. El ser no deseado llegó a ser un músico genial que integró la Orquesta Sinfónica de Chile. Falleció en el exilio. En paralelo creció el hijo del boticario, Nicolás Ferraro Panadés, un  poeta de connotación nacional. Él escribió el epitafio: “qué fue de aquel pueblo, donde el viento, por las tardes, baila algún minueto por las duras aceras… habría que llorar a gritos, habría que ahogarse con las lágrimas”.
 

 

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