A pesar de que la franja litoral del actual norte de Chile se pobló entre las décadas de 1820 y 1860, a esa altura el desierto aún se mantenía lejos del conocimiento científico geográfico y geológico. Incluso, pese a la existencia de poblados prehispánicos y coloniales.
No se sabía la extensión del desierto, así como tampoco los nombres de los accidentes geográficos. Por ende, en el habla de los hombres mineros del siglo XIX, el concepto de “empamparse” estaba ligado contradictoriamente tanto a la “desorientación” (perderse en el horizonte de cerros y arenales); como a la “querencia”, por esta adversidad que ofrecía el terruño. Andrés Sabella lo graficó acertadamente al referirse a la “virilidad” del desierto; e Ivo Serge, nuestro médico Antonio Rendic, asoció a la pampa con la hembra esquiva al señorío masculino.
Y es que toda identidad de un territorio comienza por la relación dinámica que se establece entre el hombre y la geografía.
Cuando se habla de territorio, significa que todavía no se emprende el avance humano que se traduzca, primeramente, en explorar antes de decidir su ocupación.
En este sentido, el territorio del desierto de Atacama fue transitado hacia fines del siglo XVIII por la misión mineralógica de los hermanos Heuland. Seguidamente, el gobierno chileno acometió las expediciones de Rodulfo A. Philippi (entre 1853-1854) y la de Pedro A. Pissis (1875).
Era necesario tener un conocimiento cierto del territorio en disputa con Bolivia. Fue con la incorporación del desierto de Atacama a la soberanía chilena, a raíz de la Guerra del Pacífico, que los gobiernos mostraron una decidida voluntad por desvelar los misterios de la geografía nortina, de Antofagasta y de Tarapacá.
Inicialmente, se encomendó la tarea a la Oficina Hidrográfica de la Armada, dirigida por Francisco Vidal Gormaz, que en 1878 había levantado la “Jeografía Náutica de Bolivia”.
Pero la tarea decisiva va a recaer en dos ilustres ingenieros formados en la Universidad de Chile: Alejandro Bertrand, quien va a ser muy conocido también por sus penetrantes estudios sobre la industria salitrera; y Francisco Javier San Román.
En 1879 Bertrand levantó el primer mapa de los desiertos de Tarapacá y Atacama, y al año siguiente llevó a cabo una ingente labor científica en la actual Región de Antofagasta en el contexto de las investigaciones que encabezó Vidal Gormaz. Su trabajo prosiguió en 1884, encomendado oficialmente por el gobierno de Domingo Santa María.
De toda esa experiencia de recorrer desde Pampa Alta hasta San Pedro de Atacama, surgió su informe “Memoria sobre las cordilleras del Desierto de Atacama i rejiones limítrofes presentada al señor Ministro del Interior”, de 1885.
Gracias a Bertrand se tuvo conocimiento del territorio de la Puna de Atacama, que él definió así: “La Puna, como más propiamente se denomina esa elevada región, desde la carretera de Pampa Alta, Calama, Ascotán y Guanchaca, por el Norte, hasta el camino del portezuelo de San Francisco, entre Chile y la Argentina, por el Sur”.
En tanto, la acción de San Román fue de más largo aliento. La Comisión Exploradora del Desierto de Atacama, que presidió, duró desde 1883 hasta 1890. Su obra mayor se llamó “Desierto y Cordilleras de Atacama”, cuyo primer volumen fue publicado en 1896.
Importa destacar dos aspectos que legó San Román. Primero, la envergadura geográfica del desierto de Atacama: “El largo trecho de territorio chileno que corre desde el agreste valle del Huayco hasta las pampas salitrosas por donde corre el río Loa, comprendiéndose entre ambos límites extremos todo lo ancho de Chile que se extiende desde las costas del Pacífico hasta la cresta de los Andes, constituye lo que propiamente se tomaba por Desierto de Atacama hasta principios del presente siglo. Ha venido restringiéndose esta denominación más y más hacia el norte a medida que el progreso general y los descubrimientos mineros poblaban o hacían accesibles a la exploración aquellos territorios, fundándose pueblos y creándose industrias en ellos; la tradición y las costumbres conservan aún aquella denominación para toda esa comarca que hoy abraza dos provincias chilenas, Atacama y Antofagasta”.
El segundo fue dar la denominación a la topografía del desierto, designando diversos cordones con los nombres de Cordillera Darwin, Cordillera Domeyko, Cordillera Claudio Gay, Cordillera D’Orbigny, en lo que atañe a los extranjeros más notables ; Sierra Gorbea y Altiplanicie Philippi, Monte Pissis, Sierra de Almeyda, Sierra Vicuña Mackenna, Volcán Lastarria y Sierra Barros Arana, para todos los nacionales.
Desvelado el gran despoblado por el saber geográfico y la toponimia, pudo incorporarse a nuestra identidad. Lo natural había sido abordado, dando lugar a la construcción social de nuestro paisaje.