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EDICIÓN | Junio 2012

Pasión en la alta montaña

Gabriel Barahona, montañista
Pasión en la alta montaña

Tiene tan solo veinticinco años, pero pareciera ser mayor por su conocimiento sobre andinismo. Un deporte que no solo le permite llevar una vida sana, sino que le ha dejado grandes lecciones. Casi perdió la vida, pero eso no lo detiene. Ha alcanzado desafíos, aunque le quedan cientos por delante. Su meta: llegar al Everest.
 

Por Daniela Collao V. / fotografías: Patricio Salfate T.
 

El 18 de mayo pasado, Gabriel no durmió en toda la noche. Minuto a minuto escuchó, a través de la radio, la hazaña que lograría, en la madrugada, Rodrigo Jordán y su equipo.  Veinte años atrás, un grupo de chilenos pisó la cima del Everest y ese día del 2012 otros  repetían la proeza.

“Lo más destacable es que lo hicieron por una pared no explorada. Y que todos, incluidos los sherpas (arrieros), terminaron en buenas condiciones. Generalmente en expediciones de ese tipo alguien muere” señala. Cuando los chilenos llegaron al objetivo, este joven de tan solo veinticinco años de vida, pero con más de diez de experiencia en media y alta montaña, no pudo contener las lágrimas.

Dice que así como para unos el fútbol lo es todo, a él no hay nada que lo apasione más que llegar a la cúspide de un macizo. Estudió relaciones públicas y aunque duró tres años, se dio cuenta de que quería hacer de esta pasión una carrera profesional. Fue cuando decidió ingresar a turismo aventura en una universidad de la Región de Coquimbo. El mismo día de esta entrevista —un sábado—  estuvo con un grupo de niños vulnerables haciendo trekking en el Cerro Grande, en La Serena. Hasta allá nos trasladamos en medio de cactus, tierra y piedras, con la ciudad hacia abajo; más al fondo la bahía de Coquimbo y la puesta del sol al atardecer.

¿De dónde nace esta pasión?
Mi papá es geólogo, practica montañismo y buceo. Desde muy chico lo acompañaba con mis hermanas. Salíamos los fines de semana a recorrer cerros. Como a los nueve años entré a los scout y ya me dedique a esto, como un pasatiempo. Aprendí técnicas y me dedique a conocer y aprender, más que nada, para estar en contacto con la naturaleza. Eso es lo que más me motiva, no me gusta estar encerrado en una oficina o en la universidad…

Pero hay veces que tienes que estar encerrado… ¿cómo lo haces para no sentirte con ganas de arrancar?
Una vez al mes me voy a la montaña. No podría vivir de otra forma. Es fuerte, eso sí,  cuando te das cuenta de que ya estas de vuelta en la realidad, ves la camioneta que te llevará a la ciudad, y eso te deja en estado de shock.  No dan ganas de irte porque la sensación que te deja la montaña es de libertad.

Y ese contacto con la naturaleza, ¿cómo lo vives en tu vida cotidiana?
Trato de estar en contacto a cada momento. En la semana ando para todos lados en bicicleta y vez que puedo me vengo al Cerro Grande. Leo también sobre montañismo chileno e historia precolombina, porque de ahí nace el andinismo chileno. Imagínate que hace más de quinientos años nuestros ancestros recorrieron estos cerros. Venían a celebrar aquí sus fiestas; para mí, el montañismo también es una fiesta…

EL LADO FILOSÓFICO

A Gabriel no le gusta que todos los méritos se los den a Jordán. Con conocimiento de causa, asegura que el triunfo en este deporte es del equipo. De hecho, no es una disciplina que se practique en soledad. Siempre acompañado, ha logrado más de doce cerros de la región.

“Antes salía con quien podía. Ahora somos un grupo de cuatro amigos inseparables. Cada uno tiene una función, por ejemplo, la alimentación, la logística, el transporte, y otro, por gusto, lleva la carga cuando vamos caminando. Es increíble cómo se fortalecen los lazos… nuestras vidas dependen del otro y estando en la montaña depositas toda tu confianza en ellos”.

¿Qué lecciones para la vida te ha dejado este deporte?
La humildad; a sentirte más humano y a tener conciencia de que estás rodeado de naturaleza. Eso lo aprendí de mi abuelo que también era amante de los deportes aventura, y cada vez que llego a una cumbre me siento cerca de él. Me enseñó que el hombre tiene que vivir en convivencia con el ecosistema y respetarlo.

Tu familia es bastante importante para ti… ¿Qué opinan de este deporte?
En un principio pensaron que era un pasatiempo. Pero a medida que se dieron cuenta que iba alcanzando más cumbres y que lo practicaba todo el tiempo de manera profesional y esforzada, me respaldaron. Yo creo que se deben sentir orgullosos.

