En enero de este año, un incendio devoró con sus llamas todo lo que había en la tradicional tienda porteña El Pasaje, y también, gran parte de los finos paños que había adquirido para abrir una sastrería exclusiva en Valparaíso. No obstante, no logró quemar sus sueños ni mermó sus ganas de volver a empezar.
Por Maureen Berger H. / Fotografías Vernon Villanueva V.
Una llamada de urgencia despertó a Felipe Belaustegui (42) a las tres y media de la mañana del 26 de enero de este año. La noticia era devastadora… un voraz incendio estaba consumiendo varios locales de calle Condell, donde se encontraba, hace décadas, su tienda El Pasaje.
Se quedó literalmente sin habla por un par de días, después de ver cómo las llamas consumían todo lo que se encontraba a su paso, y se perdía lo que él y sus familiares habían logrado con el esfuerzo y la constancia de tres generaciones. “Se me vino todo abajo; lo que me pasó no se lo doy a nadie”, expresó con visible emoción. El renacer del negocio quedó totalmente en sus manos, sin embargo, esto significaba empezar otra vez de cero.
Pero rebobinemos esta historia, que parte cuando el abuelo de Felipe, José Belaustegui Casin, arribó al país proveniente de Asturias, España, en 1914, para asentarse en Valparaíso. Luego de trasladarse en busca de buenos negocios por Los Vilos y Rancagua, este emprendedor decidió volver a la zona para radicarse definitivamente en el puerto.
En Valparaíso se hizo cargo de una emblemática y tradicional empresa que bautizó como Almacenes del Pasaje, ubicada en la Avenida de las Delicias 790, actual Avenida Argentina, esquina Independencia. Es ahí donde empezó a gestar un negocio familiar junto a dos de sus hijos, Alfonso y José Antonio.
En ese entonces, la empresa se dedicaba a la distribución, comercialización y confección de todo tipo de artículos textiles. En el enorme edificio, de tres pisos, se destinaba el tercero al taller de sastrería, corte y confección. En 1959, se trasladaron a calle Condell 1381, donde el local pasó a llamarse Tienda El Pasaje. “En esta segunda etapa, la empresa se centró en la comercialización de telas finas como paños de lana, sedas y algodones; y la excelencia en la atención, que el público premiaba”, comentó Felipe, quien se fue acercando al rubro desde muy pequeñito.
¿De niño tus visitas al local eran pasajeras?
No, yo iba a trabajar, desde los trece años atendía público y vendía artículos sin problema. Además, todo el rubro me era muy cotidiano, pues la familia de mi madre también tenía un local, que se llamaba La Carmela, donde vendían productos similares a los de mi papá. Existió hasta fines de los setenta y estaba cerca de Plaza Sotomayor.
CAMINO PROPIO
Tal como él relata, su infancia estuvo muy ligada al mundo del comercio, mientras estudiaba en el Colegio Sagrados Corazones de Valparaíso (SS.CC.). No obstante, al ingresar a la universidad y titularse de ingeniero comercial en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, su ímpetu le llevó a probar y emprender por varios caminos diferentes ligados a un banco, a una empresa de productos marinos congelados, al área médica y a la creación de un local turístico en un cerro de Valparaíso, cuando aún nadie creía en ello. “Con unos socios formamos el restaurante, galería y bar Gremio, que existió del 2001 al 2009 en el Cerro Concepción. Fue una etapa excelente en mi vida, pero para poder hacerme cargo de la empresa familiar me tuve que ir alejando. Además estaba agotado, no podía con las dos cosas, mis días partían temprano en la mañana con los temas de la tienda y terminaban en la madrugada con el bar”.
Antes, entre 1996 y 1998, Felipe tuvo un ingreso más fuerte en la empresa Comercializadora El Pasaje, como encargado de ventas y atención a clientes en el rubro textil. Pero lo dejó, ansioso de seguir forjando un camino propio. Sin embargo, la enfermedad de su padre —a quien le habían diagnosticado cáncer— hizo que, en el 2004, tuviera que regresar de lleno a gerenciar todas las áreas. “Mi papá nos trató de inculcar a todos los hijos el tema de los negocios, pero solo yo seguí sus pasos. Ni mi hermano mayor Alfonso, que falleció en 1997 por un accidente vascular, ni mi hermano Juan José se interesaron. A mí, en cambio, siempre me gustó el mundo de las telas, vivir entre paños, sedas y algodones”.
Me imagino que el camino se te puso difícil…
Claro, si bien participaba en la empresa, nunca me había adentrado más allá en temas de compras, tipos de proveedores, los clientes que teníamos y cómo se manejaba el negocio. Mi papá falleció a comienzos del 2005, así que no alcanzó a acompañarme en esta inducción urgente, y tuve que poner en práctica todo lo aprendido en la universidad y en trabajos anteriores.
¿Cómo enfrentaste la desaparición de las industrias textiles del mercado chileno?
