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Entrevistas

EDICIÓN | Junio 2012

En el centro del espíritu

Xiong Wang, maestro sanador
En el centro del espíritu

Llegó del Tíbet a Pisco de Elqui, hace más de doce años, buscando un camino espiritual. Aunque pensaba quedarse unos meses, su estadía fue prolongándose hasta echar raíces en una tierra que le mostró su misión en la vida: sanar a las personas que llegan hasta él buscando una cura a sus enfermedades. Su popularidad fue creciendo gracias al boca en boca de sus pacientes. Sin carteles, sin publicidad y solo través de datos pudimos llegar hasta su hogar, un verdadero portal detenido en el tiempo y que nos traslada en segundos al Oriente.
 

Por Laura Valdés P/ fotografías Patricio Salfate T.
 

Solo un número de celular. Era todo lo que teníamos para contactarnos con Xiong, cuya popularidad como maestro sanador ha ido aumentando a través de los años, lo mismo que el misterio que rodea su figura. En el Valle de Elqui todos han oído hablar de él. Algunos lo ubican como “El Chino milagroso” y otros escépticos señalan que es un mito.

Partimos un día temprano rumbo a Pisco de Elqui, ya que nuestra cita tiene hora: el mediodía. Y una dirección un tanto difícil de seguir. Debemos llamar un par de veces para pedir orientación y buscar, además, ayuda de los vecinos, que nos indican con el dedo uno de los cerros antes de llegar al pueblo.

Doblamos por una curva y nos internamos en un camino de tierra que nos lleva, entre árboles, a un lugar distinto. Como si hubiésemos traspasado un portal del tiempo, ante nosotros se descubre una construcción oriental. Cuelgan faroles rojos del techo, hay muchos símbolos escritos y en una pequeña laguna nadan patos.

Nos dan la bienvenida y nos hacen pasar a un pequeño salón. Hay figuras de Buda y muchos objetos curiosos. Debemos esperar unos minutos más. Eso aumenta un poco el misterio sobre la figura de Xiong, y más todavía cuando su señora, una mujer chilena joven, nos hace pasar a una segunda sala, donde suele recibir a sus pacientes.

Fotografías, cuadros, esculturas, alfombras y adornos son orientales. En una repisa se ubican varios productos, pero todos escritos con símbolos. Hasta un afiche con el cuerpo humano marcado de puntos está, literalmente, escrito en chino. Tras un biombo blanco aparece nuestro entrevistado, vestido con colores cálidos y con su cabeza totalmente rasurada. “Bienvenidos”, nos dice.

UN LARGO CAMINO

Antes de dedicarse a la sanación de enfermedades y de llevar una vida espiritual, Xiong declara que a él “le pasó de todo”. “Conocí la pobreza, la riqueza, el sufrimiento, los dolores y la felicidad. Viví el bien, pero también el mal”. Su aprendizaje fue duro. A los once años tuvo que abandonar su país natal y llegar a Chile con su abuelo. Durante dos años fue un niño feliz, sin preocupaciones, dado que tenían un buen pasar económico. Por imprevistos de la vida, a los trece años, en plena edad de la adolescencia, tuvo que marchar a Santiago y vivir con su padre, cuya situación era más desfavorable. “Para mí fue pasar del paraíso al infierno. Tuve dificultades con el idioma, dejé los estudios y me puse rebelde. Sin embargo me fue bien en los negocios. A los veintiún años ya tenía mi primer restaurante y al poco tiempo llegué a tener cuatro. Siendo muy joven tuve mucho dinero, autos y todo lo que quería al alcance de mi mano”, señala.

¿Y qué sucedió?
Me di cuenta de que la plata no lo es todo. Llegó un momento que se me acabaron las ganas de vivir. Entonces decidí dar un cambio. Me entregué a Jesús primero y estuve seis meses en una iglesia evangelista. Con el conocimiento de Dios y la Biblia llegué buscando paz a este valle. Luego viajé a la India por seis meses y de ahí me fui al Tíbet a un monasterio.

¿Con intención de quedarse?
Claro. Yo quería ser monje. Tenía veintiséis años y sentía un fuerte llamado. Pero allí me dijeron que no era mi camino. Solo me respondieron que buscara dentro de mí la respuesta, porque en el fondo mi corazón sabía exactamente lo que tenía que hacer.

¿Qué hizo?
Cuando encontré el camino espiritual, encontré la paz, la vida. Siempre he pensado que hay un dios superior, un ancestro, un maestro sobre nosotros. Yo creo que este camino está destinado. Pero para encontrarlo uno tiene que pasar por un gran aprendizaje, por ciertos procesos. Entonces decidí regresar nuevamente al Valle de Elqui.