Qué prefieres ¿lograr una cima difícil o ser un profesional exitoso?
Hacer trascender los valores que te deja este deporte. Uno puede ser un excelente profesional, o dedicarse al turismo de montaña, pero eso no te va a dejar tanta satisfacción como traspasar todos los conocimientos que has aprendido a las nuevas generaciones.

¿Y eso lo estás llevando a la práctica ahora?
Con mi amigo Luigi Zandonai estamos en un micro emprendimiento. Se llama Apu Inti Aventuras. Ofrecemos talleres de montañismo y excursionismo para niños vulnerables y jóvenes en tratamiento de drogas y alcohol; así como también expediciones para profesionales para fortalecer el liderazgo, trabajo en equipo y tolerancia a la frustración.

¿Hasta dónde te gustaría llegar?
Queremos llegar a ser unos profesionales del medio ambiente, a través de la práctica del deporte al aire libre, como montañismo, trekking, kayak, bicicleta y llegar a marcar grandes hitos en las distintas ramas del deporte aventura.

¿Tienes algún maestro?
Sí, Eduardo Olivier. Es mi profesor y con él hemos subido hartos cerros. Incluso le pusimos nombre a uno: el Vegas Negras. No tenía, y según la carta topográfica había un lugar cercano que se llamaba así, entonces lo bautizamos.

ARRIESGANDO LA VIDA

La trilogía inca–diaguita está formada por los cerros Quebrada Seca (4.426 msnm), Doña Ana (5.650 msnm) y Las Tórtolas (6.160 msnm). Era el sueño de Gabriel, y junto a su amigo Luigi la completó el año pasado.

¿Qué rescatas de esa experiencia?
Fue mi segundo intento, lo había soñado hace tiempo y lo logré. Pero lo más importante es que lo hicimos en equipo. Los lazos se afiataron con mis compañeros. Especialmente con Luigi, porque de un grupo de siete personas, solamente los dos logramos hacer cumbre al final de la odisea, en Las Tórtolas, y fue difícil.

¿Por qué, por el clima o por la geografía del cerro?
Porque el descenso nos pilló de noche. Bajó la temperatura rápidamente y no podíamos volver al refugio. A mí me dio un principio de edema cerebral y el cuerpo no me respondía. Cerré mi parca y le dije a Luigi que me iba a dormir donde estaba. Si eso ocurría era una muerte silenciosa. Hacía por lo menos unos tres grados bajo cero y no teníamos el equipamiento suficiente. Algo nos iluminó, Luigi me arengó a que siguiéramos y me pude levantar. Desde el refugio nos hicieron señales de luces para que nos ubicáramos. Ahí me di cuenta de que la verdadera cumbre es llegar sano y salvo a casa, porque tienes familia y amigos detrás que están preocupados por ti.

¿Hubo alguna lección de esta experiencia?
La leyenda dice que completar esa trilogía cambia tu vida. Y a nosotros nos la cambió. De la noche a la mañana nos empezaron a resultar nuestros proyectos. Comenzaron a contratar nuestros servicios y ahora podemos dedicarnos laboralmente a esto. Ojalá esa racha siga.

Pero ese riesgo no te frenó… ¿qué cumbres tienes en mente en el corto plazo?
En invierno, con mi equipo queremos completar una travesía que une Vicuña con Rivadavia a través de los cerros Mamalluca, Poroto, Negro y Porongo. Queremos poner cajas cumbres para que todo aquel que llegue a esas alturas deje sus testimonios. Estos cerros son bastante relevantes, porque eran pucarás de la cultura diaguita, y también los utilizaban para ceremonias religiosas. Los montañistas tienen una motivación especial para llegar ahí y pensamos que es necesario que eso quede registrado. Además, en el invierno vamos a hacer un ascenso en conjunto al cerro El Plomo, que también tiene un gran valor arqueológico bien importante.

¿Cuál es ese valor?
Unos arrieros de la cordillera encontraron la momia de El Niño de El Plomo en la década del cincuenta. Era un niño inca del siglo XV que estaba casi intacto en este cerro de la Región Metropolitana. La leyenda es que eran pequeños que se sacrificaban y se enterraban con una gran cantidad de ofrendas.

¿Cuál es tu sueño en el largo plazo como montañista?
Llegar al Everest. Es el sueño de todo montañista.

¿Y es solo un sueño o lo lograrás?
De aquí a unos ocho años me gustaría formar una expedición con gente de regiones. Tanto en el norte como en el sur hay muy buenos deportistas, y la idea sería demostrar que no solo gente de Santiago puede lograr esa hazaña.

 

“Queremos llegar a ser unos profesionales del medio ambiente, a través de la práctica del deporte al aire libre, como montañismo, trekking, kayak, bicicleta y llegar a marcar grandes hitos en las distintas ramas del deporte aventura”.

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