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Entrevistas

EDICIÓN | Noviembre 2012

Impetuoso

Nicolás Eyzaguirre, gestor cultural
Impetuoso

Definitivamente, faltan tipos como él. Con agallas, con ganas, con el ímpetu que solo dan los años de juventud. En la búsqueda de nuevas experiencias artísticas, tuvo que dejar de lado su carrera actoral y aprender a ser gestor cultural. A levantar recursos para impregnar el puerto de arte y cultura. En esta entrevista, el actual director del festival Teatro Container nos cuenta la odisea que fue generar un nuevo formato artístico.

Por Macarena Ríos R./ fotografías Vernon Villanueva B.
 

Esta historia comienza con un viaje a México, a principios del 2006. Una especie de aventura que lo tuvo recorriendo a dedo el país. Pueblos, villorrios y ciudades se fueron sucediendo, uno tras otro, durante cuatro meses. Hasta que el azar lo llevó a un lugar llamado Delicias, en el estado de Chihuahua. El último aventón lo había dejado —a él y a su señora de ese entonces, la arquitecta Daniela Gutiérrez— en una bencinera. Pensando en su próximo destino, se encontraron con un camionero que les ofreció llevarlos hasta el DF (Distrito Federal, la capital) al día siguiente. Era una oportunidad única que no podían desechar, así que se prepararon a pernoctar en la misma bomba. Al percatarse de aquello, el camionero les ofreció dormir en el container y les abrió la puerta de atrás. “Abrir esa puerta fue un verdadero hallazgo. Fue un descubrimiento lúdico y casual”, me dirá Nicolás más adelante.

Mientras la luna aparecía y la somnolencia se apoderaba de ellos, subieron al interior del camión. Oscuro, hermético. Caminaron cautos, buscando a tientas las paredes. Premunidos por una pequeña linterna y un viejo encendedor comenzaron a explorar su tamaño. “Fue la primera vez que logramos dimensionar un contenedor a escala humana, la primera vez que comprendimos cómo funcionaba, que entendimos su valor, porque, aunque sean rudimentarios, estos objetos tecnológicos cambiaron la historia de las exportaciones en el mundo, facilitó la comunicación física entre los países”.

Ese fue el primer destello de lo que más tarde se convertiría en el festival Teatro Container. “Esa noche nos desvelamos pensando en los posibles usos que se le podía dar a un contenedor como soporte para realizar diversas actividades artísticas: una obra de teatro, una exposición, una biblioteca”.

TEATRO ÍNTIMO

Háblame como la lluvia fue la primera experiencia de Nicolás con este nuevo formato de teatro. Un teatro dentro de un container con una capacidad máxima para treinta personas. Un teatro más íntimo, más realista, que generó una puesta en escena casi cinematográfica, gracias a la utilización de una ventana que hacía las veces de un gran difusor “que variaba la temperatura de la luz y que demandó una experiencia rayana en lo voyerista”, recuerda Nicolás.

Eran los tiempos pre festival. El apoyo de SITRANS —empresa de depósito de contenedores dependientes de Ultramar— fue fundamental, no solo en la instalación del container en la Plaza Sotomayor para poder realizar el programa piloto, sino en los festivales de Teatro Container que le seguirían, tras el éxito de la primera apuesta.

Con el contenedor ya instalado, Nicolás asumió la dirección de la obra. Era el 2007. “Los ensayos al principio fueron muy extraños. El tamaño del contenedor nos condicionaba a un pasillo muy largo y angosto. Y el hecho de actuar en estos espacios tan reducidos se transformó una verdadera experimentación”.

El próximo paso fue generar ruido, hacer lobby y levantar recursos. Y partieron a itinerar por Santiago. “El objetivo era probar cómo funcionaba el contenedor en distintos espacios. Cómo funcionaba en un espacio cultural (como la Biblioteca de Santiago), cómo funcionaba en un espacio vecinal (población La Victoria) y cómo podía llamar la atención del público en la Plaza de la Constitución. Fue ahí donde terminamos de convencernos de que la nuestra era una apuesta potente”.

CENTRO CULTURAL TEATRO CONTAINER

Nicolás Eyzaguirre Bravo (29), el papá, el actor, el nieto orgulloso de la inigualable Delfina Guzmán, el hijo del ex ministro, el enamorado del puerto, se sienta en una pequeña oficina del Cerro Alegre. Con las paredes tapizadas de calendarios, de fotos que hablan de los festivales pasados, de apuestas, de sueños. De certezas.

Me cuenta que levantar el festival ha sido difícil, que tuvo que aprender a gestionar, a ser una suerte de comerciante artístico, aunque es un convencido de que la cultura debiese subsidiarla el Estado. También me dice que, en el primer festival, todos los contenedores estaban “ultra oxidados” y que era eso lo que le gustaba y le llamaba la atención: el óxido como parte de la estética que querían proponer y que se conectaba a la perfección con Valparaíso.

“La idea de situar los contenedores en diversos puntos de la ciudad tomó una fuerza increíble. Queríamos que los habitantes tuvieran contacto real y concreto con ellos, y sublimar ese contacto, queríamos resignificar el objeto, hacerlo más amable y cambiar la relación existente entre los habitantes y el puerto. Ese era nuestro desafío”.

