Todo lo que hace ha sido una experiencia autodidacta, cuyos resultados a ella misma le han sorprendido. Su profesión como cantante lírica fue solo el comienzo para descubrir otras facetas de su vida artística. Hace más de veinte años que vive en Rancagua, enseñando todas sus virtudes. Aquí su historia.
Por María José Pescador D. Fotografías: Danny Bolívar U.
Simpática, alegre, bromista y muy apasionada. Así es Marta Leyton. Nació en Santiago, en donde estudió intérprete superior en canto en la Universidad de Chile. Gracias a esto tuvo una tremenda carrera como solista en ópera. El Teatro Municipal era su casa; gracias a sus buenas calificaciones, los amigos de esta institución le otorgaron la beca de los amigos de la ópera. Así trabajó con Andrés Pérez y cantó en muchas ocasiones para la obra La pérgola de las flores. En sus ratos libres jugaba a hacer videos con Germán Bobe —hermano de Andrés Bobe, del grupo La Ley—, a quien conoció porque este necesitaba una cantante para un video específico. “Nos juntábamos con Álvaro Henríquez, Colomba Orrego, Jordi Castell, Consuelo Castillo, Javiera Parra… éramos un grupo de amigos, ninguno conocido, que tonteábamos con el tema de las filmaciones. Hicimos una foto novela que salió en una revista de El Mercurio, también hicimos el video de La espada y la pared del grupo Los Tres”.
Pronto esta soprano conocería al amor de su vida, su marido, Carlos Reyes, pianista —con estudios en el conservatorio— y médico. Tocaron juntos una vez en el Teatro Municipal y nunca más se separaron. Llegaron a Rancagua a fines de los ochenta, a trabajar. “Entonces nos instalamos en la capital de la sexta región”. Aquí, Marta empezó a cantar para los matrimonios, y junto a su marido decidió que no podían viajar todo el tiempo a Santiago a tocar y cantar. “En esos tiempos el viaje era pesado. Entonces nos propusimos armar un coro acá. Una vez llegó una niña al hospital con un dedo roto. Era pianista, mi marido la reclutó de inmediato. Y así poco a poco se fue creando el grupo”.
Lo de Marta y Carlos es el canto renacentista, barroco, en fin, lo clásico. Ensayan una vez a la semana en la sala de teatro La Casa del Arte, gracias a su director, Evaristo Acevedo, quien les dio un espacio, y dan conciertos gratuitos en distintas iglesias de la región. El grupo se compone de quince personas: cinco sopranos, cuatro contraltos, tres bajos y dos tenores más el director. “Tratamos de hacer conciertos en distintas parroquias para Semana Santa. La idea es cantar, tocar, entregar; es un coro sin fines de lucro”.
DEL CANTO AL TEATRO
Cuando Evaristo le pidió a Marta que cantara junto a su coro para inaugurar la temporada de Teatro al Aire Libre, esta soprano no tuvo problemas. Fue aquí donde ocurrió la primera casualidad de su vida. La vio la actriz y concejala de la región, Silvia Santelices, quien la llamó para ofrecerle un papel de teatro. “Me dijo que quería montar una obra y que pensaba que yo estaba pintada para el papel, que ella me dirigía y que no me preocupara. Le dije que sí”. La obra era Tres Marías y una Rosa, donde Marta hizo el papel de María Ester.
“Nos fue increíble, a pesar de no haber estudiado teatro; todos quedaron felices con mi desempeño y yo, la verdad, súper sorprendida”. De esta manera, Leyton se hizo actriz y pasó a ser parte importante de la Compañía Teatro Casa del Arte, en donde trabaja hasta el día de hoy. “He hecho Tres Marías y una Rosa, La remolienda, La comadre Lola, La repartija, La pérgola de las flores, Entre gallos y medianoche; fui La Carmela de San Rosendo, en fin… En un minuto César Arredondo me dijo: “eres la mejor Carmela que he visto”. Porque la Carmela siempre era una cantante, una niñita chiquita, flaca, etc. Entonces yo cumplía los dos roles, pues la canción dice: “de allá vengo bien gordita, y quemadita de sol…” (canta).
Gracias a la compañía, Marta ha crecido en el ámbito de la actuación, haciéndose más conocida por esta actividad que por el canto. Junto a Evaristo llevan un montón de temporadas o ciclos teatrales que ya abarcan no solo Rancagua, sino que la mayoría de los pueblos de la región del Libertador, del Maule e, incluso, de Santiago. Todos viajes que luego debió hacer junto a su única hija, María José, que hoy tiene quince años. “El show debe continuar. Así que con mi hija iba para todos lados. Incluso, recuerdo que cuando aprendió a hablar, recibía a la gente que iba a ver el coro o al teatro y les decía: “pasen, adelante, pasen”. También hizo pequeñas actuaciones en la La pérgola de las flores. Ha sido más un apoyo y una ayuda que un en el camino”.
