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EDICIÓN | Agosto 2012

A ssshoro… ssshoro y medio

Por Nicolás Larraín
A ssshoro… ssshoro y medio

Cada vez veo más soberbia y prepotencia en el día a día, y cada vez me pregunto más seguido cuál es la idea, qué objetivo creemos estar cumpliendo al actuar así. El modelo de vida que hemos propiciado es el del winner: el que los deja callados a todos y no se deja callar por nadie. “No podís ser menos”, reza el credo del Chile 2.0, partiendo por el colegio: si no eres amigo de los “ssshoros” eres perno, y si eres perno sufres bullying, entonces ponte “ssshoro”.

“A ssshoro, ssshoro y medio”… Lo vengo escuchando casi todas las semanas, como si fuera un proverbio sabio para justificar cualquier actitud de picado. Un actor me cuenta que ya no le habla al gerente de su canal porque una vez “se me puso cabrón” con un comentario. “Listo, no le hablo más a este picante, qué se cree”.
Soy testigo de una pelea en la radio: un gerente le pide a un locutor que cambie el tono de una frase para que le salga más moderno. El locutor se lo toma a mal, le dice que lleva veinte años haciendo la frase con ese tono, pero el gerente le insiste porque los tiempos están cambiando. Empieza la función: “Si no te gusta, cuando quieras me voy”. “Ya puh, altiro”. “Ya puh…”, y nos vamos como tres minutos a puros “ya pus”, yapus iban yapus venían, antes de pasar a los infaltables “si no te tengo miedo…”, “yo tampoco…”.

Puedo darme cuenta que detrás de estos roces, por lo general, hay una historia pasada, algún comentario que nos dejó picados y que nunca nos sacamos de la cabeza. Pero la cultura del sistema no te invita a dialogar sobre lo que te molestó. “Se la tengo bien guardada”, “ya se la voy a cobrar”, son las expresiones que moldean nuestro comportamiento y nuestra filosofía de vida.

Mi sensación, sin embargo, es que con un poquito, todo cambiaría una enormidad. Si ante frases como “¿a ver qué me dijiste?”, “¿con quién creís que estai hablando?”, contestáramos con un “perdona, no te quise molestar, era solo un comentario distinto al tuyo”, siento que viviríamos en otro planeta. Nuestros malestares diarios se disiparían en cadena y los efectos serían incontables. Pero al que pide disculpas por algo que dijo —y que pudo ser malinterpretado entre el ruido ambiente beligerante— lo paramos en seco: “¿te está tiritando la pera?”, “no te dejís pasar a llevar”, “por Dios que te faltan pantalones”, “ay, qué eres niñita”.

Todo esto viene reforzado por otro dogma intocable: el que asegura que “una buena penca” siempre tiene efectos positivos en el afectado. He vivido observando cómo el paradigma Problema-Enojo-Penca-Castigo-Eficiencia está validado en casi todas las culturas del mundo. Alemanes, gringos, ingleses, japoneses, holandeses, israelíes, han popularizado el modelito sin tener ningún contrapeso que demuestre que, con un poco de afecto, sin enojo y sin castigo, los efectos a la larga son mucho más favorables (quizás no para las utilidades de la empresa ni para la eficiencia en el hogar, pero sí para la vida en común de todos nosotros). Mi convicción es que si nos cuestionáramos el modelo desde sus objetivos, y no solo desde sus resultados, pasaríamos más tiempo del día riéndonos y acercándonos unos a otros, disfrutando de lo que podría ser el gran objetivo final de esta vida para moros y cristianos: acompañarnos, nada más.
Entonces, frente al ssshoro, más que “ssshoro y medio”, mejor sacar al “medio loquito” que todos llevamos dentro y dejar a los nervios con las ganas: “veamos, puede que tengas razón”, “ok, lo cambio altiro”. Al que tienes al frente te lo vas ganar para toda la vida. Amén.

“Mi sensación es que si ante frases como “¿a ver qué me dijiste?”, “¿con quién creís que estai hablando?”, contestáramos con un “perdona, no te quise molestar, era solo un comentario distinto al tuyo”, siento que viviríamos en otro planeta”.

 

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