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EDICIÓN | Noviembre 2012

ESPACIOS DE MUERTE

por Montserrat salvat, coordinadora escuela pedagogía de educación Media en Historia y geografía, facultad de ciencias de la educación, universidad san sebastián
ESPACIOS DE MUERTE

Los cementerios, con su arquitectura, mobiliario, esculturas y símbolos, reflejan cómo hemos visto la muerte: si en el siglo XIX había que expresar ante el mundo dolor y solemnidad y eso se adornaba con ángeles, pastores y penitentes, en el XXI, el camposanto debe verse lo más “limpio” de muerte posible: que nadie se acuerde que, temprano o tarde, todos correrán el mismo enigmático destino.
 

Ciudadelas cuyos residentes son los muertos, los cementerios están entre los lugares interesantes de una ciudad, no solo porque permiten el encuentro entre vivos y fallecidos, sino que, además, conforman un espacio cultural digno de ser incorporado en una visita turística convencional para conocer una ciudad: el General en Santiago, Playa Ancha en Valparaíso, Municipal Sara Braun de Punta Arenas y tantos otros, transmiten un extraño encanto fúnebre con sus robustas construcciones, esculturas, vitrales de finos materiales y sentidos epitafios, que dan cuenta de la huella de personajes históricos, grandes próceres, víctimas de tragedias colectivas; madres, niños pequeños o novias desconsoladas por la inesperada partida de un ser amado…

Y todo eso, también muestra lo que pensamos o sentimos de la muerte como sociedad. Un recorrido por algunos barrios de Santiago que albergan los camposantos nos dice que seguimos respetando a la muerte y, por ello, le destinamos espacios urbanos especiales, pero desde un buen tiempo a esta parte, la queremos con un poco de endulzante en nuestras vidas.Es cosa de comparar el Cementerio General o el Católico de Santiago, ambos ubicados en Recoleta, con los cementerios parque que se han instalado en varias comunas de la capital.

En el Cementerio General, fundado en 1821, vemos de todo tipo de últimas moradas, una polis de no vivientes: tumbas de niños, amados cónyuges, familias acaudaladas y deudos abandonados, que se van entremezclando con mausoleos monumentales, placas, estatuas o el recuerdo amoroso de un animal de peluche, flores y, cómo no, el banderín del club de fútbol al que el difunto era aficionado. El parque que en Chile aparece en la década de 1980, es más “democrático”, pues sus tumbas no nos hablan de poder, relevancia o dinero: son todas bastante parecidas, una lápida blanca depositada sobre el suelo; por cierto, también adornada por los que quedaron en el “más acá”.

A simple vista, ingresamos a una gran extensión, en que los deudos y visitantes ven una rica composición paisajística: árboles frondosos, senderos claramente demarcados, hectáreas de pasto, lomas, lagunas e, incluso, plaza con juegos para niños, nos hacen olvidar que penetramos en la ciudad de los muertos. El único testimonio de la inhumación lo advertimos al mirar hacia abajo. Pero parece que acá nuestros amigos y familiares descansan con mayor paz, retornando a un abrazo con la naturaleza.

Subyace a esto una visión “muerte inversa”, siguiendo al gran historiador francés Philippe Ariès, en el que el proceso natural, y el único del que tenemos certeza, pasa a ser algo incómodo, ajeno, evitable. Quizás sea por la porfiada tendencia a ganar más años de vida y verse siempre actualizado y joven, pero hoy la muerte, al menos en el camposanto, se ha suavizado de su drama y solemnidad.  

Para el desaparecido historiador francés Georges Duby en Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos (1995), algo de esto tiene que ver con la pérdida del referente religioso. Así, por ejemplo, si el hombre medieval tiene la certeza que morir no equivale a desaparecer, pues esta vida prosigue en la eternidad, quien carece de fe ve en la muerte una prueba terrible, una caída en las tinieblas y en lo desconocido. En todo caso, el agudo medievalista francés reconoce en su sociedad y en la de hoy un temor en igual medida, aunque con motivos distintos: a lo vano de la existencia o al castigo eterno.

Menos muerte alrededor del difunto es la opción que ha escogido una buena parte de nuestra cultura actual. ¿Y usted, dónde prefiere pasar el resto de su no existencia?
 

 

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