Asís, localidad conocida gracias a Francisco, famoso santo de aquel lugar. Hijo de un comerciante acaudalado, quien le ofrecía un respaldo económico como para inclinarse por el estilo de vida que quisiera, sin embargo, su ejemplar e impensada opción lo conmemoró y de pasada, a su pueblo.
Por José Pedro Vicente, Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago
La historia cuenta que la pobreza era su mayor interés, por lo que llegó a despojarse de todos sus haberes hasta quedar literalmente “sin nada puesto”. Es por eso que la vestimenta de los franciscanos (de ahí el nombre) es tan particular e identificable: un traje café con un cinturón tipo cordel, encargado de evocar un saco de papas que ocupó para poder taparse, dado que, su obsesión por regalarlo todo, lo llevó a entregarle hasta la ropa que llevaba puesta a un indigente que se cruzó por su camino. Frente a este origen, no puede ser si no paradójico, la costumbre de este poblado y sus templos al cobrarte por todo, por la vela que le prendes al santo, por el santito que llevas de recuerdo, o incluso, una especie de ofrenda luego de pedir por tus intenciones en uno de los tantos altares. En síntesis, y quizás golpeado por la crisis, quien lo dio todo, hoy te cobra por todo.
Más allá de la ironía, cabe preguntarse si San Francisco fue quien llevó a este poblado al reconocimiento mundial, transformándose en destino obligatorio, o bien, alguien descubrió que, al colgarse de este historial e invirtiendo en la experiencia que significaría pasear por sus calles, destacaría dentro del mapa de intereses con los beneficios que esto significa. San Francisco de Asís pasa a ser un ejemplo más de “exportación de imagen” a beneficio del país, sin interferencia con otros de mayor y menor importancia. Para conseguir esto, las externalidades de sus inversiones pasan a ser protagonistas, descartando un foco cegado por el retorno inmediato. Aquí, cargamos con el codiciado beneficio “chilensis” donde cualquier inversión que no esté directamente relacionada con la obtención de beneficios al corto plazo, lamentablemente no es de interés.
Ahora bien, si nos detenemos en la capital de nuestro país, antes de mirar otro punto de Italia, podemos ver, “cómo Santiago ha ido evolucionando desde una ciudad española, pasando por el neoclasisismo francés, luego por el modernismo, hasta llegar a la cosa híbrida de hoy día, posmoderna, donde conviven Mc Donalds, torres de cristal e iglesias de adobe”. Frente a esta realidad, —anecdótica pero real—, entendemos que de identidad e inversiones al respecto, poco o nada. Prueba de ello, la respuesta de muchas personas a las que se les ha preguntado por una imagen que represente a Chile, señalando la cordillera de los Andes o el desierto de Atacama, es decir, lugares que no significaron trabajo alguno, presentándose además, de manera gratuita. Quizás, frente a esta carencia, y para no quedar atrás, existen algunos que pensaron en darle esta misión a una torre o a un mall.
Volviendo a Asís, como ejemplo concreto, se presenta un barrio comercial al borde de la prostitución del merchandising. Todos venden de todo, y ubicados estratégicamente, consiguen cerrar el negocio gracias a la sensibilidad que despierta el trabajo que hay detrás y que tanto cuesta convencer a entidades públicas y privadas: La inversión en el “diseño de experiencias”. Cafés, restaurantes, artesanía, heladerías y florerías se cuelgan de esta imagen consiguiendo no solo un atractivo para el visitante, sino también, grandes ingresos, puestos de trabajo, pago de impuestos, y lo más importante de todo, su vociferación en el mundo, por consecuencia, más interés, más visitantes y más ingresos.
Pd: Si nuestra identidad es la convivencia entre Mc Donalds, torres de cristal e iglesias de adobe, bienvenidos los bienes naturales.