Cuando anunciaron un nuevo disco y gira tras una pausa de media década, en 1994, la prensa anglo se engolosinó preguntando si sería en silla de ruedas. En ese momento, los miembros de The Rolling Stones promediaban cincuenta y un años. Hoy ningún reportero insinuaría algo parecido a Bono (con cincuenta y dos), o a los líderes de The Red Hot Chili Peppers, que ya alcanzaron categoría de cincuentones. En todo este tiempo, la sobrevida de las estrellas del rock se ha alargado tal como envejece la población en el primer mundo. El tema con los Stones es que redactaron el manual de la longevidad por la costumbre de escribir la historia.
Las giras transoceánicas en aviones con el logo de los labios y la lengua acarreando una corte de técnicos, asistentes y chicas cariñosas, son creación exclusiva de ellos. Y ya en la primera mitad de los setenta montaban grandes escenarios con escenografías móviles. Uno de esos montajes le gustó tanto a Keith Moon, el delirante baterista de The Who, que lo compró e instaló en un patio de una de sus mansiones. Así que un nuevo anuncio de conciertos, el 25 y 29 de noviembre en Londres, y luego 13 y 15 de diciembre en Nueva York, por las cinco décadas desde el debut en vivo, en julio de 1962, en el Marquee de la capital británica, no debiera sorprender demasiado, salvo por el hecho de que hablamos de señores a punto de cumplir los setenta (exceptuando el elegante Charlie Watts, de setenta y uno)…
Elton John ha declarado que Keith Richards parece un mono con artritis en escena y, sí, ver a Mick Jagger correr y contonearse como un gallito de pelea durante medio siglo es impresionante, y a la vez extraño. Niegan el reloj mientras sus caras son mapas del exceso.
No hay manera de saber si será la última vez. Por lo demás, nadie pregunta a directores de orquesta, cineastas, pintores o escritores sobre jubilarse por ser septuagenarios. En realidad, qué importa.