¿Cómo fue ese primer festival?
¡Fue un piscinazo absoluto! Totalmente a la aventura. Podríamos habernos quedado haciendo obras de teatro en un container y consolidarnos como la compañía que mostraba esta propuesta de teatro íntimo, pero fue tanto lo que nos interesó la reacción de los espectadores y poder trabajar y experimentar en un espacio tan rígido, pero que a la vez permitía tanto, que le dimos para adelante nomás.

El primer día del festival la gente enganchó con la propuesta e hizo cola para buscar sus entradas. Fueron diez días intensos. Trece obras. Veintidós contenedores repartidos en diversos muelles, plazas y miradores de la ciudad puerto. Doce mil espectadores en total. Un acierto.

El segundo festival fue aún más expansivo. Treinta obras puestas en quince contenedores ubicados en distintos puntos geográficos —desde Playa Ancha hasta Placeres— generaron quince mil espectadores. Pero fueron dos semanas agotadoras y extremas con presentaciones todos los días. En la Plaza Sotomayor crearon lo que se llamó Villa Container. Más de dieciocho contenedores —provistos de colores fuertes y pulcros— soportando una única estructura, en la que se incorporaron distintas disciplinas y se abrieron a diversas instalaciones.

Durante el tercer festival montaron una obra que se llamó El reloj parlante en co-producción con la compañía francesa Genery Vapeur. “Esta instalación quedó por una semana con los artistas viviendo ahí, porque la idea también era un poco “tomarnos” los espacios públicos. Había un micrófono abierto y llegaba gente a cantar o a recitar un poema. ¡Qué cosa más increíble!”.

Nicolás, desde el ahora Centro Cultural Teatro Container, comenta que con este último festival pudieron profundizar mucho más. “Fue el más medido, el más acotado. Por primera vez hubo una línea curatorial que marcó las once obras que se presentaron y que congregó once mil espectadores”.

¿Cuál es el balance?
Es un festival de creación, de experimentación artística. Lo nuestro pasa por privilegiar las experiencias íntimas y cómo la ciudad se mira a sí misma. Por eso la idea de los containers, de que el puerto se abra, que cada vez que uno vaya a ver una obra tenga que recorrer la ciudad obligatoriamente…  

DESEMBARCOS

Luego del estreno al unísono de varias obras, producto del festival, el paso lógico era moverlas por distintos puntos del país. Entonces nacieron los llamados “desembarcos”, que no eran otra cosa que extensiones itinerantes de aquellas obras, gracias a una alianza realizada en conjunto con el Consejo Regional de la Cultura y las Artes. “Yo creo que a eso se debiera dedicar el consejo. A potenciar lo que ya existe”.

El primer desembarco —Desembarco Capital— que hicieron fue en Santiago, en Matucana 100, el 2010, con cuatro obras y siempre en formato container. Luego le siguió Rapa Nui y la isla de Juan Fernández, a fines del 2011. “Fue muy entretenido y desafiante encontrarse con los pascuenses, dueños de un arraigo cultural impresionante. Todos saben sus historias, todos bailan, todos cantan, todos hacen deporte. De verdad es una sociedad cultural ejemplar. Nada que ver con nosotros. Están en otra”.

¿Es difícil la gestión cultural?
Es complicada. No es lo mismo que una producción de eventos. Nos ha costado mucho que las empresas enganchen definitivamente, que nos aporten con lucas. Creo que hay algo que está equivocado desde la base y tiene que ver con que el Estado debiera hacerse cargo de los proyectos culturales. No olvidemos que la cultura es un patrimonio nacional.

¿Es Valparaíso una capital cultural?
La actividad artística que se da en Valparaíso es callejera. Es de carnavales, de festivales, de cosas que están afuera. Siento que en una ciudad en la que no hay teatro y muy poca actividad cultural; todos los programas del gobierno se han enfocado a generar audiencias en los sectores más populares, pero los sectores más acomodados han quedado desprovistos de un montón de iniciativas culturales.

¿Y qué propones?
Estamos dejando que gran parte del financiamiento cultural quede a merced de los privados y si esos privados no tienen sensibilidad artística, estamos sonados. Por eso creo que las grandes empresas deben acercarse al mundo artístico. Se puede lograr mucho. Por ejemplo, CCU ¿qué apoya?: las artes visuales y mira quién es el gerente. Festival Teatro a Mil tiene el espaldarazo de Minera Escondida, está el Teatro Nescafé de Las Artes, Movistar Arena…

Nicolás y su equipo tienen muy claro el norte de todo esto. Este año quisieron generar audiencias y una cartelera estable. Pusieron dos contenedores en el parque Cultural de Valparaíso (ex Cárcel) con programación estable desde julio a diciembre. Y ya están trabajando para el próximo festival, que verá la luz el 2013. Con nuevos bríos, con más ganas y la certeza de que el que quiere, puede.

¿Cuándo supiste que querías ser actor?
Desde siempre.

¿El personaje más difícil de interpretar?
Segismundo de La vida es sueño.

Valparaíso en una palabra…
Color

¿Qué sueñas?
Con un país más justo.

¿Con qué vibras?
Con el teatro.

¿Qué te produce tener una abuela tan potente?
Puro orgullo.

“Lo nuestro pasa por privilegiar las experiencias íntimas y cómo la ciudad se mira a sí misma. Por eso la idea de los containers, de que el puerto se abra, que cada vez que uno vaya a ver una obra tenga que recorrer la ciudad obligatoriamente…”.

 

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