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Entrevistas

EDICIÓN | Octubre 2012

El Hombre de las Nieves

Alejo Contreras, nivólogo

Nadie conoce el continente blanco como él. El paisaje congelado que lo ha llevado a hacer calicatas de nieve, a estar catorce veces en el Polo Sur y a subir otras tantas el monte Vinson, la cumbre más alta de la Antártica. A continuación, sus recuerdos, sus impresiones, su vida, en el llamado sexto continente. El más elevado de la tierra. El más seco del mundo. El más indómito Y el que despierta más curiosidad.

Por Macarena Ríos R./fotografías gentileza Alejo Contreras S.

Esta entrevista tiene lugar en San Antonio. A tres mil kilómetros de su refugio, en el Estrecho de Magallanes. Tiene la cara curtida por el sol antártico. Su barba rala, a ratos blanca, con tintes ocres y amarillos, según la luz del día, respira salinidad. Los ojos pequeños, siempre atentos, miran el océano Pacífico y recorren la silueta del Ocean Breeze, un buque mercante encallado en las costas de Llolleo con toneladas de trigo, gluten de maíz y combustible en su interior. Una bomba de tiempo que lo hizo viajar desde Punta Arenas  —donde trabaja hace diez años a cargo del departamento antártico de Aerovías DAP— para entregar su expertise como jefe de operaciones en la empresa OSR (Oil Spill Response Litoral), donde se presenta cada vez que hay una emergencia ambiental. Como ahora.

“DON´T PANIC”

La primera vez que se encontró con el continente blanco tenía diecinueve años. Recién había salido del colegio y según sus propias palabras era un “vagabundo de la montaña”. Los fines de semana los dedicaba a subir cerros en las inmediaciones de Santiago junto a sus amigos Alejandro Izquierdo y Gino Casassa (hoy un destacado glaciólogo), igual de fanáticos por el andinismo que él. Eran otros tiempos, pero que Alejo recuerda como si fuera ayer.

“Fue en 1980 cuando llegué a la base inglesa Rothera (ubicada en el extremo sur del glaciar Wormald, al sureste de la Isla Adelaida), como voluntario del cuerpo de socorro andino de Chile. Fue increíble estar ahí. Se me acercó un pingüino y yo no podía parar de reír”.

¿Qué hace a la Antártica tan particular?
Es el continente más nuevo y menos explorado. El primer ser humano que vio la Antártica fue James Cook en 1790 y el primero que pisó el Polo Sur fue Roald Amundsen en 1911, hace solo un siglo. La península antártica es como la carretera austral. Tiene fiordos, cerros, vida animal… Y el interior (la zona de Patriot Hills, el Glaciar Unión, el monte Vinson y el Polo Sur) es igual que el Desierto de Atacama. Idéntico, pero blanco.

¿El momento más duro?
Cuando murió Giles Kershaw, el primer piloto en hacer un vuelo turístico al Polo Sur en 1987 y quien nos acompañó en todas nuestras expediciones al Vinson. Era un tipo alegre, optimista, sencillo, buen amigo. Su filosofía de vida consistía en tres frases: “don´t panic”, “who cares”, “whatever”. Fue él quien comprobó la existencia de unas pistas de hielo azul en el Polo. En la Antártica hay lugares con tanto viento, que se produce una pista de aterrizaje natural, como si fuera un salar en el desierto y en donde el hielo es duro, tan duro que puede aterrizar un avión con ruedas.

POLO SUR

“Tenemos que ir al polo sur Alejo”, le decía Giles. “¿Pero cómo?”, le preguntaba Contreras. “Consiguiéndonos a unos millonarios”, le contestaba el piloto inglés. En esa época la expedición costaba medio millón de dólares. Ni más ni menos, ya que había que arrendar un avión desde Canadá por unos tres meses, además de dos aviones más pequeños en caso de emergencia. ¿El objetivo? Ser absolutamente autosuficientes, lo bastante como para que el gobierno chileno autorizara la expedición no gubernamental a la Antártica.

Les tomó tres años y medio reclutar a la gente y prepararla para la experiencia de sus vidas. Fueron siete turistas: entre ellos, dos mujeres estadounidenses. Juntos, llegaron esquiando desde el mar de Wedell al Polo Sur (a tres mil metros sobre el nivel del mar). Era el año 1988. La travesía les tomó poco más de tres meses. Noventa y siete días para ser exactos, soportando temperaturas cercanas a los catorce grados bajo cero. Esquiando, caminando, tirando trineos cargados de comida y combustible que pesaban quinientos kilos.

Premunidos por esquíes de cross-country y luego de un gran desayuno, recorrían cerca de ocho horas diarias. Cada sesenta minutos paraban y compartían pequeñas raciones calóricas y té. La pausa no debía durar más allá de tres o cuatro minutos por el frío intenso. A veces el viento hacía descender la temperatura a treinta y ocho grados bajo cero.

Y mientras caminaba sobre el desierto blanco, donde no hay ni siquiera bacterias y los rayos ultravioletas son inclementes, Alejo el montañista pensaba en los primeros exploradores, cuyas historias leyó mil veces estando en el colegio y que lo hicieron soñar con que alguna vez él también lo lograría. Con que alguna vez él también iría esquiando al Polo Sur. En compañía del viento, el hielo y las auroras.

