Roberto Bolaño
Editorial Anagrama (2001)
225 páginas
Quienes de antemano rechazamos lo sobrenatural, sólo podemos imaginar mundos distintos de papel y tinta, creados por los grandes escritores. Esos mundos están poblados por personajes notables, que conversan entre sí de manera ligera y burlona. Sólo unos pocos novelistas tienen la capacidad de crear sus propios universos y Roberto Bolaño parece ser uno de ellos. La atención prestada al autor de estos cuentos, en especial desde que murió, exceden lo que cualquier panegirista de novel escritor hubiese esperado. Cuando Bolaño era un joven desconocido nadie se interesaba en su obra. Hoy, en cambio, se publican de manera póstuma obras rescatados del disco duro de su computador (El Tercer Reich, La Universidad Desconocida y El Secreto del Mal). La mejor forma de aproximarse a Bolaño es a través de sus cuentos. En Putas asesinas se agrupan trece relatos cautivantes, algunos de los cuales se relacionan con sus novelas posteriores. Entre actores porno y sicarios aparece Lalo Cura, guardaespalda en 2666. Arturo Bélano, protagonista de Detectives Salvajes, y alter ego del escritor, se pasea por África con un grueso libro de poesía francesa.
En El Ojo Silva se describen magistralmente ambientes lejanos y lúgubres, vinculados al abuso infantil. Últimos atardeceres en la tierra es la historia real de Bolaño y su padre, que intentan inútilmente rescatar una inexistente relación. Tal como lo revelara el padre del escritor, se trata de las últimas vacaciones que pasó con su hijo, en Acapulco. B es el mismo Bolaño que cuenta, además de las vacaciones con su padre, su vida entre exiliados latinoamericanos en Europa. Putas asesinas (que da el nombre al libro) es una ficción simplemente sorprendente, relatada en primera persona, desde la cabeza de una puta asesina.
El Retorno trata sobre el encuentro de dos almas solitarias, la de un modisto famoso necrofílico y su ocasional amante, que sobrevive la muerte. Buba es la historia de un chileno, jugando en el Barcelona. Borges decía que había logrado comprender que la belleza no es privilegio de unos pocos autores: “...ahora sé que es común y que está asechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero.” Lo mismo entendió el protagonista de Dentista, quien en de los arrabales marginados de Irapuato lee los cuentos del adolescente José Ramírez. “Y comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y olvidé todo.”