La única foto que Neil Peart le ha tomado al público en un concierto de Rush fue el 17 de octubre de 2010 en el Estadio Nacional, cuando el legendario trío canadiense debutó en Chile, ante cuarenta y cinco mil personas.
El baterista, adorado como un dios por su estilo y letras, había recorrido cinco mil kilómetros en moto durante una semana por Sudamérica, cumpliendo a la par con maratónicos conciertos de tres horas. Cruzando hacia Argentina vio el rescate de los mineros. Cuando llegó al Nacional, directo para la prueba de sonido, comentó con Geddy Lee y Alex Lifeson la hazaña de los treinta y tres. Estaban impactados. Acordaron homenajearlos con un tema y Peart decidió que ese público merecía una foto. Al apuntar con su cámara, vio un lienzo que decía en inglés “toda mi vida por Rush”, mientras él pensaba “yo también compadre”.
A casi dos años de ese concierto, siguen en movimiento. El 7 de septiembre inician una nueva gira en EE.UU. para promocionar su último álbum Clockwork angels, que ha cosechado las críticas más entusiastas desde el legendario Moving pictures (1981). Los ensayos partieron este mes, aunque Peart suele practicar por cuenta propia al menos un par de semanas antes. ¿Cómo lo hace un músico que está a punto de cumplir sesenta años? Cuando le preguntan a Geddy Lee, se encoge de hombros.
Para la crítica siempre alérgica con Rush —mucha pirueta y poca alma es la queja socorrida—, el vigésimo disco de estudio de los canadienses es un asombroso testimonio de vigencia y creatividad. Cuando la mayoría de sus contemporáneos repite giras de reunión o de grandes éxitos, y en un momento en que el rock pierde terreno como expresión artística, Lee, Lifeson y Peart siguen pensando en grande. Renovaron con el productor Nick Raskulinecz, un treintañero cuyo primer concierto a los trece fue de los canadienses, hoy uno de los nombres más cotizados de la industria con premios Grammy. Raskulineckz se dio gustos de fan. Se plantó frente a Peart baqueta en mano, para dirigir tiempos y quiebres. Exigió riffs y punteos a Lifeson, y a Lee unos cuantos chillidos. Quería destilar el viejo Rush de los setenta, con la pasmosa propiedad para tocar que exhiben rumbo a la edad de jubilación.
Neil Peart ha dicho que no cree que pueda seguir interpretando a este nivel en diez años, una cuestión de condición física, aunque advierte que es más rápido y hábil que antes. Geddy Lee replica con una lección aprendida tras la muerte de la hija y la esposa del baterista, a fines de los noventa: no hagas demasiados planes sobre el futuro. Por mientras, Rush sigue componiendo, sacando discos y montando largas giras. Es la vieja escuela que todavía funciona.