Para acercarnos a la historia y escudriñar el pasado se pueden utilizar diversos tipos de fuentes; podemos conocer un espacio por medio de fotografías, grabaciones audiovisuales, cartas, documentos, etc., pero en esta ocasión elegimos la narración de Carlos Pezoa Véliz para apreciar Viña del Mar de principios del siglo XX. Su obra es una ventana para mirar algunos aspectos de la ciudad. Pezoa empezó, en 1905, a trabajar como secretario del alcalde de la Municipalidad de Viña del Mar; en estas faenas estuvo hasta 1906, debido a que resultó herido por el terremoto del 16 de agosto.
El autor describió las diferencias entre las calles Viana y Valparaíso, señalando que la primera era más tranquila a diferencia de la calle comercial que tenía, por ende, mayor ajetreo. Pero no solo hizo alusión a esa característica de funcionalidad. Para Pezoa, la tranquilidad de la calle Viana tiene un sentido social profundo: “…A lo margo de la vía ferroviaria que se prolonga cansadamente en dirección a los paisajes del Salto, la calle de Viana se recuesta como en una hamaca invisible bajo el profundo celeste del cielo viñamarino. ¡Tan triste!” “Pesa sobre esta calle un silencio de montaña, que sólo turban el grito de un vendedor o los hastiados rezongos de las locomotoras viejas. Árboles aquí, pájaros allá. Gorjeos tristones, canturreos sencillos por sobre los ramajes donde los parleros poetas del campo viene a cantar el dolor de esta naturaleza que se siente falsificada por construcciones de arquitectura fiduciaria y estilos bursátiles”.
Además, se refiere a las personas que vivían en aquellas casas: “Las familias de estos comerciantes presentan a la mirada del pasajero escenas exquisitas. Niños de rostros coloradotes que juegan, ayas de tocados europeos que se entretienen haciendo de madres, mozas que arrancan rosas para enviarlas al hombre amado”.
Menciona que las casas están tapadas por enredaderas (campanillas, madreselvas), pero que, en ocasiones, es posible distinguir la vida interior, “a medias sí, porque las casas están generalmente a treinta o más metros de las veredas públicas.” Esta pequeña referencia se explica por el concepto de ciudad jardín. Esta distancia entre las casas (y sus habitantes) permitía, a juicio del poeta, que en esta calle se refugiaran los desdichados. “Hombres sin ocupación, perros vagabundos, mercachifles arruinados, muchachos haraposos, empleadillos hambrientos, señoritas humildes, etc. todos se guarecen en el amistoso silencio de esta calle hospitalaria”.
Todos escondidos de las miradas de las “mujeres aristocráticas” que transitaban por la calle Valparaíso. Así, la calle Viana se transformó en “la protectora de los caídos”. “La señorita de nariz chata no irá a la misa de diez si no lo hace al amparo de la silenciosa vía. Es la única donde esas pobres mujeres que nacen mal parecidas no pagan contribución de tráfico al buen humor de los críticos ambulantes. Es la única en que pasean su melancolía los cesantes de calzado silencioso, el estudiante de familia pobre, la señorita de medio pelo.”
Sin duda, la descripción que realizó el autor de la calle Viana, social y arquitectónicamente hablando, dista mucho de lo que podemos apreciar en la actualidad. Pero valoramos sus impresiones que nos describen la sociedad de aquella época.
“Carlos Pezoa Véliz Pezoa empezó, en 1905, a trabajar como secretario del alcalde de la Municipalidad de Viña del Mar; en estas faenas estuvo hasta 1906, debido a que resultó herido por el terremoto del 16 de agosto”.