Por más de treinta días nos embarcamos en la aventura de recorrer los principales salares del norte. Una aventura que comenzó mucho antes de que nos subiéramos a nuestro 4X4, incluso antes de que supiéramos que realmente la íbamos a realizar. Casi un año de preparación nos demandó esta expedición. Un año en que nos abocamos a trazar la ruta más adecuada, a recopilar información y hacernos de los mapas e imágenes satelitales que nos darían la visión global de nuestro recorrido.
por Miroslav Rodríguez B./ fotografías Miroslav Rodríguez B. y Consuelo Coloma A. www.mironatura.cl
Chile es sin duda uno de los países con más contrastes paisajísticos del planeta. Lagos y lagunas altiplánicas, extensas, inhóspitas e interminables planicies, desiertos, salares, volcanes activos, fiordos, canales y glaciares son el resultado de una compleja historia de superposición de eventos y procesos geológicos. Millones de años de evolución le han dado a esta porción del continente una belleza sin parangón. Una belleza escénica para muchos desconocida pero que está ahí, latente, para todo el que se atreva a disfrutar de las maravillas de nuestro planeta.
Es el profundo amor que sentimos por la naturaleza sumado a nuestra pasión por la fotografía de paisajes y a nuestra formación de geólogos, lo que nos motivó a realizar esta expedición, cuyo objetivo principal fue fusionar las ciencias geológicas con el arte de la fotografía.
Y comienza la aventura……
Ya en marcha, nuestro primer objetivo es el Salar de Maricunga, ubicado en la alta cordillera de la región de Atacama, que con sus 8300 hectáreas corresponde al salar más austral de Chile. En la ciudad de Copiapó nos abastecimos de muchos litros de agua y varias latas de bencina para tener, por lo menos, una autonomía de 400 kilómetros. Ciento noventa kilómetros de un camino en buen estado, muchas pendientes y curvas que obligan a una conducción en extrema cuidadosa y los 3500 m.s.n.m hacen que éstos se recorran en poco más de cuatro horas. Nuestra primera parada, después de tres horas de un viaje alucinante con montañas multicolores y rocas que cambian a cada instante de tonalidad, es la Laguna Santa Rosa. Un pequeño refugio de CONAF nos sirve de resguardo para pasar la noche y continuar con la aclimatación a la falta de oxígeno que nuestro organismo pide con vehemencia. Un refugio que está a disposición de cualquier aventurero que pase por esos lares y que pronto será concesionado, por lo que se tendrá que pagar por permanecer en él. Los tres grados bajo cero que hacen en el exterior contrastan con los “agradables” 3 grados sobre cero que nos ofrece el interior del refugio.
Al alba del día siguiente y después de captar con nuestras cámaras la belleza que nos ofrece la luz mágica del amanecer continuamos viaje hacia La Laguna del Negro Francisco ubicada a 4126 m.s.n.m en el Parque Nacional Nevado Tres Cruces. Flanqueada por el Volcán Copiapó esta laguna es el hábitat natural de cientos de flamencos rosados que nos deleitan con sus movimientos y su vuelo majestuoso. Siempre a la caza de imágenes de paisajes, resaltadas por la luz del alba y del atardecer decidimos pasar la noche en la cabaña que CONAF dispone para recibir a los pocos turistas que llegan hasta ese lugar, la mayoría extranjeros.
Al día siguiente nuestro día comienza nuevamente muy temprano. Un buen desayuno, revisión de nuestro equipo fotográfico y la planificación de la ruta del día fueron nuestras primeras actividades. El destino sería la Laguna Verde ubicada sólo a 21 kilómetros de la frontera con Argentina y a 4325 m.s.n.m. El mapa nos muestra que la ruta convencional significa devolverse hacia la laguna Santa Rosa y luego tomar un camino que sigue hacia el noreste. Los guarda-parques nos indican que existe un camino alternativo que acorta el recorrido en más de una hora y se ofrecen a escoltarnos para indicarnos la ruta precisa. El camino, con mucha pendiente, pone a prueba nuestro vehículo, que se mueve lento por la falta de oxígeno, situación esperable si se considera que alcanzamos la cota máxima de nuestro viaje, 4900 m.s.n.m. El sendero nos conduce hacia el norte flanqueando el Nevado Tres Cruces, que con su imponente arquitectura y sus tonos azul-violetas nos deja asombrados.
Enfilamos hacia Laguna Verde por el camino internacional. Finalmente llegamos a nuestro destino. El color turquesa de sus aguas le hace honor a su nombre. Esta pequeña depresión sorprende por su belleza y el entorno formado por rocas volcánicas esculpidas por la acción erosiva del viento se confabula para generar en nosotros la sensación de estar en otro planeta. El día avanza rápido y antes de que anochezca decidimos dejar este espectáculo para tomar rumbo al Salar de Pedernales.
Buscamos un buen lugar para acampar y pasar la noche que prometía estar muy fría. Pero la naturaleza nos tenía preparada una sorpresa. Una vez en nuestros sacos de dormir pequeñas luces intermitentes y esporádicas se hacían ver por momentos dentro de nuestra carpa y sacos. Varios minutos de silencio sin saber que pasaba y con el temor de que, al parecer, no estábamos sólo en la inmensidad del desierto nos comenzó a preocupar. Felizmente descubrimos qué pasaba: el ambiente seco de la alta cordillera y la leve humedad de nuestros sacos generaban un efecto de estática que daba como resultado pequeños destellos de luces cual luciérnagas en una noche sin luna.
