Tell Magazine

Entrevistas

EDICIÓN | Junio 2011

El renacer de un capitán

Daniel Durand, capitán de ejército
El renacer de un capitán

A casi un año de haber publicado su libro Héroes de Antuco, y a seis de la recordada tragedia, este capitán sobreviviente nos cuenta cómo esta experiencia límite cambió su forma de pensar, de sentir y de vivir. Un hombre que venció la nieve y la montaña, se levantó y renació con más fortalezas. En estas páginas, las emociones y la historia de Durand, después de la tormenta blanca.

Por María Paz Macaya Opitz / fotografía Javier Gutiérrez A.

Proviene de una familia con una larga trayectoria militar de doscientos años, pues a lo largo de la historia de Chile han estado presentes oficiales de ejércitos que son parte del árbol genealógico de Daniel Durand Luna. Abuelos, bisabuelos, tatarabuelos han participado en momentos tan emblemáticos de la patria como en el proceso de Independencia, la guerra del Pacífico, la guerra de la Confederación, y muchos más.

Daniel (31), siempre estuvo ligado a la institución porque su padre era coronel. Por eso no fue sorpresa que a los diecisiete años de edad decidiera entrar a la Escuela Militar. "Siempre sentí la vocación, desde chico; me acuerdo que cuando tenía cinco años mi papá me regaló un casco, una mochila de soldado y un fusil de madera, y yo jugaba a desfilar". Su vocación por la patria y su herencia militar lo motivaron a que nunca se cuestionara estudiar otra cosa; ser oficial militar siempre fue una decisión ya tomada. "Una vez llamaron a mi papá del colegio, porque yo en el Simce no había marcado ninguna opción profesional de la lista. Yo no había elegido nada porque dentro de las alternativas que se presentaban no estaba lo que yo quería ser. Entonces mi papá aclaró que en el listado del Simce no aparecía la opción de ser militar, y esa era la razón de por qué yo no había contestado".

Proveniente de una familia de cinco hermanos, Daniel, desde su infancia y juventud, se acostumbró a trasladarse constantemente y a vivir en distintas ciudades, debido a las destinaciones de su padre. Así que siguiendo los pasos de su hermano mayor, que también es militar, eligió integrarse a la Escuela de Infantería, en San Bernardo, mientras sus papás vivían en Rancagua. Después de seis meses, eligió como destinación Talca. "Elegí Talca porque era un regimiento con unidad de montaña, que es lo que a mí me gusta y lo tuve claro, desde un comienzo. Además, esta ciudad me trae buenos recuerdos, porque cuando era chico yo viví aquí por algunos años. Me acuerdo del colegio Blanco Encalada -La Salle-, los amigos, una buena época". Además, Durand consideró que estaba cerca de Rancagua, para viajar a ver a su familia.

Daniel permaneció en el Regimiento de Talca por cuatro años; en ese tiempo tenía el grado de subteniente. En el 2003, hizo el curso de especialidad en alta montaña, que era lo que él más quería, y en diciembre de 2004 ascendió al grado de teniente, justo antes de irse a su nueva destinación. "Cuando ya me quedaba poco tiempo en Talca, ascendí a teniente y empecé a pololear con Paula, mi señora. Yo proyectaba estar en Los Ángeles unos cuatro años y hacer mi curso de capitán, que era mi objetivo".

 

ENFRENTAR LA MUERTE

El siete de marzo de 2005, Durand se presentó en el Regimiento de Los Ángeles y lo asignaron a la Compañía Andina. Meses después, y como es de costumbre, se organizó una expedición a la montaña, para lo soldados que habían entrado al servicio militar. Pero al regreso, la mañana del dieciocho de mayo, el tiempo cambió abruptamente; el día se cerró y una tormenta blanca, que no se esperaba para la época, los sorprendió a todos.

La compañía de Los Morteros que marchaba más adelante que la compañía Andina, donde iba Durand, empezó a dejar soldados rezagados en el camino. El viento blanco, la poca visibilidad, la baja temperatura, dificultó la tarea de auxiliar y reanimar a los que habían quedado atrás. Una situación extrema, donde estos hombres tuvieron que reaccionar de golpe y usar las herramientas y la preparación que tenían para sobrevivir y ayudar a los soldados que se rendían. Una experiencia límite de sobrevivencia y  emocionalmente destructora.

Estamos en mayo y por estos días recordamos la tragedia de Antuco, ¿cómo te sientes, después de seis años, al rememorar esos momentos de vida o muerte tan extremos?
Es difícil, porque uno siempre se acuerda, más en estos días. Me acuerdo, me deprimo, sobre todo por los lazos que haces con los compañeros. Uno comparte las veinte y cuatro horas con los soldados, y todos nos vamos conociendo, se da la confianza, hay conversaciones y se forma una familia. Por eso esto ha sido un largo duelo.

