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EDICIÓN | Mayo 2012

Encuentros mágicos

Maria Ignacia Prado, mama adoptiva
Encuentros mágicos

Cuando ya tienes la certeza que no podrás ser madre biológica, pero no renuncias al deseo de tener hijos, te abres  a la posibilidad de adoptar. Es un camino difícil de recorrer. Largos meses de espera, llenos de miedos, esperanzas y dudas hasta que logras tener a tu hijo en brazos.  Martín, Andrés, María Ignacia y Facundo  llegaron a la vida de los Jordán Prado para dar y recibir mucho amor. Aquí, una historia de encuentros más que sorprendente.

Por María José Garay A. / fotografía Margarita Landeta R.

Choco era un pequeño pájaro que vivía solo, quería una mamá y un buen día decidió buscar una. Le preguntó a la señora jirafa, que era amarilla como él, a la señora pingüino que tenía alas como él,  a la señora morsa que tenía las mejillas grandes y redondas como él, pero ninguna resultaba ser su mamá. Cuando vio a la señora oso supo que tampoco sería su hijo porque no se parecían y se puso a llorar. La señora oso se acercó a Choco y le preguntó qué le pasaba. Choco le contó que buscaba a su mamá. La señora oso le preguntó: ¿en qué reconocerías a tu mamá? Y Choco le respondió que de seguro lo abrazaría, lo besaría, le cantaría una canción y bailarían. La señora oso sonrió e hizo todo lo que Choco quería, lo llevó a su casa y le presentó a sus hijos, un hipopótamo, un cerdito y un lagarto y fue ahí cuando Choco se dio cuenta que aunque no se parecieran, ellos eran una linda familia y que por fin había encontrado una mamá”.

Este cuento refleja muy bien el cómo María Ignacia formó su propia familia. Tenía muchas ganas de ser mamá y de entregar todo el amor que estaba acumulado en su corazón. Martín (13), Andrés (10), María Ignacia (8) y Facundo (2), llegaron a su vida para quedarse y para llenarla de orgullo y felicidad. Atrás quedaron los días en que junto a su marido, José Miguel Jordán (veinte años de matrimonio) pasó de doctor en doctor, buscando distintos tratamientos, y viviendo continuamente la angustia y el desgaste que significa buscar un hijo que no llega. Nunca tuvieron un diagnóstico claro de cuál era el problema y quién lo tenía, entonces al final decidieron que ya no necesitaban saber más.

Pasaron cuatro años y medio de constantes viajes a Santiago y donde el apoyo y cariño de su marido fueron su principal pilar. “Si las cosas no se nos dieron fue por algo. No me arrepiento de todo lo que he vivido y de alguna forma me siento elegida y agradecida de todo lo que me ha pasado. Sin dejar de lado mis momentos de rabia y rebeldía, que ya son parte de otro capítulo de mi vida. En la última etapa del tratamiento me di cuenta que no quería seguir intentando sacarme el Kino, que era más sano dejar de vivir en la incertidumbre y tomar decisiones.”

<strong>UNA SEÑAL</strong>

María Ignacia siempre pensó que si no podía tener hijos, la adopción era un buen camino, por lo que el día de su sexto aniversario y camino a Viña del Mar con  José Miguel y sus papás, sólo pensaba en una señal, en algo que los impulsara a dar el paso. Fue en ese viaje cuando al parar para preguntar por una dirección, dos niños se acercaron a sus ventanas y los saludaron muy sonrientes. Más tarde se enterarían que esos niños eran hermanos y adoptados. “Fue curioso, tuvimos la sensación de que nos estaban mandando un recado. Al día siguiente, estando en misa apareció la misma niñita de la tarde anterior, se acercó a José Miguel, se le metió entre los brazos y lo saludó, lo había reconocido. Para nosotros fue como un angelito que nos alentaba a no tener miedo, ya teníamos la señal que necesitábamos”.

Para abrirse a la adopción, el primer paso es vencer los miedos y los prejuicios. María Ignacia y su marido comprendieron que las señales que recibieron eran un viaje sin retorno. Desde ese día tuvieron total claridad del camino a seguir. Se acercaron a la Fundación Chilena de la Adopción y comenzaron con las entrevistas, los exámenes psicológicos, en fin, todo el proceso que culminó el 17 de diciembre de 1998 cuando llegó su primer hijo, Martín.

<strong>CREANDO LAZOS</strong>

“Cuando entraron con Martín a la pieza donde lo estábamos esperando en la fundación, sólo recuerdo haberme sentido como un ente en blanco, incapaz de articular palabra, muerta de miedo, mirando por la ventana. Llena de pánico. Cuando me volví a mirarlo no me pasó nada, estaba tan asustada, me sentía como una niñita chica. Me ofrecieron darle la leche pero no pude, necesitaba más tiempo, lo miraba desde lejos. Era una situación tan extraña. Te pasan un hijo que no conoces, y uno está buscando un hijo para siempre. Estaba procesando, no podía reaccionar, no quería que me apuraran en mis tiempos. Menos mal que Jose se hizo cargo. Pasaron los días y yo seguía pasmada intentando asumir. Fue el primero. Sin embargo a las dos semanas estaba feliz, chocha, fascinada, nos conocimos con Martín y se creó un lazo indestructible. No porque me dijeran que Martín era mi guagua yo lo iba a querer de inmediato, tuve que conocerlo, olerlo, mirarlo, tocarlo y sólo quererlo. Eso me pasó un poco con todos los niños. Siempre hay miedo”.

