Cada vez me impresiona más la dificultad que tenemos para celebrar. Es verdad que es más frecuente ver los restaurantes llenos donde nos juntamos a conversar porque parece que en casa no queremos hacerlo.
Cuando yo era pequeña, se celebraban tantas cosas, los cumpleaños, los santos y había fiestas, no feriados, donde nos juntábamos en familia simplemente para eso, para juntarnos. Es que los ritos siempre serán importantes, porque son el comienzo y el fin de algo. Ayudan a cerrar etapas, también a comenzar otras y con eso vamos teniendo conciencia del paso del tiempo y de los afectos que hemos sabido retener a lo largo de nuestras vidas.
Hoy, con más frecuencia, escucho a gente que no quiere celebrar sus cumpleaños, cada vez oigo a más mamás que se quejan porque a los cumpleaños los niños llegan sin regalo, y es mucho más usual saludar por mail a alguien que llamarlo o irlo a ver, y mucho menos a su casa.
Debiéramos preguntarnos qué nos pasa con las celebraciones. A usted que lee esta columna: ¿le gusta celebrar su cumpleaños y otros ritos? ¿Le gusta compartir con los viejos, con la familia y amigos o prefiere pasar por alto y continuar la rutina como si nada?
Los ritos y las celebraciones son una pausa, un parar un instante a mirar la vida, nuestras vidas, y nos regalan la oportunidad de detenernos y evaluar para que el nuevo ciclo sea mejor, desde la voluntad, que el anterior.
Los invito a celebrar y a agradecer lo que se festeja y, por sobre todo, a construir una vida que nos haga sentirnos orgullosos de lo que hacemos para que cuando lleguen los aniversarios podamos celebrarlos desde la gratitud y la satisfacción y no desde la culpa.
No hay mayor placer para celebrar que sentir la satisfacción del deber cumplido. Así que los invito a festejar y ¡ojalá con todos sus afectos! Nos hará bien.
“Hoy, con más frecuencia, escucho a gente que no quiere celebrar sus cumpleaños… y es mucho más usual saludar por mail a alguien que llamarlo o irlo a ver, y mucho menos a su casa”.