Las tiendas de discos siguen cerrando en las grandes ciudades —Londres, Nueva York, Toronto—, y las sobrevivientes destacan en sus vitrinas y estanterías discos long play, los viejos LP, que hace exactos treinta años comenzaron a agonizar (aunque nunca desaparecieron por completo), con la salida del disco compacto.
Por muy ochentero que resulte, su origen se remonta a 1958, en Estados Unidos, cuando se desarrolló una tecnología que combinaba un disco transparente y lectura láser. En los años setenta, Philips y Sony compitieron y luego cooperaron para moldear el formato. Debutó en tiendas en octubre de 1982, con 52nd street de Billy Joel.
La historia de la música envasada siempre gira en torno a almacenar la mayor cantidad de material en el menor espacio posible. El cedé ofreció en su momento las mismas revolucionarias ventajas que el LP oponía a los frágiles y breves discos de 78 revoluciones, y los sencillos de 45 rpm que se guardaban en libros similares a los álbumes de fotos (de ahí quedó lo de “álbum”). El compacto definió momentos de gloria para la industria —las fabulosas ventas de los ochenta y noventa— y también su debacle a partir de 2000. Solo un dato: en 2001, los japoneses fabricaron casi trescientos treinta millones de unidades. En 2011, solo 196 millones.
Los fans de los vinilos siempre miraron en menos esos pequeños discos que sonaban demasiado bien, pero distantes a la categoría de obra artística integral —música y gráfica— del LP. Las disqueras solo comenzaron a preocuparse a comienzos de los noventa por cuidar sus ediciones con librillos más elaborados, o a respetar la gráfica original de obras clásicas. Así también empezaron los trucos para vender el mismo disco varias veces: primera versión en cedé, reedición con arte original, tercer lanzamiento con canciones sobrantes, enésima versión aniversario… Gatos por liebres que cada vez se compran menos.