Son testimonio del momento exacto en que una vida se apagó de manera trágica e inexorable. Buscamos las historias detrás de algunos de aquellos sucesos que se transformaron, con el tiempo, en mitos urbanos y paradero obligado de quienes solicitan o agradecen por “favores concedidos” en la ciudad. Esta es su historia.
Por Percy Peña V. /Fotografías Andrés Gutiérrez V.
Están a un costado de la carretera, en alguna calle poco o muy transitada, en la ladera de un río, bajo un puente o, incluso, una tumba con mayor protagonismo entre sus iguales de un cementerio cualquiera. Las animitas se yerguen como testigos y prueba de que en ese lugar ocurrió un hecho que interrumpió violentamente el destino de sus protagonistas y son la demostración y recordatorio que, en esas coordenadas específicas, la presencia de esa desafortunada alma quedó, de alguna manera, presente para sus deudos y para quienes la recuerdan y mantienen vivo su legado.
Pero también en ocasiones estos mini santuarios que tienen significación para sus familiares o amigos directos, traspasan la barrera de lo íntimo y se transforman en un lugar de devoción para personas que comienzan a creer en alguna acción favorecedora del difunto, que pasa a la categoría de “milagroso” por su capacidad de actuar o interceder con lo divino. Su popularidad está basada más bien en el boca a boca y en los testimonios con profundo sentido de esperanza sobre lo imposible, por lo que se les visita, se les celebra y llena de “placas” recordatorias por algún favor que se ha cumplido.
La creencia en las animitas es una costumbre extendida en toda América Latina, pero también en Asia y Europa, y las razones de su devoción son varias, pero principalmente se debe a que las condiciones de muerte de sus protagonistas son siempre trágicas como víctimas inocentes y este último aspecto, precisamente, los acerca a la gracia y justicia divina, según explica la doctora en antropología, Jimena Silva, quien ha investigado el tema.
LA CALDERA MALDITA
Es madrugada del 15 de julio de 1924. En la calle Aconcagua 150 de Antofagasta duerme, junto a sus hijos, Adelina, la esposa del sereno José Evaristo Montt Monsalve que, a la fecha, tiene veintidós años. Cerca de las 4:40 hrs., a varios metros de ahí, una tremenda explosión despierta a los vecinos que viven cerca de la calle Valdivia. Todos ellos salen a la calle elucubrando qué ha pasado y comentan cómo el olor a quemado y el humo negro inunda el ambiente.
Hay poca información, pero con el correr de los minutos la tragedia es evidente: una explosión de la caldera de la locomotora 141 le costó la vida al maquinista Juan Esteban Cáceres, al fogonero Eulicio Ramírez Donoso y al sereno Evaristo Montt. No se sabe por qué se ha producido este accidente, pero sí se tienen macabros detalles, como qué parte del cuerpo del malogrado Evaristo voló por los cielos hasta caer frente a un muro de la calle Valdivia.
El suceso conmociona a la ciudad entera; poco a poco comienzan a peregrinar algunas personas que, en señal de respeto, depositan algunas flores. Son días fríos, pero no quieren dejar de mostrar sus respetos.
En algún indeterminado momento, la violenta interrupción de la vida de Montt da paso a la construcción del mito urbano que señala que “ese santito es milagroso”. Durante un tiempo son los estudiantes quienes solicitan al bueno de Evaristo que les ayude con los exámenes de fin de año o alguna señora pide que le cure alguna enfermedad. Pronto, los favores son variados y familias viajan desde otras localidades a pedir por algo. Años después, el santuario es trasladado unos diez metros desde donde inicialmente se hacía la devoción, debido a la instalación de la Barraca Merino, en los años sesenta. Hoy aún se puede ver, cada noche, una gran cantidad de velas encendidas en esa negra pared de la calle Valdivia.
LA VERGÜENZA DE ELVIRITA
Llega un nuevo fin de semana a la casa de los García, ubicada en General Velásquez 420. Desde las primeras horas del sábado, la servidumbre se apresta a dejar todo listo para que los miembros de la familia puedan hacer sus labores habituales, como ir a misa, pasear por la Avenida Brasil y compartir un suculento almuerzo. Luego de eso, la mayoría de los empleados dejarán el hogar de don Ángel García Agra para disfrutar de una tarde libre. En esos quehaceres se encuentra la jovencita de catorce años, Elvira Guillén Guillén, que hace poco entró a la adolescencia y es la niñera de la familia. Ella no saldrá esta vez ya que no conoce a nadie, porque no hace mucho llegó del sur.
