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EDICIÓN | Octubre 2012

Capítulo 05, Roma

Italia
Capítulo 05, Roma

Por José Pedro Vicente, Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago.

Aunque parezca difícil de creer, la Basílica de San Pedro es uno de los ejemplos más claros en lo que hoy se puede entender como un nuevo criterio de intervención patrimonial. Antes, es necesario recordar que, hasta la fecha, es recurrente escuchar que si algo es antiguo no se debe tocar. Esto no hace otra cosa que sembrar la confusión entre el valor que algo pueda tener y el que le pudo haber dado el paso del tiempo. Sin embargo, no son pocas las obras de gran antigüedad tan o más aberrantes como muchas de las que se están haciendo por estos días. Ahora bien, estamos de acuerdo en que si nos muestran algo con quinientos años de vida, nos llamará la atención, independiente si estaba bien o mal hecha. Por lo tanto, el tema es que debe identificarse el valor de las cosas para cuidarlas, y más importante aún, cómo cuidarlas. La Basílica de San Pedro es uno de los mejores ejemplos en la arquitectura para demostrar que el valor pre existente se revaloriza con la antítesis de lo señalado, es decir, “metiéndole mano”.

Si hay algo de gran valor patrimonial para el catolicismo, es la tumba de su primer papa. Por lo tanto, podríamos pensar que algo tan sagrado, para mantenerse incólume, debe permanecer intacto y tal cual nos cuente la historia como era. Sin embargo, es justamente ahí donde se decide proyectar el templo que lleva su nombre. Al decir “templo” estamos hablando de un programa bastante más invasivo que una nave con un altar y uno que otro confesionario por los costados. Considera, además, importantes áreas tipo patios para la reflexión, galerías de exposición, capillas complementarias, recintos habitacionales, oficinas administrativas, etc. O sea, a este elemento con más de mil quinientos años de existencia, no se le ofreció un pedestal, sino que se le vino un elefante encima, proyectado por el multifacético Miguel Ángel.

Pasaron los años y no solo se comprobaba el acierto de haber hecho esta edificación, sino también, su valor aumentaba transformándose en ejemplo y referente para muchos otros proyectos. Por esta y otras razones se faculta a Bernini para que le meta más mano aún, diseñando una plaza ovalada a modo de antesala al templo. Con 320 metros de longitud por 240 metros de ancho ofrece una cabida para más de trescientas mil personas, multiplicando por diez la capacidad de sus fieles. Centenares de columnas y estatuas de santos en el perímetro, un obelisco llevado desde Egipto como punto central son algunos de los elementos constitutivos que, en conjunto con las dimensiones de este espacio público, ponen en valor lo pre existente.

Finalmente, esto demuestra cómo hace casi cuatrocientos años pensaban con más “modernidad” que hoy, para ocupar una terminología ordinaria referida a algo “osado”. Yo diría que se actuaba con sabiduría y visión a largo plazo sin pensar en el retorno inmediato como única variable. El hecho de meterle mano no pasa por alto sus valores, sino por el contrario, intervenir algo antiguo significa ponerlo en valor reconociendo, además, las demandas de la época.

Pd: Ahora que están tan cuestionados los Planes Reguladores Comunales con sus respectivas normas, no haría nada de mal que, antes de ajustarlos, tomen algunos ejemplos.

 

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