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EDICIÓN | Julio 2011

Entramados de Vellón

Ximena Pino, telar
Entramados de Vellón

Caminos de mesa, cojines, cuadros, pieceras, bufandas, chaquetas, camisas, cinturones, vestidos con aplicaciones, mantas, y hasta cortinas, es lo que hace Ximena con una paciencia impresionante, porque no sólo lo hace con el típico telar a mano, en el que durante horas va pasando la lana de dos hebras que utiliza, sino que además les aplica bordados, también creados por ella, a todas sus invenciones

Por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.

Ella, tiene un aura angelical. Habla pausado, lento, con voz baja, y todo lo que dice pareciera entrar en los oídos como chocolates en la boca. Es un gusto escucharla; su pasión puede más que mil palabras, y aunque desde chica veía cómo su abuela trabajaba día y noche el telar, Ximena (34) juró no hacerlo nunca, pues lo encontraba “fome, una lata, de sólo ver el tremendo trabajo que significaba, supe que yo no quería hacer lo mismo”. Pero el tiempo quiso que sin querer empezara a trabajar la misma técnica que conocía desde la infancia.

Fue en Santiago en donde Ximena, vitrineando con una amiga, llegó a una tienda en donde sólo vendían cosas a telar y se sorprendió. Luego, sin quererlo, vio un aviso en el diario en donde se ofrecían clases de esta técnica, y se inscribió.

Un mes en el taller le sirvió para aprenderlo todo. Pero Ximena quiso sólo hacer telar de forma rústica, con aquellos antiguos telares de madera en donde a mano se deben pasar una por una las hebras de la lana. “Para mí esa es la gracia, urdir uno mismo, ver todo el trabajo que uno hace para sorprenderse con el resultado, ver la pieza terminada me provoca una sensación de total plenitud”.

Luego de los talleres —hace ya cuatro años— mandó a hacer tres telares de distintos tamaños y de madera noble de mañío, para urdir y empezar sola a fabricar sus creaciones. Pronto la familia se trasladó a Rancagua, en donde Ximena creó su propio taller en el segundo piso de su casa. Grande, espacioso, luminoso, junto a una amiga que le ayuda con el diseño de los productos, pasa las tardes y las noches, urdiendo y bordando. “No trabajo con lanas sintéticas, no se valora de igual forma que el utilizar vellón o alpaca. Así empecé, primero, haciendo grandes murales y, luego, ponchos. Me encanta y me entretiene”.

Pero las cosas que hacía Ximena, eran para su casa, como un pasatiempo; el problema se suscitó cuando decoraba los espacios con sus cojines a telar y las amigas los veían y se los llevaban. “Hacía cosas para mí, pero cada vez que venía gente a la casa se llevaban algo: cojines, pieceras, murales, ¡de todo!”


UNA PASIÓN

Mezclando diversos coloridos como el fucsia con el verde, y el celeste con el naranjo, utilizando aplicaciones con formas de flores y otras bordadas, Ximena logra un resultado bello. En su casa, todo habla de ella, las cortinas de su pieza son de telar “me costó muchísimo hacerlas”, la piecera de su cama, los cojines, las alfombras, el camino de mesa que se impone en el living junto a los murales colgados. Todo en armonía, coloridos fuertes junto con otros neutros, forman una decoración que salta a la vista y no pasa desapercibida.

Con tanto éxito, Ximena decidió empezar a dar clases, para lo que reestructuró su taller. Así, hace cuatro clases al mes, una por semana de tres horas. “Las hago para grupos de cuatro personas, y a pesar de que son tres horas, el tiempo pasa demasiado rápido, uno no se da ni cuenta”.

¿Qué materiales usas para tus creaciones?
Raíces para los murales, las recojo en el campo de mi abuelo que queda en Quebrada Honda, cerca de Litueche, allá en el estero hay muchas. También he utilizado cobre, mimbre, varillas de sauce álamo y crespo. He hecho bufandas y cinturones mezclados con lana y tela; por otro lado, utilizo mucho las aplicaciones con bordados que también hago. Y lo más importante, la lana, que es lo que más me cuesta encontrar porque utilizo una de dos hebras, es la que se necesita para urdir, si no se corta. Es lana hilada en rueca por campesinas, que consigo allá en el campo, pero escasea porque cada vez es menos la gente que se dedica a hilar.

¿Están teñidas en forma natural?
Algunas, los colores como tierra se tiñen de forma fácil; por ejemplo, la cebolla da un color claro, el té un color café fuerte, la papa un color oscuro, con hojas queda un color amarillo, y con betarraga también se puede, pero se necesita un saco gigante. Los colores fuertes, esos no se logran naturalmente, hay que teñir con anilina. Todo lo tiño yo misma.

¿Qué estás descubriendo ahora?
Que los tejidos a telar pueden ser una preciosa aplicación para la ropa. Ahora estoy haciendo chaquetas de mezclilla con bolsillos a telar de colores, han hecho furor. Estoy en la etapa de incursionar en la ropa, ponchos largos, cortos, con gorro, y abrigos con mangas hechas a telar, pequeños detalles en todo tipo de vestuario, detalles que marcan la diferencia y que resaltan a simple vista. De todas maneras, sigo urdiendo juegos de cojines y pieceras, la mayoría a pedido.

¿Qué te entrega el telar?
Para mí es una terapia, pienso que todos quienes nos dedicamos a la artesanía, lo hacemos porque tenemos vocación, es un oficio, nos gusta y nos produce gran relajo. Este es un trabajo tan fino y costoso que cada prenda que hago se lleva una parte de mi corazón. Me siento orgullosa, todas mis piezas son únicas e irrepetibles. Por otro lado, el telar me ha permitido encontrar la satisfacción de hacer clases y ver cómo mis alumnas logran sus primeras obras, me produce una sensación de tremenda felicidad.

 

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