Es un poco retraída la Elvirita, porque la trajeron de Limache de un orfanato para hacerse cargo de la crianza de niños ajenos, pero poco a poco va tomando confianza. Así, a la semana siguiente, en pleno marzo de 1937, pide permiso a sus patrones para salir a visitar la casa del jardinero Miguel Díaz Díaz y su mujer, Margarita Vega, incluso lleva al menor de los hijos de don Ángel, Álvaro, de dos años. Será una visita de cortesía y se presume corta.
En la velada la reciben los dueños de casa, además de una familiar de ellos, María Vega Díaz, que se encuentra junto al cabo del Regimiento Esmeralda, Francisco Cañas González, que le invita unas bebidas a Elvira. Se suponía que era un Vermouth, según declaró después el militar, pero resultó ser un narcótico que deja en un estado semiconsciente a la niña-niñera y que aprovecha Cañas para violarla.
Cae la tarde de ese funesto sábado para Elvira; con la vergüenza en su cara y en su cuerpo, vuelve a la casa de los García y les relata lo acontecido. Difícilmente puede conciliar el sueño esa noche y al día siguiente no se levanta, hay un sentimiento de despojo y de profundo bochorno por lo que le acaba de pasar.
A pesar de lo ocurrido, la rutina continúa en la casa de Ángel García, si bien a Elvira le permitieron quedarse en su habitación, el resto de la servidumbre se esmera por continuar las labores domésticas, entre ellas el almuerzo que, por lo ocurrido el día anterior, se extiende con una sobremesa más larga que de costumbre. García está pensando si denunciar o no el atraco contra la niñera.
No alcanzó a hablar con Elvira, pues a las cuatro de la tarde se escucha un primer balazo y luego un segundo.
¡Es Elvira!, grita la mujer de Ángel.
Cuando suben a ver lo que pasó, el espectáculo es estremecedor: la niñera yace agonizante, boca abajo, tras pegarse dos tiros en el pecho. Junto a ella se encuentran tres retratos: uno del señor García, otro de la señora García y un tercero de un marinero de Valparaíso con una leyenda que dice: “Aunque me creas loca voy a dejar de existir”.
Pero además hay otro escrito, esta vez en una hoja de cuaderno y a medio terminar: “Hago esto ya que todo el mundo…”.
No se aguantó la pena y la vergüenza la Elvirita Guillén Guillén, aunque la gente vecina a la propiedad de la calle General Velásquez con Matías Rojas siempre tuvo sus dudas. En el lugar del crimen se encontraron supuestos rastros que sugerían un homicidio, pero nunca fueron comprobados.
Al señor Ángel García, esperaban los vecinos se le investigara, cosa que no ocurrió. El cabo Cañas y el jardinero Miguel Díaz sí se fueron presos, pero alegaron siempre inocencia.
Tiempo después, la familia García abandonó la casa, que luego fue biblioteca pública, escuela y propiedad de la municipalidad, ya que, según dicen, nunca más se pudo habitar ahí porque la creencia popular aseguraba que penaban.
Sin embargo, la figura de Elvira Guillén continuó presente, no en el lugar donde se quitó la vida, sino en su tumba en el Cementerio General, al que acuden muchos devotos de la niña-niñera, quienes le dejan regalos y hacen mandas para conseguir favores.
¿DÓNDE ESTÁS JUANITA?
Hace ocho días que anda desaparecida la Juanita. La peluquería donde trabaja, ubicada en Condell con Latorre, está cerrada y ni hablar de la boîte donde en la noche es Sandra Le Roi, bailarina exótica. Nadie la ha visto, nadie ha sabido nada y parece que se fue sin dejar rastro.
Pero la mañana de ese caluroso 21 de febrero de 1983, el mar devolvió un cuerpo con evidentes señales de descomposición y es difícil reconocer de inmediato que se trata de Juana Guajardo Burgos, de treinta y dos años, la mujer que hace más de una semana no ha dado señales de vida. Sin embargo, una gargantilla de oro del que cuelga un pequeño zapatito labrado permite a sus familiares dar con la primera identificación.
Lo que sí es evidente es que la trataron de “fondear” (con ese triste título se haría conocida), ya que tiene amarrado, con un cordel en la cintura, un pesado riel. “Fue lanzada viva al mar, ya que se determinó que murió por asfixia por inmersión”, relató muchos años después al periodista Rodrigo Ramos, el tecnólogo del Servicio Médico Legal de Antofagasta, Julio Álvarez.