Fue complejo, entre mediados de los noventa y el 2005 terminaron de desaparecer las grandes empresas dedicadas a la fabricación de telas, las últimas fueron Linos La Unión, Pollak y Bellavista Oveja Tomé. Tuvimos que decidir liquidar los paños a precios irrisorios, porque la gente no pagaba más por ellos. Dejamos de vender telas por dos años y hubo que reinventarse, incluyendo paulatinamente artículos de mantelería, carpetería, paquetería, ropa de hogar, cortinaje, toallas, cubrecamas, material para manualidades y más.
¿Cuáles fueron las principales causas de la caída textil?
El poliéster empezó a invadirnos a mediados de los años ochenta, pero a partir del 2000 en adelante, se hizo notar directamente de manera negativa el impacto total que tendría la apertura económica a China. La calidad de las telas pasó a segundo plano, pues imperaba el precio. Se dio una caída libre en las ventas de paños en lana, linos, líneas de algodones y sedas, o sea, las telas finas para el comercio textil. Todo llevó a que se sustituyera plenamente la confección por importación. El mercado prefirió la ropa hecha a bajo costo proveniente del extranjero.
¿De qué procedencia?
Hablamos de grandes proveedores de algodón, lino y seda a nivel mundial, especialmente de China, India y Paquistán. Con todo esto, la cesantía en la industria textil dejó demasiados damnificados.
INCENDIO EN CONDELL
El siniestro que afectó en enero la casa matriz de la Tienda El Pasaje en calle Condell dejó pérdidas totales, avaluadas en treinta millones de pesos. “Me pilló justo cuando acababa de comprar mucha mercadería y no alcancé a venderla, ni responder a los proveedores. Felizmente, ellos se han portado de maravilla, pues vieron la magnitud de lo ocurrido. Además se vieron afectados los trabajadores y los mismos clientes, que tenían por costumbre abastecerse en nuestro local”.
¿Ya estabas vendiendo telas a sastres y modistas?
Sí, desde el 2010 empecé a adquirir telas especiales para estos clientes. Pero todo se quemó.
¿Recibieron apoyo tras el siniestro?
SERCOTEC nos ayudó con un fondo concursable de cinco millones de pesos para los damnificados que no teníamos seguro, como en nuestro caso. Con este dinero pude avanzar en mi nuevo proyecto.
Te refieres a la sastrería propia…
Así es, pero, lamentablemente, todos los paños finos que había comprado recién para este nuevo proyecto, estaban en el local de Condell, incluso embalados, porque no había tenido el tiempo de trasladarlos a la nueva dirección. Por ende, perdí toda la inversión. Me quedé con un espacio a medio arreglar, una buena idea pero ningún centímetro de tela.
RENACER DE LA CONFECCIÓN
En el segundo piso de un inmueble del 1900, en calle Serrano 591, a pasos de Plaza Sotomayor, hoy está Sastrería Belaustegui, donde prima la elegancia en el mobiliario de época, los amplios vestidores, y una enorme fotografía enmarcada e iluminada de la antigua tienda familiar. Desde su reciente apertura a fines de agosto de este año, recibe a los varones, jóvenes y adultos, que buscan un traje a medida, ya sea para un evento especial como para el diario vivir. “Luego de capear más de una década, dentro de la cual el negocio se reposicionó en varias oportunidades, y observando que el mercado topaba fondo en cuanto a calidades, tomé la decisión de emprender y hacer resurgir el giro de confección, conservando los cánones de fina calidad y la excelencia en la atención a los clientes”, puntualiza Felipe.
¿Qué te mueve en esta nueva etapa?
Mi filosofía se resume en la larga dedicación y compromiso con la atención al público, el conocimiento textil a disposición del cliente y en el continuo rescate de la tradición porteña en cuanto al buen vestir. Nos hemos comprometido en esta etapa a trabajar con los mejores insumos y productos.
¿Cuáles, por ejemplo?
Contamos con paños que compro a Bellavista Oveja Tomé, empresa que aún existe, como otras que han vuelto a levantarse. Ofrecemos confección de trajes, chaquetas, pantalones y sastrería a medida, con elegantes y cómodas terminaciones. Además, hay en existencia productos terminados que los clientes pueden probarse y comprar en el local. Damos todas las comodidades, tomamos medidas a domicilio y entregamos los trajes en la dirección solicitada, oficina o casa, ya sea en esta región o en Santiago. La gente puede hacer consultas en tienda@belaustegui.cl y www.belaustegui.cl Más adelante, quizás, integremos una línea de prendas para damas.
O sea que los Belaustegui no tiran la toalla…
No, la lucha de los Belaustegui, ya por tres generaciones, siempre ha sido y seguirá siendo velar por la excelencia en el buen vestir.
“Mi padre nos trató de inculcar a todos los hijos el tema de los negocios, pero solo yo seguí sus pasos. A mí siempre me gustó el mundo de las telas, vivir entre paños, sedas y algodones”.