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EDICIÓN | Noviembre 2012

Tejedora de identidad

Dominga Mamani, tejedora
Tejedora de identidad

Honrada con el Sello Nacional de Excelencia en Artesanía, Dominga se ha convertido en un tesoro humano vivo, en toda la extensión de este concepto. A los cinco años comenzó a tejer y ha transmitido hasta la actualidad contenidos técnicos y estéticos de un saber ancestral. Esta mujer “de altiplano” es el fiel reflejo de una cosmovisión arraigada a la naturaleza, el arte y la cultura aymara, que gracias a muchas como ella, hoy podemos conocer.

Texto y fotografía: Soraya Valdivieso V.

Dominga Epifania Mamani Choque, es displicente al tecnológico y globalizado mundo de hoy. No habla mucho español porque prefiere el aymara, no corta su cabello, al contrario, lo mantiene tan largo como puede y conversar con ella produce la sensación de estar junto a una leyenda en vida. Dominga hoy tiene cincuenta y ocho años y se hace llamar a sí misma “abuelita”.

La encontramos sentada tras su rústico telar, el que fue construido por su padre de ochenta y dos años. Está contenta porque gracias a la Fundación Artesanías Chile ha podido vender gran parte de sus obras, lo que la satisface más allá de lo material. Además, fue reconocida con el Sello de Excelencia en Artesanía, por lo que deberá viajar a Santiago, a recibir su distinción de manos del Presidente de la República. También participará de charlas y verá sus propias creaciones en la sala MAPA del Centro Cultural Gabriela Mistral.

Dominga, en sí misma, es una imagen de otra época. Usa vestuario aymara, que tradicionalmente está compuesto por el Awaka o Aksu, que es un tejido de lana negro que envuelve el cuerpo, y una faja o Wak’a que fija la vestimenta a la cintura, todo confeccionado en llamativos colores y con creativos diseños típicos de esta cultura. Hoy en día, esta antigua herencia aún se conserva entre nosotros, a pesar de la producción masiva y comercial, gracias a un noble grupo de tejedoras que, desde hace doce años, se está organizando, reuniéndose y trabajando en conjunto. Gracias a la ayuda de programas estatales, como Acceso o Servicio País, este grupo ha logrado encontrar nichos de mercado con muchos adeptos y admiradores.

OBRA TEXTIL

Durante la entrevista, Dominga permanece sentada en su telar de pedales, con infinita paciencia. Sus manos creadoras entrecruzan y afirman las hebras naturales y de colores, cuyo resultado son fajas, chales, ponchos, cojines, faldas o pequeñas alfombras.

El proceso creativo conserva la sustentabilidad, la lana es de los camélidos propios de la zona, la llama y la alpaca, los que son esquilados por familiares de Dominga o por ella misma. La lana es teñida con hierbas endémicas como la siputula (amarillo), umatula (verde), queñua (beige) y la lampalla (beige oscuro), además de uno que otro color proveniente de la anilina. La creación de un telar puede llevarle una semana y media hasta dos; sin embargo, ahora que ella dice ser “abuelita” cuenta con la ayuda de su nieta y nieto, que tienen telares a sus medidas en el mismo taller. Fue ella misma quien los guió y les enseñó la técnica ancestral del tejido.

VIDA INDÍGENA

En el pequeño pueblo de Iscapiña, tejer se convirtió en la actividad de casi todas las niñas y niños, que por estar alejados de las urbes no siempre tuvieron profesor, incluso, para que les enseñara el español. “No había escuela, así que a veces venía un profesor para que pudiéramos estudiar y a veces no venía. Entonces nosotras íbamos al colegio a tejer”.

Dominga es analfabeta y en su precario español, nos explica que tejer es el pilar de su identidad, la que quiere defender y cuidar, porque no quiere sentirse nunca más excluida. “A mi madre no la dejaban hablar aymara, ella vivió mucha discriminación”. Esto porque “los chilenos” fueron, por mucho tiempo, intolerantes con las lenguas nativas, lo que repercutió en un aislamiento problemático, que recién a principios del año dos mil el gobierno intentó solucionar, con el reconocimiento de los derechos de ocho de los pueblos originarios.

Dominga se remonta a su niñez y recuerda haber estado en un constante periplo por el territorio altiplánico, porque “así se alimentaba al ganado”. A los cuatro años ella y sus seis hermanos comenzaron a trabajar. “Éramos buenísimos trabajadores”, agrega. “Teníamos cuarenta corderos y sesenta llamas, arábamos la papa y la quínoa, yo escarbaba la tierra. Era muy sacrificado y en invierno se morían los animales, no teníamos ayuda y, a veces, hasta quedábamos sin alimento. Lo único que comíamos por días era charqui secado al sol”. Los Mamani Choca emigraron hace treinta años al pueblo de Pozo Almonte, porque en Iscapiña, donde se forjó la familia, la vida se puso más dura de lo que era. Hoy Iscapiña es un pueblo fantasma, perdido en el inmenso altiplano chileno. La realidad es que la migración ha sido tan radical que un ochenta por ciento de las aldeas, antaño llenas de vida, hoy están en casi completo abandono.

Aymara se puede llamar a toda persona que persiste hablando esta lengua o que se proclame por sí mismo como tal. La historia nos remonta a la era incaica, cuando el Perú reinaba sobre estos territorios; fuertes rebeliones y combates entre pueblos se dieron lugar en esa época, finalmente Chile ganó la guerra y con ello territorios cargados de una cultura milenaria y hasta hoy poco conocida.

Su cultura, su entorno, sus relaciones, contextos económicos y sociales, todo eso y más, logra ser retratado en vivos colores en sus telares, que cumplen la función de arropar, desde los tiempos más fríos, a los pueblos originarios. Hoy estás técnicas se acomodan a la vida contemporánea con chaquetas y vestimentas modernas hechas en telares aymaras.

Toda la familia de Dominga sigue involucrada en el tejido del telar. Viven en ayllus, que son más que territorios y se caracterizan por lo colectivo: la tierra, el trabajo, el cuidado de los mayores.
Hoy ella es feliz porque siente que, al fin, su pueblo logró el reconocimiento que se merece. Y por eso, ella seguirá luchando, silenciosa, con sus manos volando rápidas entre lanas y fibras llenas de la fuerza de la tradición.

“Hoy en día esta antigua herencia aún se conserva entre nosotros, a pesar de la producción masiva y comercial, gracias a un noble grupo de tejedoras que desde hace doce años se están organizando, reuniéndose y trabajando juntas”.
 

 

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