¿Cómo viviste la tragedia?
Yo separo lo sucedido en dos partes: primero la situación extrema, donde había que tomar decisiones, aplicar toda la preparación y las herramientas que teníamos para sobrevivir y mantenernos despiertos, porque el que se dormía, moría. Y segundo, el duelo, aceptar la muerte, los soldados que se fueron, y sacar fuerzas de esta situación dolorosa, para encontrar fortalezas y renacer. Volví al año al lugar, con mi señora; fue muy difícil, pero era algo que tenía que hacer. Reviví cada momento, pasé por cada animita de los soldados, fue un recorrido muy fuerte, pero fue parte de este proceso de duelo.

¿Le tienes miedo a la montaña?
No le tengo miedo a la montaña, le tengo respeto, que es muy distinto. Alguien me dijo, una vez, que a la montaña no hay que vencerla sino que engañarla. Uno debe ser prudente y no intrépido.

En los momentos en que te sentías derrotado, cuando el sueño y la nieve te empezaban a envolver, ¿qué hacías, en qué pensabas, cómo te dabas ánimo?
Pensaba en mis papás, en mi familia, en todas las personas que quiero. Y me decía no puedo morir, no puedo hacerles pasar por ese sufrimiento. Pero nos apoyábamos mucho entre nosotros, si uno se caía el otro iba y te reanimaba. Me acuerdo que de repente me caí y mi capitán Gutiérrez me remeció, me pegaba y me hablaba, me daba fuerzas.

 

TERAPIA PERSONAL

El duelo de Antuco no solo lo vivió Daniel, sino que toda su familia. Sobre todo porque a sus papás un oficial amigo les avisó -el segundo día- que las probabilidades de que Daniel no se salvara eran altas. "Cuando nos encontramos y me vieron estaban muy mal, y aunque mi mamá nunca perdió las esperanzas, ellos estaban preparando mi funeral, fue terrible".

Después de esa situación tan extrema, Daniel fue destinado al regimiento de Rancagua. "Esto fue muy bueno para mí, pude estar más tiempo con mi familia, vivir un proceso de duelo estando acompañado; y nos permitió superar esto juntos porque para mis papás también fue un duelo sentir que me habían perdido y después encontrarme vivo.

¿Cómo cambió la relación con tus papás después de esto?
Irme a Rancagua, después de la tragedia, fue bueno. Y aunque en un principio no lo encontré tan necesario, estar juntos hizo que nos afiatáramos más que nunca, nuestra relación ahora es mucho más cercana. Para mi mamá fue como si después de Antuco yo hubiera renacido. Volví a ser como su niño, me regalonea, estamos muy unidos.

¿Cómo surge la idea de escribir el libro Héroes de Antuco?
Un día conversando con mi papá, me dijo que por qué no escribía lo que había vivido, una especie de terapia para mí, donde podría expresar mis sentimientos, desahogarme. Pensé que podía ser bueno, así que empecé, a fines del 2005, a escribir de a poco y con calma porque fue difícil ir reviviendo cada momento. Fue una especie de terapia personal, me demoré aproximadamente un año. El libro está escrito en forma muy humana, cuenta quiénes eran estos soldados, cuáles eran sus motivaciones y el compañerismo que existía. Justo en ese tiempo conocí a una gran escritora, Angélica Reyes, quien me animó y me ayudó a lanzarlo. Así, gracias al apoyo de ella, del ejército y de otras instituciones pude publicarlo.

¿Dónde se puede comprar el libro?
En este momento no tengo acuerdo con ninguna editorial, mi libro se vendió en el lanzamiento, mucha gente lo ha comprado por internet y a través de conocidos que me lo piden directamente.

¿Cómo cambió tu vida?, ¿qué cambió en ti?
Cuando sucedió esto yo tenía veinticinco años y estaba al mando de cuarenta hombres. Era muy joven y tenía una tremenda responsabilidad, esos jóvenes estaban a mi cargo. Yo creo que eso me dio la fuerza para mantenerme de pie. Lograr reponerse a una vivencia tan límite siempre fortalece, te hace cambiar y crecer emocionalmente. Antes era más impulsivo, más relajado, pensaba más en mí, en lo que yo quería hacer. Pero después que se vive una situación tan extrema, enfrentas la vida de manera diferente, eres más prudente, piensas más en los demás, te pones más analítico. La vida es como un tablero de ajedrez; pienso mucho antes de dar una paso. Por ejemplo, yo había postulado a la Antártica, pero deseché la opción para estar cerca de mi familia. Cambian las prioridades, te pones más casero, no te interesa hacer tantas cosas, sino estar con las personas que más quieres.

¿En qué está tu carrera militar?
Ahora estoy de comandante en la segunda compañía andina y estoy en mi segundo año de capitán. Además, tengo en proyecto dictar unos cursos de motivación y liderazgo. Esto surgió porque hace como un mes me llamaron de una universidad, aquí en Talca, para proponerme hacer estas charlas. Creo que contar una experiencia como la de Antuco y compartir tus emociones y cómo saliste adelante, es enseñar y entregar herramientas a la personas para salir y superar situaciones de riesgo o muy límites, que alguna vez nos toca vivir.

"No le tengo miedo a la montaña, le tengo respeto, que es muy distinto. Alguien me dijo, una vez, que a la montaña no hay que vencerla sino que engañarla. Uno debe ser prudente y no intrépido".

 

 

Otras Entrevistas

» Ver todas las entrevistas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación9+7+6   =