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Columnas » Brújula Porteña

EDICIÓN | Agosto 2012

Adiós a los niños

Por Carolina Arias Salgado info@bazarlapasion.cl / Ilustración: Claudia Silva Göpfert
Adiós a los niños

Estuve parada frente a la puerta varios minutos; dubitativa, levantaba la mano para golpearla y la escondía rápidamente. Llena de nervios, la golpeé deseando que nadie abriera. Ahí estaba mirándome como a otra chiquilla más que no la dejaba en paz y yo con cara avergonzada.



Fue la primera entrevista que hice como estudiante en práctica; ella, Paola Papi, el motivo; su hijo Rodrigo Anfruns, asesinado hace treinta años. Pasé la tarde en su departamento, nunca escribí un informe completo de nuestra conversación, ni siquiera saqué la grabadora. Hasta ese día ni siquiera sabía quién era Rodrigo. Nunca más la vi. Y probablemente para ella yo fui una de tantos periodistas que golpearon la puerta tratando de sacar su historia de los archivos. Cosa que pasó al poco tiempo.

No tengo hijos, pero tengo instinto; no tengo hijos, pero amo con mi estómago. 

No tengo hijos, pero soy capaz de meterme en el pellejo de una que tiene.  No tengo hijos y no sé por qué tengo grabadas historias de niños que mueren y me preocupo de no olvidarlos. Niños que, en algún minuto, fueron casos o episodios periodísticos y que, al poco tiempo, se pierden en la nebulosa de las personas. A mí, sin conocerlos ni saber nada de ellos, me quedan en la retina.



Hace algunos años encontraron un niño de dos años muerto bajo una cama, en una de sus manos sujetaba un pedazo de pan. Estuvo semanas inerte hasta que los vecinos lo encontraron. Ocurrió que su madre, medio loca, había muerto en alguna calle y permanecía como NN en la morgue. Este pedacito de historia, posteriormente, sería usado como parte del guión de la película La buena vida, de Andrés Wood.



Panchita. No voy a detallar las torturas que padeció antes de morir. El día de su funeral, el Camino Internacional estaba lleno de globos blancos, gigantografías con su imagen, peluches, flores. El camino al cementerio estaba desbordado, las micros estacionadas ocupaban cuadras, cientos de personas que nunca la vieron lloraban y querían despedirla.



Podría seguir nombrando más, recuerdo la carta que le escribió Cristián Warken a su hijo Clemente. No escribo los cómo, ni los por qué, ni menos de qué. Estoy escribiendo de niños, escribo muy humildemente de la inocencia, del no miedo al peligro, escribo porque hace unos días muchos posteábamos en las redes sociales esperanzados con que Rafael, de cuatro años, apareciera vivo en Laguna Verde. Escribo esto porque en ocasiones como estas los no creyentes nos vemos obligados a pensar que sí existe algo más. Escribo esto porque en vez de darles la bienvenida, hemos tenido que decir adiós a los niños. 
 

 

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