Si hay algo que estamos perdiendo a pasos agigantados, son aquellas costumbres centenarias que nos identifican. La llegada de la tecnología ha hecho que hoy las cosas se hagan más rápido y a gran escala. Don José vive en Machalí y, según datos de la misma municipalidad y lo que él nos cuenta, la artesanía en arcilla hecha a mano, está a punto de extinguirse.
Por María José Pescador D/ Fotografías Danny Bolívar U.
Las tinajas fueron traídas por los españoles, y tenían un uso absolutamente utilitario. De esta manera, nuestros alfareros copiaron los modelos y continuaron haciendo no solo tinajas, sino todo tipo de instrumentos facilitadores de la vida cotidiana: loza, pocillos, ollas, asaderas o bien maceteros. De generación en generación, esta costumbre fue adquiriendo cada vez más relevancia, llegando a ser una artesanía típica chilena. Así existen pueblos enteros en nuestro país que son conocidos por vender artículos en greda como Pomaire. Allí en la actualidad uno puede encontrar de todo hecho a partir de este material, pero alfareros puros, ya no quedan... aquellos que trabajaban sin moldes ni tornos, ya no están.
Para don José, moldear con "esas máquinas" no es la gracia. La gracia está en las manos, en el trabajo arduo, en hacer una tinaja en una semana, no en cinco minutos, porque así se le entrega sentimiento, y esas imperfecciones que hacen que el trabajo en arcilla sea una labor manual y tenga el título de "artesanal".
A sus setenta y ocho años, este hombre vive en una casita en el sector "El Cajón" de Machalí, comuna de la región del Libertador, con su señora, Olga Moreno. Tuvo dos hijas, pero ambas fallecieron. Tuvo hermanos, pero también se fueron. Hoy no recuerda muchas anécdotas de su vida, no escucha bien y no sabe leer. Cuando saluda, lo hace tímidamente y de lejos, no estira las manos, y es que ambas parecen dos bolas de arcilla. Sus dedos hinchados, su piel maltratada, sus brazos musculosos, su pelo blanco.
Trabaja diez horas diarias en su taller, un lugar oscuro, porque la arcilla se seca a la sombra. Por un lado, un gran mesón con siete tinajas en proceso. Más allá, otro con maceteros de todos tamaños. Los más pequeños cuestan dos mil pesos. Debajo de este último, decenas de enormes tinajas listas para su entrega. "Estas se van a Punta Arenas, las de acá son para el norte, otras a Santiago y las que estoy terminando también están pedidas".
Dos mil kilos de greda utiliza don José al mes para laborar. La gente del lugar siempre coopera con él y le traen arcilla, a veces va a Pomaire a comprarla. Antes, cuando estaba más joven, iba al cerro y creaba su propia materia prima desde la tierra misma. "Ya estoy viejo para hacer eso, además, la que se compra ahora viene arregladita, la preparan con máquinas, es buena...".
Cuenta que hace unos años -2007- llegó todo el equipo del programa Tierra adentro y le hicieron un reportaje. "Ahí sí que me llamaron, de todos lados, vino un coronel de Punta Arenas a buscar cuatro tinajas". También recuerda que muchos artistas han llegado a ver su trabajo, como Marcial del Real, el hombre de los retablos que también entrevistamos hace un tiempo. Dice que antes venían niños de diferentes colegios a verlo para aprender el oficio. "Pero hace tiempo que no vienen". Cuenta que ya no recuerda la cantidad de personas que llegaban a su taller con la intención de instruirse en la materia. "Pero imposible, no saben; una vez, un alumno ya viejo, hizo una tinaja y se rompió entera. La gente piensa que es fácil hacer esto, pero de fácil no tiene nada".
APASIONADO
Así es este hombre, de pocas palabras, no cuenta mucho de su vida, solo que a los veinte años se aburrió de trabajar en la construcción y decidió seguir los pasos de su madre y de su abuela, quienes le habían enseñado la técnica del moldeado en arcilla. Y de esto vive hace más de cincuenta años. Ha hecho incontables cántaros, los que se pueden ver en el Museo Regional de Rancagua, en el Museo de la Alpaca en Machalí, en renombradas viñas, plazas de pueblos y casas de particulares. La tinaja más grande que ha moldeado tiene dos metros de alto. No recuerda cuanto tiempo tardó en hacerla.
Ver a don José trabajar es todo un lujo. Se nota que su labor le apasiona hasta el infinito. Dentro de una bolsa negra, de las típicas que se utilizan para la basura, está la arcilla. La abre y con una pala saca un trozo grande. Se sienta y empieza a darle forma a una nueva creación. Con sus solas manos, y un balde de agua, va mojando la arcilla para seguir moldeándola. "Hay que ponerle muy poca agua, con empapar un solo dedo es suficiente; si se le echa mucha, después el material se resquebraja".
Toma un palo de madera y con este y su otra mano, va acariciando la arcilla para que se torne lisa, y crezca en altura. Luego se sienta, reposa, mira a su alrededor, está visiblemente cansado. Toma unos paños mojados y recubre las orillas del tiesto para que no se seque. Luego, empieza a preparar el siguiente. No hay más herramientas, la pala, el palo de madera, agua, y sus manos.
Así está durante diez horas al día, porque le entretiene, le gusta, le encanta. Es mucho más que un oficio, es toda su vida. Con esas manos hinchadas y coloradas, don José logra finas terminaciones, con paciencia y tranquilidad, mientras trabaja en su taller oscuro, escuchando el ruido de un gallo, de un pájaro, de los árboles del campo.
Mientras descansa sentado en un banquillo de madera, Don José nos cuenta que su señora está un poco sorda y enferma, "tiene cáncer". Por otro lado, ella dice que se cayó y fue al consultorio, y le dijeron que tenía cáncer. Se ríe, "cáncer le ponen ahora estos médicos, si lo único que tengo es una herida porque me caí encima de un balón de gas".
Pero a don José nada pareciera importarle más en la vida que su trabajo. Quizás porque su rostro no tiene mayor expresión, le cuesta mirar a los ojos, es serio, está siempre concentrado. Ya está cansado y sabe que le quedan pocos años en esto. "Trabajaré hasta que pueda. Pero creo que pronto guardaré los guantes; luego sin mí, pienso que esto termina", dice, refiriéndose a la tradición del moldeado de arcilla a mano. Para hacerle pedidos e ir al taller llamar al celular 8297 3828 y al fijo 072-763451. ¡No se lo pierda!
"Una vez un alumno, ya mayor, hizo una tinaja y se rompió entera. La gente piensa que es fácil hacer esto, pero de fácil no tiene nada".