Estas localidades de la provincia del Limarí, separadas por pocos kilómetros, invitan a hacer un alto, en el agitado andar citadino, con un reparador baño de aguas termales en Socos y un recorrido patrimonial, por uno de los pueblos más antiguos de Chile: Barraza. Si a esto sumamos costumbres y tradiciones, como la gastronomía propia de la zona, el resultado, sin duda, le sorprenderá.
Por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.
Iniciamos nuestro rumbo por la Ruta 5 Norte, desde La Serena hacia al sur. Es temprano y los rayos del sol dan sus primeros atisbos de un día primaveral. A pesar de la escasa lluvia en la región, cerros y praderas, sorprenden con su verdor.
Tras una hora de viaje, al costado de la carretera y cruzando el puente del río Limarí, pequeños puestos de madera ofrecen productos típicos de la zona. Una mujer sostiene, en su mano derecha, un alto de tortas blancas y brillantes, y en la izquierda, una cuelga de crustáceos. Al acercarnos constatamos que son quesos de cabra de plumavit y camarones de río elaborados con cartón pintado. Son muchas horas de exposición al sol, por eso es que la señora Justina Monárdez, y gran parte de los vendedores de Salala (pequeño caserío), utilizan esta técnica.
Hace más de cincuenta años, la señora Justina (74) inauguró el primer local de ventas de quesos y camarones, a orillas de la carretera. Pionera en la zona, cuenta que su oficio partió con la extracción de camarones desde el río Limarí. Ella misma los sacaba con sus manos o con un “chinguillo”, un fierro unido a una malla de red. Levantaba una piedra y estos crustáceos se paseaban por docenas. Hoy, ya no es lo mismo. “Antes era muy bueno, pero ahora ha bajado mucho la venta de camarones producto de la sequía”, recalca Justina, quien con sus ojos húmedos y un rostro emocionado, cuenta que trabajará solo hasta el verano, porque ya es hora de descansar.
Dejamos a la señora Justina y continuamos por la carretera. A pocos kilómetros está el by pass, que nos indica el ingreso a Ovalle. Tomamos esta vía para cruzar la ruta y a solo unos metros a la derecha, descansa la pequeña localidad de Socos, (Ojo de Agua, en quechua). El lugar es conocido por muchos, porque aquí no solo se encuentra la única bencinera antes de llegar a Coquimbo, sino también, porque para muchos turistas es una parada obligada para el relajo y el descanso.
FUENTE DE SALUD
A un costado de la bencinera está el camino que nos conduce hacia las Termas de Socos. Es solo un kilómetro, para llegar a este oasis. El privilegio del lugar está dado por el agua termal que surge por sobre los veintiocho grados celsius de temperatura, desde un manantial. Justo al frente de esta vertiente, se ubican los baños de tina, salas individuales en las que el agua alcanza una temperatura de treinta y ocho grados celsius (recomendable más de un baño diario, solo para personas sanas). Las propiedades curativas que contiene esta agua de nutrientes mineralizados, son especiales para las personas que padecen de reumatismo, problemas al corazón, circulación, vías respiratorias y musculares, entre otros. A este circuito revitalizante y regenerador se suma una sala de masajes de relajación y subacuático. Este último, es un chorro de agua a presión que recorre todo el cuerpo, dentro de una tina de agua termal. Resulta especialmente atractivo para las mujeres, ya que ayuda a disminuir la celulitis y a liberar líquidos y toxinas. Arnoldo Barraza, es quien realiza este trabajo hace diez años y comenta “hay muchas personas que, por años, pasan a darse este masaje subacuático, descansan una hora y siguen su viaje. Sin duda, esto los revitaliza”.
Hace más de cincuenta años que el agua de estas termas fue declarada fuente de salud por el Ministerio de Salud de nuestro país, un plus que permitió a los últimos propietarios del recinto, crear una planta embotelladora de agua mineral denominada también: Socos. Para continuar nuestro viaje era preciso, al menos, beber de esta agua y revitalizarnos.
RESERVA PATRIMONIAL
Llegamos nuevamente a la bencinera y seguimos por la caletera camino a Ovalle. Pasamos el peaje y desde allí son cerca de seis kilómetros hacia uno de los pueblos más antiguos de Chile: Barraza.
