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EDICIÓN | Noviembre 2012

La última oportunidad

Vannia Ancic
La última oportunidad

Actriz, comediante, escritora de monólogos, también es instructora de esquí y vendedora de seguros. Después de años de una relación de amor y desamor con el teatro se lanzó con todo a protagonizar El viaje de Julieta bajo la dirección de Sigrid Alegría. Está confiada que esta será su gran oportunidad; si no le resulta, cerrará la puerta para siempre.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló

Julieta vive en el siglo XXI. Acaba de separarse de Romeo y vive su pena infinita sola, en una casa donde nada funciona y con la idea de terminar con su vida dándole vueltas. Esta moderna heroína habita sobre las tablas del teatro Mori y quien le da vida es una, hasta ahora, desconocida Vannia Ancic. Sola durante una hora, pasa del llanto a la risa con una intensidad que es fiel reflejo de una personalidad que se va develando en sus propios monólogos que dan cuerpo a una historia de dolor y abandono, propia de cualquier mujer, en cualquier época.

A los cuarenta años, las ideas se atropellan cuando intenta relatar su propia historia. Una historia marcada por las aventuras y los diferentes caminos que ha seguido en la vida para confluir siempre en el mismo punto: el teatro. Aunque la relación entre esta actriz y su profesión es compleja, aunque se hayan abandonado mutuamente en varias ocasiones, siempre hay algo que los vuelve a reunir. Siempre hay algo que le avisa que debe apostar sus fichas en el escenario. Y esta vez, está decidida a jugársela hasta el final.

“Siempre me fue mal en el colegio. Y aunque la idea de estudiar teatro me rondó siempre, vivía en Viña, no creía tener el puntaje para entrar y menos estaba segura de servir para eso, así que entré a estudiar Administración Hotelera… algo fácil y rápido que me permitiera terminar luego”, explica.

¿Cuándo te diste cuenta de que lo tuyo no iba por ahí?
Después de dos años me bajó la locura y decidí que quería irme a Estados Unidos… les vendí el cuento a mis papás, diciéndoles que necesitaba aprender inglés y que me comprometía a volver. Y así lo hice, estuve ocho meses afuera. Mi primer destino fue Las Vegas, donde vivía una amiga de mi mamá. Me quedé con ella una semana hasta que conseguí trabajo como nana.

¿Como nana? ¿Siempre pensaste en hacer eso?
Ser nana puertas adentro era mi única opción de tener techo y comida… partí en la casa de unos millonarios. Éramos un montón de empleados y yo, obviamente, no sabía hacer nada… ni tenía demasiadas ganas de aprender. Pero a ellos les interesaba que hablara español y manejara, por lo que podía enseñarle a los niños y llevar a la abuela a jugar al casino. Resultó que los niños eran unos monstruos, casi como La novicia rebelde, así que aguanté una semana. Entonces llegué a una casa normal, donde él era abogado y ella profesora, con dos niños, y la más chiquitita era sorda. Tengo muy lindos recuerdos de ella, que me quiso mucho porque, como yo era una loca de patio, hice mil locuras con ella.

¿Y qué hacías cuando tenías días libres?
En el avión había conocido a Jim, un gringo con el que tuve algo de onda y que vivía en Los Angeles. Terminamos pololeando, así que la plata que ganaba la gastaba en irme los fines de semana a verlo. Cuando me pateó fue todo un drama eso sí.Teníamos idiosincrasias muy distintas; seguramente me encontró muy cartucha. Después de seis meses conocí a una chilena que vivía en Colorado y que me convenció de irme. Pero no podía vivir con ella, necesitaba mejorar mi inglés, así que terminé en la casa de una de sus amigas, que era diseñadora de vestuario antiguo… viéndola trabajar reafirmé de que el arte era lo mío.

VOCACIÓN Y DECEPCIÓN

Después de pasar el último mes con una tía en Florida, Vannia regresó a Viña del Mar. Volvió a la casa de sus papás y retomó su carrera, aunque segurade que lo suyo no era la hotelería. “Un día mi mamá llegó a la casa y me encontró llorando desconsolada. Ahí le dije que quería estudiar teatro, que necesitaba salir de donde estaba”, recuerda.

Instalada en Santiago, entró a la Escuela de Gustavo Meza. “Encontré lo mío, aunque no me fue como yo quería. Iba a casting y audiciones y no quedaba. Eso me provocaba mucha depre… me decían “te vamos a llamar” y le daban el papel a la Claudia Conserva. Cada vez que recibía un no era tremendo”, explica.

¿Eso te fue alejando de tu profesión?
Recién salida de la escuela me ofrecieron una pega en una tienda en Valle Nevado. Me fascina esquiar y eso era alojamiento, comida, plata y ticket… así que decidí hacerlo mientras buscaba otro trabajo. Ahí conocí a mi ex marido, el papá de mi hija Rafaela (nueve años), que es instructor de esquí. Guardé el teatro. Cada vez que iba a una audición sufría y él me pidió que si no era capaz de hacerlo sin martirizarme lo dejara. Y lo hice. Hice el curso para ser instructora y entré a trabajar a La Parva. Después de que nació mi hija la relación se deterioró y a los dos años nos separamos. Tiempo después me reencontré con un pololo de juventud, un agrónomo que vivía en Rancagua, y partimos a vivir con él. Fue en esa ciudad donde volví a toparme con la actuación.

