A espaldas de su madre y con tan solo dieciséis años, obtuvo su primera licencia de piloto. Cuando era pequeño, soñaba con fumigar el campo desde el cielo y lo logró. Con más de quince años dedicado a este rubro en La Serena, hoy, asociado con un amigo, emprende el vuelo con su propia empresa. Una flota de cuatro aviones y tecnología de primer nivel, forman parte de este desafío, uno más para este primer piloto de fumigación en la zona.
Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.
Hace un par de horas, dejó su avión en Ovalle, luego de una extenuante jornada. Se levanta todos los días a las cinco de la madrugada, en especial durante esta temporada, donde la acción comienza, sin parar, hasta marzo. A pesar del cansancio y la tensión que le provoca pilotear un avión, Carlos Ilabaca se acomoda en el living de su casa, en La Serena, y comenta que está ansioso y feliz, a la espera de una nueva adquisición para completar su flota.
Años atrás, no lo habría imaginado. Era un niño cuando miraba al cielo y disfrutaba el paso de los aviones que fumigaban los campos de Placilla, en San Fernando. Tal es su pasión por los aviones que, a escondidas de su madre y solo con la autorización notarial del padre, realizó el curso de piloto a los dieciséis años. “Mi madre se enteró de esto, el día de mi bautizo como piloto. Mi padre me apoyó, porque él también es piloto, incluso tenía un avión. Un día, piloteando hacia el lago Vichuquén, le dieron el dato a mi papá que yo hacía vuelos rasantes. Hasta ahí llegó todo y el avión se vendió”, comenta, entre risas.
Con el tiempo, se hizo socio del Club Aéreo de Rancagua y tomó un curso acrobático en Mentor. A pesar de su gran afición por volar, sus padres le exigieron que estudiase una carrera. Se recibió como administrador de empresas y, luego, armó un taller mecánico al que se dedicó por un tiempo. Un poco antes de perder su licencia de piloto, tomó la decisión de renovarla y de dedicarse —contra viento y marea— a la fumigación desde el aire. A los treinta años, obtuvo la licencia de piloto comercial. “Pensé que con esta licencia tendría el mundo a mis pies, pero era un papel que no servía de mucho, así que tuve que hacer una serie de cursos adicionales”.
Piloteó aviones con letreros publicitarios y también trabajó en detección de incendios forestales. Estaba en eso, cuando sufrió su primer accidente. “Sobrevolaba en un Cessna 337 y aterrizando en Tobalaba tuve una emergencia. Después de esto, me dediqué de frentón a la fumigación… nunca más me bajé de un avión fumigador”.
Han transcurrido quince años desde entonces. Trabajó en la empresa Alas Agrícolas, luego en Servicios Aéreos Agrícolas de Curicó y, más tarde, en la empresa Aguas Negras. Nuevamente un accidente cambió su vida, pero esta vez, con un vuelco inesperado. “En el 2002, caí de punta sobre un bosque en Rancagua. Iba cargado con azufre y el avión explotó conmigo adentro. No quedó nada del avión y, por lo visto, no me querían arriba todavía (ríe). El cansancio me venció, era mucho trabajo, porque estaba volando en el sur y hacia La Serena. Me quebré la muñeca, el coxis, me quemé la primera capa de los ojos y aspiré bastante humo. Estuve seis meses sin volar.
¿Sentiste temor de volar nuevamente?
Un camionero me preguntó en esa oportunidad ¿Don Carlos, y después de esto seguirá volando? Le contesté: ¿y si tú chocas, vas a seguir manejando el camión? Le quedó claro… hay que continuar. Paré seis meses, no por un problema físico, la razón es que no tenía avión… se destruyó completamente.
¿Qué pasó después?
Como el accidente fue principalmente por cansancio, decidí no volar más a La Serena y trabajar solo en el sur. A las dos semanas, me llamaron para un reemplazo en esta ciudad y dije ¡sí, pero no vuelo más a La Serena! Entonces, el terrestre, Ricardo Infante, me dijo y ¿porqué no nos vamos a vivir a La Serena? El objetivo era fumigar quince mil hectáreas y le contesté, ¡sí, vamos!
¿Te viniste con familia y todo?
Sí, de un día para otro. Le avisé a mi señora, a los niños y acá estamos, desde el 2003.
Y ¿cumplieron el desafío de las quince mil hectáreas?
Hicimos un poco más de las quince mil. Después de esto, el empresario Rafael Reyes me propuso comprar un avión y trabajar con él. A través de esta empresa, formé una oficina de venta de pesticida y otra de venta de insumos en Pan de Azúcar. También inventamos, con Felipe Belmar, la aplicación de azufre ventilado en paltos, técnica que hoy se utiliza en todo Chile, gracias a su éxito.