Nos internamos hacia el este, por un camino de tierra. A poco andar, vamos descendiendo entre cerros y curvas. Hacia el horizonte divisamos un valle fértil, que resalta con el azul intenso del cielo. Topamos con la avenida principal y por instinto giramos a la derecha, el camino lo van marcando antiguas fachadas de adobe, hasta llegar a la plaza. Es mediodía y el pueblo descansa con una quietud sobrecogedora, tan ajena y distante al vertiginoso ritmo de las ciudades.
La historia de Barraza nos motiva a conectarnos con su pasado. Sus primeros indicios se remontan a la cesión de una merced de tierras —al re fundador de La Serena— Diego Sánchez de Morales. Luego, estas tierras fueron compradas por Gregorio Quiroz, quien al morir las heredó a su hija María Nicolasa y ella, a su vez, las aportó como dote al casarse con el capitán Antonio Barraza. Esta familia fue dueña de la estancia hasta el año 1800. Sus descendientes deciden vender la propiedad a un acaudalado comerciante y vecino del sector, Manuel Barrios.
Entre los siglos XVIII y XIX, el lugar alcanzó cierta prosperidad, gracias a la fertilidad de sus tierras y la riqueza de las minas adyacentes. La Batalla de Salala, que se desató en estas tierras, hizo que Bernardo O’Higgins otorgase el título de villa al lugar con el nombre de San Antonio del Mar, en honor a la activa participación de sus habitantes en la derrota realista. Un año después, se funda Ovalle, como capital de este departamento, lo que originó que el pueblo de Barraza quedase aislado y, en cierta forma, aquietado en el tiempo.
Frente a la plaza… se impone la iglesia, tan antigua como el pueblo y con una historia que la llevó a convertirse, después de tres construcciones, en Monumento Nacional en el año 1977.
El primer templo fue mandado a edificar por el capitán Antonio Barraza, pero la crecida del río Limarí lo destruyó en el año 1690. Su reconstrucción duró hasta 1794, ya que debió ser demolido por encontrarse en deplorables condiciones de conservación. La tercera y actual iglesia fue diseñada por Joaquín Toesca, concluyéndose su construcción en el año 1800. Dada su condición de Monumento Nacional esta fue reconstruida y restaurada. Hoy, se encuentra a la espera de financiamiento para una tercera etapa de restauración.
BARRAZA GOURMET
A un costado de la Iglesia de Barraza se encuentra el museo parroquial “San Antonio del Mar”. Surge en 1993, gracias a un proyecto presentado por el Arzobispado de La Serena y el FONDART. Aquí se exhiben antiguos objetos de culto, imágenes religiosas y libros de partida de la parroquia, que difícilmente podrá apreciar en otro lugar, al menos en la región. Espejos coloniales, armonio, biblias, crucifijos, campanillas, incensarios y candelabros de bronce, casullas romanas, máquina para hacer ostias y tantos objetos más, permanecen incólumes en este museo religioso. Es un recorrido de no más de quince minutos y le aseguro que vale la pena.
Cruzar la plaza y luego internarse por la siguiente calle, nos trae una grata sorpresa. Una mujer de delantal blanco y sonriente nos comenta que ella y sus dos hijos, son dueños del único restaurante establecido en Barraza, su nombre: Cabildo Abierto. Ella es, Aurora Tabilo, quien afanosamente prepara su plato estrella: empanadas fritas de queso de cabra con camarón de río. Mesas y sillas de álamo, hechas a mano, muros de barro con aplicaciones de vidrios y piedras, un techo alto tejido con totora y un bar estilo polinésico, es el resultado de este rústico, simple y en extremo ordenado restaurante que ofrece, además, cabrito asado y conejo a las finas hierbas.
Nos disponemos entonces, cómodamente, a probar la comida gourmet de Barraza. No podemos irnos sin degustar la empanada de queso de cabra y camarón de río. Mientras la disfruto, recuerdo a la señora Justina, quien con sus ojos húmedos y el rostro emocionado nos dijo que eran sus últimos meses de trabajo, que después de cincuenta años de vender estos tan cotizados productos… se iría a descansar.