“Primero di con algunos compañeros de la escuela de teatro que estaban allá y que se preocuparon de meterme el bichito, dirigí algunas cosas, hicimos talleres y montajes muy choros. En paralelo, yo seguía trabajando como instructora en los meses de invierno, estaba organizada para partir con mi hija. Fue en esa época cuando empecé a escribir algunos monólogos. Allá funcionaba una compañía que hacía cosas con los de El Club de la Comediay yo partí patudamente a tocarles la puerta, logré que me recibieran y les mostré uno de mis textos. Les encantó y debuté esa misma semana en un restaurante… y la rompí. Tanto, que hasta les quité la pega y empecé a presentarme todos los jueves junto a los del club. Obviamente me odiaron para siempre.

¿Nunca existió la posibilidad de trabajar en televisión con ellos?
Sí, pero yo no quise. Lo que pasa es que el formato de ellos me genera mucho estrés, improvisan demasiado, en cambio yo no me salto ni siquiera una coma, todo estudiado, analizado, soy súper disciplinada.

SU VIAJE CON JULIETA

“Después de eso volví a vivir a Santiago, dejé durmiendo mis monólogos y empecé a trabajar vendiendo seguros. Tenía que sobrevivir, así que aprendí a lidiar con la UF y el Euro porque la necesidad tiene cara de hereje”, explica.

Por dos años se dedicó tiempo completo a su nuevo trabajo, hasta que un día acompañó a su mamá al Festival de Viña. Allí se encontró con Sigrid Alegría, quien fue su gran amiga de la universidad. “Nos cruzamos en medio del público y fue un encuentro súper lindo, gritos, abrazos, muy emocionante. Ahí le comenté que tenía unos textos guardados y que quería ofrecérselos. Se los mandé y a las tres semanas me llamó para que nos juntáramos con la Paula Parra, otra compañera de la escuela que ahora se dedica a la dramaturgia. La propuesta era escribir una obra de teatro usando mis monólogos como hilo conductor, la historia de una mujer separada que yo iba a protagonizar”, dice.

A la semana se habían conseguido el teatro y encargado los apoyos visuales. Trabajaron intensamente por varios meses. “Fue un período agotador. En la oficina inventaba reuniones todos los días y corría a ensayar. De repente no pude más, hablé con mi jefe y me ofreció dos horas al día para los ensayos. Pero igual me pasaba la mañana pensando en lo que se me venía en la tarde. La Sigrid me retaba, porque realmente no estaba haciendo nada bien. Hasta que llegamos al punto en que ella me dijo que si no hacíamos las cosas en serio, se bajaba del proyecto.

¿Y qué hiciste?
Después de esa apretada de cogote, renuncié. Arrendé mi casa en Farellones que me daba un poco de plata para sobrevivir y le pedí la venia a mis papás, porque si me quedaba la escoba más adelante seguramente iba a tener que pedirles ayuda. Todos me apoyaron, me dijeron que era ahora o nunca.

Fue una súper tirada a la piscina…
Sí, de hecho cuando se lo conté a la Sigrid me preguntó si me había vuelto loca, pero yo estaba tranquila. Por último, si al final nos tiraban tomates, había terminado bien mi relación en la oficina y podía volver… pega después no me iba a faltar. Me la tenía que jugar.

¿Es difícil ser dirigida por una amiga?
En ese minuto no es mi amiga, es la directora. De otro modo no resulta. Me ha destruido varias veces, pero lo primero que te enseñan en la escuela es a recibir críticas. Yo me entregué a la Sigrid, uno pasa a ser un títere. La humildad es básica en este trabajo.

¿Cuáles son tus expectativas con El viaje de Julieta?
Ahora empezamos con funciones vendidas y queremos hacerla viajar durante el verano. La idea de la Sigrid es seguir durante un año con la obra. Yo empecé a escribir de nuevo y ver qué es lo que se me presenta… tampoco me puedo poner muy mañosa.

Pero si pudieras soñar con la pega perfecta…
Pensaba que lo mío era la comedia, pero esta obra me demostró que soy versátil, que logro pasar del llanto a la risa. Creo que puedo ganarme un espacio. Sé que no se puede vivir del teatro ni pretendo hacerlo, pero esta es una vitrina importante para que se abran otras puertas. No quiero ser millonaria, me basta con pagar mis cuentas y creo que eso lo podría lograr entrando a la televisión.

¿No te asusta lanzarte a los cuarenta años?
Ya no puedo ser la jovencita de la película, pero cómicas hay muy pocas y se las pelean; Francisca Imboden, Amparo Noguera y la Coca Guazzinni… claramente no hay una tremenda gama donde elegir.

¿Y has pensado que a lo mejor no resulta y vas a tener que volver a vender seguros?
Sé que es una posibilidad. Sería muy triste, porque significaría dejar el teatro para siempre. Esta es mi última posibilidad, aunque me muera de pena. Confío en que no va a ser así, porque las cosas se han dado mágicamente y estoy trabajando para que sigan así: tengo un book con mis fotos y trabajos, una asesora comercial… no voy a bajar los brazos. Por último moriré en paz con la tranquilidad de habérmela jugado por completo.

“Sé que no se puede vivir del teatro ni pretendo hacerlo, pero esta es una vitrina importante para que se abran otras puertas. No quiero ser millonaria, me basta con pagar mis cuentas”.
 

 

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