¿La mejor obra en la que hayas participado?
He participado en excelentes obras. Pero hay una en la que fui la protagonista y fue tremendo: La viuda de Apablaza, de Germán Luco Cruchaga. Es la única obra chilena que está catalogada al nivel de una tragedia griega. Cuenta la historia de una viuda que tiene que administrar los bienes del marido, que es un campo tremendo. Pero el marido deja a un “guacho”, que la viuda cría y se enamora de él. Le da todas sus riquezas, y cuando él llega de la ciudad con su mujer, se escucha atrás un disparo. Es una obra en la que es necesario recurrir mucho a la memoria emotiva, fueron meses muy duros de trabajo.
¿El rol más difícil?
Varios. Pero en la obra que estamos haciendo ahora, y que la gente la pide mucho, Despedida de soltera, tengo un rol muy complicado, que es el de una mujer que decide ser lesbiana porque su marido abusó de ella. Es difícil porque ella no es lesbiana por condición, sino que más bien por su frustración. Fue a la salida de esta obra que un día una señora se me acercó y me dijo: “mijita, no deje que nunca más le hagan eso”. La señora pensó que todo era real; por supuesto, yo no le dije nada.
¿Tu prioridad en las artes?
Ese es un ejercicio que tuve que hacer hace poco. Pensar cuál era mi prioridad, o cuál iba a ser mi prioridad, y llegué a la conclusión que es el teatro, sin dudas, ese es mi trabajo. Hubo un momento en el que me llamaban para bailar, cantar, el teatro, la pintura… entonces tenía que enfocarme en algo.
¿La música?
Se acabó el tema de cantar en matrimonios, el coro sigue, pero si tengo teatro, todo lo demás queda relegado.
También eres profesora de pintura…
Sí. Es algo que también empecé cuando vivía en Santiago, el óleo. Es otra afición. Aquí continué, he hecho varias exposiciones con mis alumnas, les enseño lo que sé, en esta casa taller que arrendamos para crear. Además, hace un tiempo que hago talleres de grabado con Ingrid Gorigoitía en Taller 99.
DEL TEATRO AL FLAMENCO
En Santiago y antes de llegar a Rancagua, ya junto a su marido, y con el fin de bajar “esos kilitos que uno sube cuando se casa”, es que encontró cerca una escuela de flamenco. “Fue porque estaba ahí y porque lo preferí antes de ir a un gimnasio. Lo mejor es que la primera vez que bailé, fue como si lo hubiese hecho toda la vida”.
Una vez en Rancagua, Marta decidió buscar un lugar para seguir bailando, ya que en Santiago había pasado de ser alumna a profesora de flamenco, por lo que continuar con esta actividad en su vida era primordial. Así fue como se encontró con el Centro Español, en donde tuvo que empezar clases con niñitas que estaban aprendiendo. Pero como todo en su vida, se le ocurrió hacer algo más: que en vez de ver cómo las mamás de estas niñas se quedaban sentadas mirando a sus hijas bailar, tomaran clases con ella. Así formó un grupo de mujeres adultas, las que en algún minuto lograron nivelarse y que hoy siguen bailando.
Marta se auto define como súper profesional en todo lo que hace, y así lo es. Quiso bailar flamenco con pasión, esa pasión con la que bailan los bailadores de flamenco en España. Y Marta se fue a España para aprender esa fogosidad. “Cristóbal Reyes, el maestro de Joaquín Cortés, vino a dar un seminario a la academia El Embrujo en Santiago. Me vio bailar, nos conocimos y me invitó con todos los gastos pagados —menos el pasaje que me lo regaló mi marido— a un curso intensivo en su academia “Amor de Dios” en Madrid, España”. Esta, se podría decir, fue una segunda casualidad en su vida.
¿Cuesta que la gente vaya a ver teatro?
Sí, porque no se enteran, porque no quieren enterarse de las cosas que pasan a nivel artístico. Aún hay gente que nunca ha ido a La Casa del Arte. Una compañía que lleva veintidós años de ejercicio.
¿Cuán difícil es hacer arte en regiones?
Es bastante difícil si se está esperando que venga alguien y toque la puerta de tu casa para ofrecerte algo. Aprendí con Mario Baeza, que fue mi director de coro, que las cosas hay que hacerlas a pesar de, y no gracias a…
“Aprendí con Mario Baeza, que fue mi director de coro, que las cosas hay que hacerlas a pesar de, y no gracias a…”