Con Andrés, su segundo hijo, que llegó de cuatro meses y medio  fue  todo más fácil, espontáneo. “Estaba sentadito, como esperándonos”.  María Ignacia ya sabía a lo que iba por lo que estaba más tranquila. La experiencia que ya tenía con Martín la ayudó muchísimo. Y cuando los llamaron, tres años más tarde, por  María Ignacia, “nosotros habíamos pedido una niñita”, les dijeron que no la podían entregar inmediatamente porque su situación en los tribunales aún no estaba resuelta. Tenía siete meses y medio cuando finalmente llegó a su nueva casa. Antes, estuvo con un matrimonio que la tuvo con ellos como guardadores desde el día que nació hasta que se decidiera su situación.

“Con María Ignacia también fue todo distinto, esa espera fue angustiosa, la visitamos un par de veces en la casa de sus guardadores y yo me sentía tan rara, no sabía en qué iba a terminar todo esto. No me quería hacer ilusiones porque no se sabía si finalmente ella se iba a quedar con nosotros. Estaba como sobrepasada, te involucras emocionalmente y hay que ser fuerte. Hasta que  me avisaron que la podíamos ir a buscar”.

Cuando llegaron con la niña a la casa ella estuvo un buen tiempo, casi cinco meses, muy seria como mirando todo, observando a su alrededor sin entender qué pasaba. Al parecer estaba feliz con sus guardadores y después de siete meses y medio figuraba en otra casa, con otros papás y otros hermanos. “Hay que reconocer que nos costó un poco a las dos, ella como hija y yo como mamá. Ella no lloraba pero tampoco se reía, solo observaba. Cuando cumplió los once meses se destapó y fue como que hubiera decidido que sí, que ésta era su familia”.

<strong>SOMOS FAMILIA</strong>

Sin duda que la llegada de estos cuatro niños en la vida de María Ignacia ha revolucionado su vida a mil. Sus hijos la mantienen llena de energía y muy consciente de la tremenda responsabilidad que significa criar a sus peques. Su vida transcurre entre el colegio, las actividades de sus hijos, el tenis y la decoración de un hotel que tiene con sus hermanos en Concepción. También está dedicada a hacer jardines y a prestar asesorías en su mantención.

Todo el amor y dedicación que María Ignacia ha puesto en sacar adelante a sus niños la llenan de satisfacciones y alegría y reconoce que el apoyo y cariño de su marido, sus papás, hermanos, suegros, sobrinos, amigos y cuñados, entre otros, ha sido fundamental, sobre todo cuando decidieron sumar un cuarto hijo al clan.

<strong>¿Cómo llega Facundo a esta historia?</strong><br /> Siempre quisimos hartos niños que llenaran la casa y jugaran por todas partes. Después de la llegada de María Ignacia siempre pensamos en adoptar otra niñita para que acompañara a  su hermana y compartieran juntas sus vidas. Presentamos los papeles nuevamente a la fundación pero al parecer el hecho de ya tener tres niños hacía que ya no fuéramos prioridad. Se vencieron los documentos y la verdad no estábamos dispuestos a que nos dijeran que tres era suficiente y tener que empezar todo nuevamente.

<strong>¿Entonces?</strong><br /> Decidimos presentar nuestra carpeta al SENAME en Talca porque queríamos otro hijo, faltaba alguien. Incluso una noche, un 17 de mayo, día de mi cumpleaños número cuarenta,  soñé que llegaba esta guagua. Pasó el tiempo y un buen día le cuento a una amiga que mis papeles se habían vencido y se me había cerrado esa puerta. Ella me animó a seguir. La mano de Dios estuvo en cada gesto para con nosotros, y de esta manera, dos años después, llegó Facundo, un colorín delicioso que ya estaba a punto de cumplir dos años. Cuando supe que estaba de cumpleaños el mismo día que yo, y que yo había soñado su nacimiento, todo empezó  a encajar y finalmente llegó a nosotros. Fue mágico, colorín igual que la María Ignacia, nació el día de mi cumpleaños, él nos estaba esperando y nosotros a él.

<strong>¿En qué minuto les cuentan a los niños que son adoptados?</strong><br /> Desde siempre uno les va contando. Hay cuentos especiales en que se narran historias de niños en su misma situación. No hay misterios, siempre hay verdad, se conversa de forma natural. Obviamente cada uno lo ve y lo toma de distintas formas y con cada uno hay una historia que respetar. Ellos ya tuvieron una pérdida, tienen una historia de vida, hay cosas que uno no puede borrar y se debe aprender a vivir con ellas. Lo que yo más quiero es que cada uno de mis niños, a partir de su historia, formen su propia historia, que sean felices y que su vida sea un testimonio, que no se queden en el pasado, ni se victimicen.

<strong>¿Qué les dirías a las mujeres que no aceptan que no pueden tener hijos?</strong><br /> El ser mamá no pasa por tenerlos biológicamente, sino por el querer ser mamá, el querer a un hijo, da lo mismo de donde venga. Que no se pierdan la oportunidad de entregar y recibir amor.<br /> <em><strong><br /> “No porque me dijeran que Martín era mi guagua yo lo iba a querer de inmediato, tuve que conocerlo, olerlo, mirarlo, tocarlo. Eso me pasó un poco con todos los niños. Siempre hay miedo”. </strong></em>

 

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