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Entrevistas

EDICIÓN | Septiembre 2012

Sin tregua

Andrés Domínguez, pintor
Sin tregua

Así define sus cinco años en Miami. Difíciles, rudos, sin respiro. Un torbellino de coincidencias y causalidades, rechazos y oportunidades. Una espiral de circunstancias, conversaciones claves y momentos precisos que lo llevaron a tener un estudio en el prestigioso Art Center South Florida, a ser reconocido dentro del estrecho círculo cultural y a buscar un nuevo discurso a través de su pintura. Sus entretelones en Miami, su aterrizaje forzoso, sus logros, sus certezas, en esta entrevista.

Por Macarena Ríos R. / fotografías gentileza Andrés Domínguez

A Andrés hay que descubrirlo. Igual que a su pintura. De profundos ojos color miel, vaqueros desteñidos y una camiseta que deja ver sus marcados bíceps, es un tipo sencillo, sensible. Querible. Su esencia se devela entre lienzos y colores. Entre conversaciones, paseos en moto, puestas de sol y noches en vela. Pero pintando, siempre pintando.

Tiene ganas, talento y coraje. La trilogía perfecta que lo armó de valor para enfrentar un mundo desconocido. Una ciudad multicultural en donde el arte se alzaba como el lenguaje universal, pero dueña de un hermético círculo artístico.

Como un soldado que se prepara para ir a la guerra. Exactamente así se sintió Andrés antes de partir a Miami: “Una ciudad saturada de artistas”, como me dirá más adelante. Era verano y tras una esclarecedora conversación con el pintor Guillermo Muñoz, decidió emigrar al calor húmedo de la ciudad americana. Enrolló unas telas, armó una maleta precaria y compró un pasaje. Sólo de ida. La suerte estaba echada.

Llegó en vísperas de Art Basel, una de las exposiciones más importantes del mundo. Y vio que junto a esa feria artística proveniente de Suiza, se instalaban otras más pequeñas: Scope, Asia, Aqua, Art Miami, Fountain. Galerías, tiendas, museos. Un festival artístico sin fin se alzó ante él.

Poco a poco fue armando su taller, con la ayuda de pilotos, amigos y azafatas que le fueron llevando todo lo que había dejado en Chile. Pero su entrada no fue nada de dócil. La angustia, la incertidumbre, el ego herido, a veces mermaban sus fuerzas para seguir luchando. Los días pasaban, los meses pasaban, el tiempo fue inclemente con él. “Me sentí como David contra Goliat, pero sin una honda, en el sentido de que no podía luchar contra él. Me sentí frente a un muro inquebrantable”, describiría más tarde.

Al año de recorrer y tocar puertas en diversas galerías de Wynwood Art District —el barrio de artistas por excelencia—, sin resultado alguno, se le presentó en el horizonte la oportunidad de exponer a través de la Cámara de Comercio de Chile. Exposición, que precedió a una segunda (quedó seleccionado para una feria de arte en Wynwood) y luego a una tercera: una colectiva en APW Gallery New York. Fueron las primeras pinceladas para entender el movimiento artístico de Miami.

EL ORIGEN

Por esas cosas del destino, postuló a un art residency —estudios y talleres creados para artistas con un director que se hace cargo del arriendo y su mantención—, sin tener mucha idea de que era uno muy prestigioso, reconocido a nivel mundial. Tan prestigioso que el solo hecho de pertenecer a él implicaba una potente carta de presentación para postular a ferias, bienales, exposiciones colectivas, etc. Tan prestigioso, que para seleccionar a los artistas postulantes, se junta un selecto grupo de curadores quienes son los encargados de hacer la designación. Y quedó. Se llamaba Art Center/South Florida y estaba ubicado en pleno Miami Beach. La única regla era que no se podía vivir ahí.

Durante un año durmió en una van de trabajo (sin asientos traseros) que se había comprado apenas llegó a Miami, principalmente para poder mover sus cuadros. Fue duro. La contracción económica de Estados Unidos lo hizo más duro aún. “Si vendía un cuadro era para pagar a los abogados y así estar al día con mi visa de artista, pero no me daban los números”. Se bañaba en las duchas de la playa y en el estudio tenía un microondas, un pequeño refrigerador y algunas cajoneras para su ropa. Pero era feliz. “La vida es demasiado corta para ser otra cosa que no sea ser feliz”, escribiría en su Facebook.

¿Fue la puerta de entrada?
Absolutamente. La experiencia fue increíble, me dio la oportunidad de conocer el trabajo y enfoque artístico de diferentes culturas. Conviví con otros artistas y escuché sus historias, verdaderas muestras de inspiración. La diversidad de propuestas era enorme. A menudo nos visitaban curadores a nuestros talleres para guiarnos, dándonos una visión externa del desarrollo formal de nuestro trabajo.

¿Cómo definirías tu trabajo?
Creo poesías por medio de colores y texturas, mi comunicación es a través de sensaciones. La composición se produce a partir de la figura humana y el contexto en que se encuentra sumida. Solo doy la primera lectura, el resto lo hará el receptor, convirtiendo la obra en un diálogo de incesante búsqueda.