LA SANACIÓN

Xiong decidió empezar de cero. Para eso se rapó, se vistió de negro y volvió a El Molle. Allí se acercó a una comunidad especial donde se dedicó a meditar y a aplicar el don que había descubierto. Lo llevaron una noche a una habitación donde se encontraba una mujer bastante enferma. Él la miró, aplicó ciertas técnicas y la dejó reposar. Al día siguiente, la misma mujer fue a darle las gracias por su intervención. Se había sanado.

A los meses se trasladó a Pisco de Elqui. Estuvo viviendo casi un año en una carpa en el patio de una vecina. Al mismo tiempo, su fama comenzó a crecer y lo empezaron a visitar personas de todas partes de Chile. Se corrió la voz que en el Valle había un chino que lo curaba todo. El 2002 compró una casa que fue agrandando poco a poco. El espacio se hizo pequeño para atender tanta demanda. “Por aquí han pasado doce mil quinientas personas. Hemos salvado de cáncer por lo menos a tres mil, hay otros que han muerto por el estado avanzado en el que se encontraban, algunos se están mejorando y otros se han sanado del todo”, señala.

¿Cómo llega la gente?, ¿Cuáles son sus peticiones concretas?
Aquí llega la gente como última opción, después que se operó, gastó recursos, probó con varios médicos. Todos llegan abatidos, consternados, esperando una última solución. Viene mucha gente del norte, de todo el país, en general. Con distintas enfermedades. Hay muchos casos de problemas lumbares, crisis de pánico, dolores. Pero todas tienen una raíz común.

¿Cuál?
Hay varias maneras de ver la enfermedad, la postura, la visión, la voz, la manera de respirar y la postura del cuerpo. Esta es una sanación completa, o se mejora todo o no se mejora nada. Todo está en la cadera. De allí parte todo.

¿De la cadera?
Del centro del cuerpo. A la gente le cuesta respirar, le cuesta expresar, relajarse. Se ataca el sistema nervioso, las rabias, las culpas… la gente se desespera. El cuerpo es uno solo, hay que ver qué día, qué mes y qué año nació la persona. Y qué año estamos viviendo. Hay que saber buscar los instrumentos para sanar. Esto es como arreglar un vehículo. Si un vehículo no frena bien y suena por todos lados, no corre y anda con tiritones, es lo mismo. Cuando un ser humano no tiene buena temperatura, flexibilidad, resistencia, fuerza, hay que ver cómo está dañado. Y luego hay que ver al conductor como lo maneja.

Eso es un dato clave…
Claro. Porque el sufrimiento y el mal uno se lo provoca a sí mismo por no saber decir sí o no ante la vida. Todos quieren el camino fácil y ese no existe. El camino es difícil, porque es nuestra conciencia, que busca el centro y el equilibrio. El cuerpo es como un árbol. Si la raíz no está bien, el tronco jamás va a estar bien, tampoco las ramas y menos las hojas.

Pero no todos creen en esa conciencia.
Exacto. Y por eso el mundo está como está. Es que hay que entender que siempre va a ver un nivel de sufrimiento, porque sin sufrimiento no hay conocimiento. Todos los días aprendemos algo y hay que superar lo que no se pudo al día siguiente. Eso es parte de la experiencia. Si uno es capaz de soportar las exigencias y superarlas, la próxima vez que sucedan va a ser menos difícil.

Entonces, ¿las enfermedades reflejan nuestro estado interior?
Es que no se puede dividir el cuerpo de la mente. Cuando una persona se deja llevar por sus emociones, generalmente se equivoca y cuando se amarga, también. Si actúa de forma equivocada, no puede dormir bien, te ataca la conciencia. Al no poder descansar, la energía baja y al día siguiente el cuerpo lo va a resentir.  Por eso, cuando alguien llega con algún problema, primero hay que pensar, ¿qué le pasa a esta persona?, ¿cuál es la raíz de su enfermedad? Todos hemos sufrido. A través de todos estos años me he dado cuenta de que cada enfermedad tiene una solución. Hay que tener fe.

¿Radicado definitivamente en el Valle?
Mi corazón ya está aquí. Mi misión de vida está acá…  Siento que lo que he aprendido, lo que estoy viviendo, lo que se me presenta día  a día es porque tengo una gran misión. Esa es mi tranquilidad, mi paz y la riqueza que llevo dentro. Si no sano, si no ayudo, no soy nada. Todo lo que he logrado aquí es puro trabajo. Con amor, con sacrificio, no hay que pensar, no hay que sufrir, hay que hacer las cosas bien. De la mejor forma posible porque esa es la fuerza para el mañana.

“El sufrimiento y el mal uno se lo provoca a sí mismo por no saber decir sí o no ante la vida. Todos quieren el camino fácil y ese no existe. El camino es difícil, porque es nuestra conciencia, que busca el centro y el equilibrio”.

 

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