Leí un titular bien potente de Tim Burton en el diario (director de películas semi-terroríficas para los niños) que decía que los niños son más fuertes de lo que los adultos creen y la verdad es que en un principio pensé que es bien certero el comentario. Sin embargo, con más calma, me atrevo a sostener que puede ser cierto que los niños sean más fuertes de lo que se estima habitualmente, pero cuánto ayudaría un pequeño empujoncito de los grandes en algunos momentos de la vida de los niños.
Voy a sincerar mi trauma infantil. Cuando tenía diez años y volvía de un recreo a clases, fui interceptado por el profesor (no voy a nombrar, aunque lo recuerdo más que a todos los maestros que tuve en mi escolaridad) justo antes de sentarme en mi escritorio. Él me tomó del brazo y me llevó delante de la sala, frente a todo el curso y me increpó por estar sucio y cochino. Cuello de camisa, mangas, orejas, uñas, etc., etc., etc.
Mientras yo comenzaba a llorar con espasmos y a mares, todo el curso se reía a carcajadas de esta escena, gritándome chistes asociados a lo que estaban viendo. El profesor cada vez se enojaba más y me llevó a inspectoría donde pidió que me abrieran los camarines para que me duchara. Entremedio nos topamos con el profesor de inglés, quien al constatar lo que me ocurría dijo:
-“¿Usted es lobato señor Larraín?”
.-“Sí….”
- “¿Cuál es la tercera máxima?”
-“ …el lobato es limpio”.
-“Ah ya”.
Volviendo a la sala el profesor me dijo:
-“¿Aprendió la lección? …Ya… y no diga nada de esto en su casa”.
Esa frase me ha retumbado todos estos años. Al principio, por cumplir el mandato imperativo de mi profesor jefe y después (habiendo pasado muchos años justificando la situación propia de la sobreadaptación constante que me caracteriza) siempre tuve la idea de que el profesor no sabía lo que estaba haciendo. Solo pasados los cuarenta años, al momento de atreverme a contar esta historia en la radio, verbalicé lo que siempre había pensado: el profesor sí sabía el tamaño de la “cagada” que se había mandado cuando me dijo “y no diga nada de esto en su casa”.
Viví toda mi vida de colegio asustado de que se burlaran de mi como esa vez, escuchando todo tipo de sobrenombres y chistes asociados al tema. Y veo que los efectos en mi personalidad fueron mucho más fuertes, que haber sido el tercero entre ocho hermanos, mis pesadillas de la infancia y todas las trancas con las mujeres, incubadas en los típicos rituales de los colegios de hombres.
Es más, al escribir esta página estoy viviendo fuertemente lo que se llama proceso reparatorio, entonces de corazón les pido, o más bien les solicito que hagan lo mismo con sus vidas. Revisen su pasado, sus penas que nunca contaron y como ya no va a pasar nada grave, confíenselas. Realmente creo que iniciarán un proceso interno para reparar esa pena y capaz que caminen más felices por la vida.
He escuchado de algunas nuevas terapias sicológicas que consisten en recordar los eventos traumáticos de nuestra vida, recrear el momento en que pasó, el máximo de detalles que lo rodeó y volver a reproducirlo ahora, pero ubicándolo correctamente en el rincón mental que corresponde. La idea es que no nos haga más daño, como tantas veces ocurre sin que podamos controlarlo.
No tengo claro por qué hice esta columna, sé que estos son los temas de Pilar Sordo, pero el jefe de la revista me dijo “escribe lo que quieras”. Igual estoy presintiendo que escribirla forma parte del proceso reparatorio y por lo mismo me permití incluir el apellido del profesor que me marcó para siempre al interior de este articulo, pero en clave secreta, el que lo pilla, lo pilla. Gracias.
“Viví toda mi vida de colegio asustado de que se burlaran de mi como esa vez, escuchando todo tipo de sobrenombres y chistes asociados al tema. Y veo que los efectos en mi personalidad fueron mucho más fuertes, que haber sido el tercero entre ocho hermanos”.