VIVIR DEL ARTE

Luego de un año de residencia, Andrés cambió su estudio a The Fountainhead Residency Studios, muy cerca de Wynwood. Ahí amplió sus horizontes. Ahí conoció a otros pintores, en su mayoría americanos, muchos de los cuales estaban relacionados con el círculo de artistas de la bohemia de Miami.

Me cuenta que antes de llegar a la ciudad ya había averiguado de la existencia de Wynwood. Dice que el estilo es muy parecido a los comienzos del SoHo en Nueva York. “En verdad pensé que me iba a encontrar con un Alonso de Córdova, pero lo que vi fue una especie de instalación urbana. Galerías, estudios, y residencias de arte que conviven en un barrio pobre y decadente, donde ves fábricas abandonadas que han sido ocupadas como talleres de artistas”.


¿Cómo fue la primera vez que tomaste un pincel?
No recuerdo el día en que tomé un pincel por primera vez, creo que nací con uno. Los artistas no nos hacemos, simplemente nacemos así. Una vez leí algo que escribió Picasso y decía: “todos los niños pintan, el artista es aquel que nunca deja de hacerlo”.

¿Tu logro más grande?
Haber sido seleccionado en Art Center, ¡lejos!

¿Qué no cambiarías por nada del mundo?
Ser artista.

¿A qué pintor admiras?
Me gusta el trabajo de Farhad Moshiri (artista iraní) y admiro mucho el nivel que ha alcanzado Jorge Tacla. Sé lo difícil que es abrirse camino aquí. Desconozco la historia personal de Jorge, pero sea cual sea, lograr un reconocimiento en este país es lucha de muchos y logro de pocos.    

¿En qué ciudades has expuesto?
Santiago, Miami, México, D.F, Connecticut, New York y prontamente en Toronto, Canadá. En estos momentos estoy exhibiendo en Alexe Von Shilippe Gallery of Art., en Connecticut, en un evento llamado Latin Views.

¿Piensas volver a Chile en algún minuto?
Me encantaría, pero no tengo fecha para eso. Las circunstancias me darán la pauta de regreso, no planeo mucho las cosas, no tengo minuto para eso, pero sí tengo claro cuál es mi trabajo aquí.       

¿Y cuál es?
Llegar a alcanzar reconocimiento a nivel internacional.

¿Cómo ves el arte nacional?  
Su calidad no tiene nada que envidiarle a la que se ve en el resto del mundo. El problema es que en Chile nadie tiene la autoridad suficiente para validar un nuevo talento y los pocos coleccionistas que hay no se atreven a invertir en algo que no conocen. Por otra parte, existe una crítica del arte que mantiene un vocabulario basado en códigos academicistas que nadie entiende y que no contribuyen en la validación de una obra ni menos de un artista.

¿Y dónde cabe el arte contemporáneo?
A diferencia de otras partes del mundo, en nuestro país no existe un mercado para el arte contemporáneo y es justamente ese mercado el que valida nuestro trabajo artístico. Siento que aquí, en Miami, estoy en el mundo real.     

MIL VIDAS

Hijo de padres chilenos, Andrés nació en Ontario (Canadá) y llegó cuando tenía un año a Chile. Estudió arquitectura en la Finis Terrae, también diseño en la Diego Portales, paralelamente tomó ramos de arte en la PUC y realizó muchos cursos de extensión. Su búsqueda era incesante. Algo le decía en su interior que terminaría pintando. “¿Sabes? A veces me consolaba el hecho de saber que Matta había sido arquitecto”.

¿Qué es el arte para ti?
El arte es algo muy inestable, cambiante y muchas veces ingrato… Cuesta demasiado seguirle el ritmo.

¿Tu hobbie?
Las motos.

¿Qué buscas?
Rodearme de personas que te hacen reír tan fuerte que te olvidas de lo malo y te enfocas solo en lo bueno, que te tratan bien porque te quieren y que arreglan las cosas hablando.

¿Qué haces cuando no pintas?
Estoy pensando en la pintura que voy hacer. Suena muy fanático, pero es difícil desconectarse. Me gusta mucho hacer deporte, ir a la playa, a eventos de arte, buen cine o teatro, conciertos. . .  

¿Tu mayor desafío?
Consagrarme como artista.

Hace algún tiempo, Andrés publicó en su Facebook una columna del famoso especialista en desarrollo de negocios, David Ackert y que lo retrata a la perfección: “Los artistas son seres que han entregado su espíritu creativo y tocaron el corazón de alguien más. En ese instante, estuvieron más cerca de la magia y la perfección de lo que nadie jamás puede estar. Y en sus corazones saben que el dedicarse a ese momento vale mil vidas más”.

“(En Art Center) conviví con otros artistas y escuché sus historias, verdaderas muestras de inspiración. La diversidad de propuestas era enorme. A menudo nos visitaban curadores a nuestros talleres para guiarnos, dándonos una visión externa del desarrollo formal de nuestro trabajo”.

 

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