Poco queda de la que, según dicen, era una alegre y hermosa mujer que, en su faceta de Sandra Le Roi, le gustaba bailar semidesnuda las coreografías de Flashdance. Menos se sabe de las razones de su muerte, que se rumorean pudo ser un ajuste de cuentas, un crimen pasional perpetrado por algún personaje importante o que, incluso, habría revelado algún secreto que los aparatos represivos de la época se apresuraron en acallar.
Juana Guajardo, “la Mujer Fondeada”, es ahora simplemente Juanita Guajardo, la desgraciada mujer que fue encontrada a metros de la Caleta El Cobre en la Avenida Pérez Zujovic, pero que se transformó en lugar de devoción para muchos que encuentran en su memoria un vehículo válido para conseguir mandas y requerimientos.
LAS MARIPOSAS RECUERDAN A CAMILA
Tarde de domingo en el sector de la Avenida Argentina, por la zona donde está el edificio El Caliche. Son casi las cinco de la tarde, del 25 de noviembre de 2007, cuando la joven Camila Verdejo se dirige a la casa de su pololo a trabajar en unas guías del preuniversitario, ya que en menos de un mes rendirá la PSU.
No es fácil cruzar, porque en el sector no hay semáforos ni pasos señalados. Se encuentra frente a la Fuente de Soda “El Estudiante” y cuando se dispone a atravesar la calle, repentinamente es alcanzada por un vehículo que se dirige a más de ciento veinte kilómetros por hora, según establecieron más tarde las pericias policiales. Además, se comprobó que el conductor, Miguel Sayra Arocutipa, al momento del atropello, estaba completamente ebrio.
Sayra embiste a Camila, continúa su carrera con ella en el capo y, frente a la sorpresa de todos quienes observaban, zigzaguea para botarla y dejarla abandonada. Testigos del hecho lo siguen y finalmente logran su detención, pero Camila ya había fallecido en el lugar con el violento golpe.
Su familia busca conformarse, pero no lo consigue. Su padre, el profesor Eduardo Verdejo, relata que surge la idea de pintar un mural a modo simbólico justo frente donde fue abandonada por el inescrupuloso conductor. “Luego se me ocurre la idea de construir también una plaza para iluminar el lugar por las noches y como somos una familia muy católica, decidimos poner la imagen de un Cristo en señal de estarla bendiciendo”, explica.
Detalla que los dibujos en el mural tienen un sentido, ya que representan el camino que hizo Camila sobre el auto, los ángeles recuerdan a cada joven que ha perdido la vida en manos de un conductor ebrio; las mariposas, la resurrección, y las nubes, la esperanza de volver a ver la luz, después de la tristeza.
“La animita (recordatorio para nosotros), la realizaron sus compañeros de curso y con mi señora quisimos arreglarla debido a la cantidad de gente que la visita. Nos da mucho gusto ver a familias completas que bajan a saludar, a llevar regalos y a compartir en el lugar, situación que se ha dado en forma espontánea”, asegura el profesor Verdejo a más de cuatro años de la tragedia.
Poco tiempo pasó antes de que Camila comenzara a ser considerada como “milagrosa”. Uno de los testimonios que recuerda mejor Eduardo Verdejo es el de una familia de Calama que viajaba en auto y fue chocada por un conductor ebrio. Como consecuencia la hija pequeña sufrió un severo golpe a la cabeza, que finalmente no quedó con ninguna secuela tras encomendarse a su hija.
“Personalmente, me llama la atención que todos los testimonios de las personas que mencionan a Camila, concuerdan con que la han visto junto a la Virgen y rodeada de mariposas, por eso le llevan cientos de ellas. Hemos estudiado su significado y nos hace sentido, pues significa renacer o resurrección”. Verdejo dice que un día estaban en la plaza y después de las ocho de la noche se apareció una mariposa gigante de colores vistosos (que no se da en la región) y que luego vino a posarse a su casa. “Tenemos fotos”, asegura.
Agradecimientos especiales en este reportaje a:
Ivonne Valenzuela y Juan Pablo Loo por su libro “Gracias por el favor concedido, las animitas de Evaristo Montt, Elvira Guillén y Juana Guajardo”.
Rodrigo Ramos y el blog http://escritoresprovincianos.blogspot.com.