¿Qué fue lo más complicado de ese viaje?
El aburrimiento. Esquiar ocho horas con el mismo paisaje, donde lo único que vez a tu alrededor es un gran manto blanco es muy monótono. No hay cerros, no hay pendientes, no hay nada que mirar. Es un verdadero desierto.

¿Has enfrentado la muerte?
En la Antártica no, contrario a lo que podrías pensar. Sí lo hice cuando tenía veinte años y carreteaba. En esa época se mataron unos amigos cuando íbamos camino a Pichilemu a surfear. Son dieciséis los amigos que se han muerto…

¿La aventura más increíble?
Cuando la Pía se quedó esperando guagua.

EPITAFIO

Alejo es una caja de sorpresas. Es montañista, es nivólogo. También piloto civil, aunque le carga como suena. Casado con Pía Ramírez, tiene dos hijos: Benjamín (25) profesor de ski en las Termas de Chillán y María Jose (22) estudiante de sicología. Su tiempo lo divide entre su casa familiar en Las Trancas (Chillán), su refugio en el estrecho de Magallanes y la Antártica.

Discípulo de Mario Baeza y Bob Borowicz, su debilidad es la fotografía. Tiene miles de anécdotas y aventuras inmortalizadas en diapositivas: El primer vuelo turístico al Polo Sur, la ascensión al monte Vinson, las calicatas de nieve, las expediciones.

Mientras me muestra fotos de toda una vida, comenta que la Antártica es para los gobiernos. “Es un continente para la ciencia, para la paz. Muchas veces me han preguntado por qué hay bases militares, pero no es que haya “bases”, hay militares que acompañan a los científicos, por que por su logística, tienen los mejores rompehielos, los mejores aviones de transporte. Es algo lógico”.

Le encanta navegar en velero. Y navega mucho…incluso ha ido en velero a la Antártica.
Y si ha tenido la osadía de partir navegando al continente más austral del mundo, también pasó un invierno en la base inglesa Faraday—donde la noche es absoluta durante seis meses—, pero nunca en Patriot Hills o el Glaciar Unión. “El único que ha pasado un invierno en Patriot Hills fue el almirante Richard Byrd (1934), que luego escribió un libro que llamó Soledad. Pasó ciento treinta y cinco días aislado en medio del hielo. A casi doscientos kilómetros de la base más cercana. El tipo casi se muere, porque se empezó a intoxicar con el monóxido de carbono de la estufa. Gracias a que lo escucharon contestar incoherencias a través de la radio es que alcanzaron a rescatarlo. Pero la verdad es que ningún Gobierno te dejaría ir solo”.

Lo que nunca volverías a hacer
No preguntarle a un viejo antes. Gracias a la experiencia de otros y siempre preguntar antes de actuar es que no hemos tenido accidentes en la Antártica. Nunca hemos sido los primeros, ni mucho menos héroes. Por ejemplo antes de subir el monte Vinson hablamos con John Evans, (el primero en ascender a la cima) y le preguntamos su experiencia, qué equipos llevó, cómo se preparó. Para qué reinventar la rueda digo yo…

¿Qué te gustaría que dijera tu epitafio?
¡Nada de epitafios! Cremado, en una cápsula especial y que lancen las cenizas desde un avión lo más alto posible. Da lo mismo donde, porque va a llegar a la Antártica igual.

TESTIGOS DE HIELO

Dice que todo lo que hemos hecho en el mundo está congelado en la Antártica. Que uno puede saber qué bencina ocupaban los aviones en la segunda guerra mundial a través de los llamados “testigos de hielo”. Que las erupciones volcánicas, los combustibles, los escapes de las micros, la contaminación, todo se va con las nubes y precipita en la Antártica. “Imagínate que tres años después del desastre de Chernobyl precipitaron partículas en la Antártida”.

Me cuenta que para sacar testigos de hielo se debe hacer un sondaje, igual que en minería, de unos cien metros y luego, a través de la liberación de burbujas de aire puedes saber lo que quieras. “Los glaciólogos hacen un hoyo de tres kilómetros y medio, llegando teóricamente a cuatro mil años atrás y pueden saber cómo fue el tiempo en esa época. Es como un libro”.

Antes de llegar a Aerovías DAP, Alejo trabajaba como nivólogo para la Mina Sur Sur (una mina a rajo abierto en Los Andes), entre otras cosas. “La nivología es una carrera técnica de la Geología. Los nivólogos se preocupan de calcular la cantidad de agua en el manto nivoso y de pronosticar avalanchas. El ministerio de Obras Públicas tiene un departamento que se llama Dirección General de Aguas y ahí trabajan los nivólogos. Toda el agua que tiene nuestro país es la nevada en invierno en la Cordillera de los Andes. A través de un modelo matemático, ahora podemos saber cuáles serán los recursos hídricos para Chile. En este momento estamos pasando por un año seco. Lo predijeron los glaciólogos: vienen años fríos y secos. Parte del cambio climático…”.

¿Qué te motiva?
Lo nuevo y lo desconocido.

¿Algún sueño por cumplir?
Remar el Océano Pacífico.

“La Antártica es para los gobiernos. Es un continente para la ciencia, para la paz. Muchas veces me han preguntado por qué hay bases militares, pero no es que haya “bases”, hay militares que acompañan a los científicos, por que por su logística, tienen los mejores rompehielos, los mejores aviones de transporte. Es algo lógico”.

 

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