Al día siguiente alcanzamos el Salar de Pedernales ubicado a 70 kilómetros al este de la ciudad del Salvador y que corresponde a una gran depresión de 30 mil hectáreas a una altura de 3346 m.s.n.m. Recorrer este salar por una de sus riberas nos hizo sentir insignificantes ante la majestuosidad de la naturaleza. Todo un ecosistema, por cierto frágil, que si no nos preocupamos de preservar, las futuras generaciones no podrán disfrutar.
Desde este punto a nuestro próximo destino nos separaban aproximadamente 500 kilómetros. Las ciudades de El Salvador y Diego de Almagro, las únicas zonas pobladas en nuestro recorrido, nos permitieron reabastecernos de lo necesario para continuar. Nos proponemos alcanzar el Salar de Aguas Calientes, el Salar de Pajonales y el Volcán Lastarria. El inicio de este recorrido nos transportó al pasado, un pasado lleno de historia reflejada en antiguas estaciones de trenes y abandonadas salitreras. Dos días nos demoramos en alcanzar los hitos mencionados. La ruta no fue fácil y no estuvo exenta de peligro, a lo rugoso del camino, que hace lenta la conducción, debimos agregar el campo minado muy cerca del límite fronterizo con Argentina y a un costado del Volcán Lastarria. Pudimos sortear sin mayor dificultad estos obstáculos y acceder al mencionado volcán que con sus fumarolas nos demuestra que nuestro planeta no está dormido, muy por el contrario, que es un planeta dinámico y que los procesos endógenos a menudo se manifiestan con erupciones volcánicas y/o fumarólicas.
Desde la ciudad de Antofagasta, donde arribamos después de varios días de viajes por la cordillera de la tercera región, iniciamos la segunda etapa de nuestra expedición. Desde esta costera ciudad tomamos la ruta que conduce a los yacimientos de cobre porfídico Zaldivar y Escondida con destino al gran Salar de Atacama y sus 300 mil hectáreas. El aire seco y de una asombrosa transparencia nos permitía ver casi al otro extremo del salar. Maquinarias y grandes instalaciones es un rasgo común en este salar ya que alberga las mayores reservas de litio del mundo. Flanqueamos el salar por un camino que conduce a la localidad de San Pedro de Atacama y de ahí tomamos rumbo al este por el camino fronterizo, Paso Jama, que une a esta localidad con la provincia Argentina de Jujuy. Nuestro propósito: acceder al Salar de Tara. Después de una hora de viaje por una cuesta interminable y casi a 4300 m.s.n.m tomamos un desvío hacia el norte. Nuestros mapas indicaban que estábamos en la dirección correcta, sin embargo no existía ningún camino. Confiando en nuestra experiencia nos hicimos camino con nuestro vehículo. No nos equivocamos, después de una hora de viaje y ante nuestros ojos, un paisaje jamás imaginado. Grandes farellones de rocas volcánicas labradas por la acción de viento se erguían como colosales guerreros. La luz era perfecta. Extasiados por tan maravilloso espectáculo agotamos la capacidad de memoria de nuestras cámaras fotográficas. Otra noche en el desierto soportando el fuerte viento que estremece nuestra carpa. Al amanecer del día siguiente continuamos nuestro viaje con el propósito de pasar la noche en las inmediaciones de los Géiseres del Tatio. Un tortuoso camino terminó por agotarnos, obligándonos a acampar a dieciseis kilómetros de los famosos géiseres. Al día siguiente, mucho antes de que amaneciera, continuamos nuestro viaje. A las 6:00 de la mañana ya estábamos instalados observando esta manifestación de la naturaleza que tiene el privilegio de ser el campo geotérmico más alto del mundo (4320 m.sn.m). Sin duda que valió la pena el esfuerzo de soportar los cinco grados bajo cero que hicieron la noche previa. A media mañana ya estábamos en camino hacia la ciudad de Iquique para realizar el último trayecto de nuestra aventura, sin antes eso sí, dejar de pasar por el Salar de Ascotán y Carcote ubicados en la frontera con Bolivia y el límite norte de la II Región.
Desde esta ciudad, a la que arribamos después de un par de días, y luego de reabastecernos de lo necesario, emprendemos rumbo hacia la cordillera, casi al límite con Bolivia. El objetivo esta vez, recorrer el majestuoso Salar de Surire y explorar los Géiseres de Puchuldiza. El trayecto, de poco más de ochocientos kilómetros nos sorprende desde el inicio. Hermosos valles, una flora exquisita y una fauna caracterizada por llamas, vizcachas, vicuñas y ñandúes son la tónica que nos acompañan en esta jornada. Los más de 4500 m.s.n.m no nos son indiferentes y vuelven lento nuestro andar. Colchane, Isluga y una serie de villorrios de casas de adobe destacan en este paisaje cordillerano. Finalmente llegamos al salar y logramos recorrerlo por un camino, en buen estado, que lo rodea en su totalidad.
Con esta etapa hemos llegado al final de nuestro viaje. Veinticinco días de travesía, ocho mil kilómetros de recorrido, sorprendentes paisajes, una geología exquisita y más de tres mil fotografías son el resultado de este proyecto que ha sido plasmado en el libro Chile extremo, la ruta de los salares / The route of the salt deposits.