El mito dice que Robert Smith jugueteaba con el casete debut de Upa!, mientras The Cure ofrecía su primera conferencia de prensa en Argentina, en 1987, antesala de un par de violentos conciertos que el líder de los ingleses recordaría como si hubieran tocado en Beirut.
La historia sigue cuando meses más tarde llegó una carta a Santiago al sello EMI, donde militaba la banda chilena, con felicitaciones del escarmenado cantante. No hay rastros de la misiva. Tampoco figura el casete en los videos de Youtube sobre el encuentro de The Cure con la prensa trasandina. Lo indiscutible es que ese extraordinario año musical de 1987, cuando U2, Gun’s N’ roses, Depeche Mode, INXS y Def Leppard editaron verdaderas obras maestras súper ventas, The Cure se había convertido en uno de los grupos más famosos del mundo con una extraña mezcla de melancolía congénita e instinto pop. Publicaron Kiss me, kiss me, kiss me, uno de los puntos altos de su discografía, y una parte de la juventud chilena de entonces se convirtió al credo de Smith. En las fiestas, canciones de ese álbum doble como Why can’t I be you y Hot, hot, hot, competían con los dudosos éxitos de Bananarama y Rick Astley.
Aunque el líder de The Cure dice que odia los aviones y el sol, ese sol que lo mortificó durante sus días en Argentina y que venció a punta de generosas dosis de ron (todo detallado en su bitácora personal de aquel viaje), anunció que, en 2013, recorrerán Sudamérica después de semana santa. Las giras, por cierto, las programan agencias y managers. Cuando un artista dice “siempre quise visitarlos”, no es más que cortesía, porque son decisiones de negocios que deben acatar. En medio de una crisis histórica y quizás terminal de la industria discográfica, los artistas de categoría planetaria se han resignado a girar más allá de la seguridad del primer mundo. Para The Cure es vital tocar en vivo, porque su lucidez en el estudio acabó hace exactos veinte años con la edición de Wish, pese a que esporádicamente lanzan álbumes, siempre ensombrecidos por títulos fundamentales como Pornography (1982), The head on the door (1985) y, sobre todo, Disintegration (1989).
La estrella creativa puede desaparecer, pero en vivo The Cure es sencillamente una de las mejores bandas de la Tierra. Más allá de la perfección de su sonido y de la solidez de sus músicos, donde siempre ha destacado el bajista Simon Gallup, que alguna vez abandonó al grupo tras agarrarse a puñetazos en un camarín con Smith, The Cure resume los ingredientes claves que han hecho grandioso al rock británico: inventiva, carisma, y el talento de convertirse en la banda sonora de generaciones.