TECNOLOGÍA Y APLICACIÓN LIMPIA
Carlos Ilabaca tiene en el cuerpo un promedio anual de quinientas horas de vuelo como piloto fumigador. Aclara que esta cantidad suena inferior, comparado con las mil horas al año de un piloto de línea aérea. “Yo vuelo la mitad, pero la gran diferencia es que mis vuelos son a treinta centímetros del suelo y hago noventa despegues en un día, y ellos hacen tres”.
¿Cuándo decides independizarte?
Hace dos años, cuando estaba de vacaciones en Playa del Carmen, mi amigo Gustavo Redolfi (empresario gastronómico) me dijo que compráramos un avión y que formáramos una sociedad. La verdad es que no es un rubro fácil, por lo mismo no era sencillo tomar la decisión. Pasó el tiempo y seguí volando por la empresa de Rafael Reyes, hasta marzo de este año. Finalmente, me asocié con Gustavo, compramos cuatro aviones y formamos la empresa Servicios Aéreos Agrícola del Norte (SEAGRONOR). En estos momentos, hay uno volando en Chillán y en proceso de certificación; otro, en La Serena, y dos más en Santiago, que fueron traídos desde Estados Unidos.
Una inversión importante…
Así es. Los cuatro aviones son Cessna 188. Pero además de esta flota, compramos un equipo de fumigación electroestático para los aviones. Somos la primera empresa en Chile que cuenta con ello. Los aviones están equipados con banderilleros satelitales y después de fumigar, a través de un programa especial, saco la aplicación de los equipos en un pendrive y se lo entrego al cliente, es decir, él puede ver el trabajo que se hizo. Además del servicio, entregamos tecnología de primer nivel.
¿Qué función cumple el equipo electroestático?
Cualquier cosa que cargues con carga positiva se va hacia el suelo. La aplicación con este equipo es homogénea y puedes fumigar con viento, sin deriva. Al ser atraído por la tierra, va directo al suelo y los volúmenes de agua bajan de treinta litros por hectárea, a diez litros. En definitiva, la aplicación es mucho más limpia.
INTENSA TEMPORADA
Se aproxima el verano y como en todo oficio relacionado con la agricultura, no hay descanso. Para Carlos, esta temporada será distinta. Su jornada de trabajo seguirá siendo ardua y con los sacrificios que ello implica; sin embargo, este piloto de fumigación surcará los cielos del norte chico en su propia nave.
¿Cómo es una jornada diaria de tu trabajo?
Es un trabajo de lunes a lunes, por seis meses, durante el verano. En invierno es de lunes a sábado. Como me levanto a las cinco de la madrugada, todos los días, en la temporada fuerte me quedo en Ovalle. El trabajo consiste, básicamente, en la aplicación de azufre en parrones, paltos, cítricos, frutales, etc.
¿Cuáles son las expectativas de este gran emprendimiento?
Queremos cambiar la aviación agrícola en Chile. Marcar la diferencia de lo que habitualmente se conoce, a través de tecnología, con pilotos conscientes y responsables, que conozcan los productos, que tengan licencia no solo de piloto fumigador, sino además de manejo de plaguicida.
¿De vacaciones, en verano… ni hablar?
¡Imposible! Aunque mi señora y mis hijos pataleen, ellos saben que el verano para mí es solo trabajo. Son seis meses sagrados en que se acumula la tensión. Me bajo del avión, muchas veces, sin fuerza en las piernas. Recién en junio puedo darme el lujo de descansar y tomar vacaciones junto a mi familia.
¿Pero también tiene sus satisfacciones?
Yo me hice piloto fumigador acá. Aprendí a volar en esta zona, a lograr mayor experiencia. Aquí pasé muchos sustos, y he aprendido a controlar los nervios y las emociones.
No es un oficio común, el camino recorrido para llegar hasta acá, no debió ser fácil
No ha sido fácil. Hace unos años fui estafado por unos pilotos, con la supuesta compra de un avión que nunca llegó. Eso es lo que me dejó más descompuesto, porque perdí varios millones y trajo consecuencias. Sin embargo, todos los días, uno da pasos para adelante, en eso soy muy optimista.
¿Sientes presión, detrás de todo este desafío?
La única presión, hoy, es sacar mis aviones a volar antes del treinta de noviembre. Tenemos varios contratos comprometidos y ya estamos colapsados de trabajo, lo que es muy bueno.
¿Vas a necesitar mucha energía para los meses que vienen?
¡Sí! ¿Dónde está? (risas)
“Queremos cambiar la aviación agrícola en Chile. Marcar la diferencia de lo que habitualmente se conoce, a través de tecnología, con pilotos conscientes y responsables, que conozcan los productos, que tengan licencia no solo de piloto fumigador, sino además de manejo de plaguicida”.