Valparaíso es volver al pasado; aunque vivo velozmente en esta ciudad, cada vez que pronuncio su nombre se vuelve sepia y más lenta. No solo divago sobre cómo fue este lugar hace cien años, también me acuerdo de las pocas veces que lo visité en mi infancia, muchísimo antes de pensar que algún día estaría mirando los buques desde mi ventana.
No me acuerdo cuántos años tenía, sí recuerdo ir de la mano de mi padre. Habíamos pasado un rato en el Club Naval de Valparaíso, que me fascinaba, donde, mientras él estaba con sus amigos en la zona donde solo podían entrar hombres, yo me entretenía visitando los salones, subiendo por el ascensor para luego bajar las escaleras de mármol que llegaban hasta una sala de juegos con mesas de pool y bowling. Era bastante especial, tenía dos o tres pistas, la bola caía junto a los palitroques derribados a un cajón de aserrín. Cada tirada de bola significaba ir al cajón y volver a poner los palos en su lugar.
Caminamos un largo tiempo por la calle Pedro Montt, hasta que se detuvo suspirando, mirando al infinito: “mira esta construcción, fíjate en los detalles, ¿quieres entrar?” Siempre me ha gustado descubrir obras antiguas, no lo pensé dos veces. Para ingresar teníamos que ver una película, creo que fue la única vez en mi vida que fui al cine y no vi la película, nos dedicamos a mirar los detalles del edificio, frisos, molduras, adornos. Nos fuimos contentos de ahí, como si hubiéramos salido de nuestra propia película.
Fue la única vez que entré al Teatro Imperio, años después pasé muchas veces frente a él y cada vez que lo hice, siempre mi pensamiento fue cómo un lugar así de imponente, en mi recuerdo, había llegado a ser lo que era hoy. Me imaginaba, perfectamente, una librería Ateneo, como la que está en la calle Santa Fe en Buenos Aires, ¿cuántos chilenos no vibran con esa librería? Lo sé, porque cada vez que voy está llena de compatriotas. Una vez se lo pregunté al dueño del teatro y me respondió que ya lo había escuchado mil veces, pero, objetivamente, me respondió “¿Tú crees que alguien va a venir a comprar libros acá?, esas cosas no pasan”. Es verdad, esas cosas no pasan. Hace unos días, cuando ardió el Imperio, volví a recordar que esas cosas no pasan. Espero que tampoco ocurra que lo demuelan y construyan un edificio, o guarden su fachada y en su interior de pronto aparezca una tienda de retail o un supermercado, porque esas cosas acá sí pasan.
“Fue la única vez que entré al Teatro Imperio, años después pasé muchas veces frente a él y cada vez que lo hice, siempre mi pensamiento fue cómo un lugar así de imponente, en mi recuerdo, había llegado a ser lo que era hoy”.