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EDICIÓN | Junio 2012

Los ferrocarriles privados del Norte Chico en el siglo XIX. Parte I

Por Hernán F.Cortés Olivares. Historiador. Académico Universidad de La Serena.
Los ferrocarriles privados del Norte Chico en el siglo XIX. Parte I

La extraordinaria rapidez con que avanza el conocimiento científico y su inmediata aplicación a la construcción de máquinas al servicio del hombre, nos deja, en muchas ocasiones, perplejos de asombro. Sin ir muy lejos, hoy la prensa comunica que una mujer tetrapléjica puede controlar un brazo robótico con su mente mediante un sensor tan pequeño como una aspirina, lo cual nos llena de optimismo por lo que nos puede deparar el futuro.

Sin embargo, estos avances tan positivos para las personas, tienen un efecto colateral respecto al devenir histórico, pues nos parece que solo existe el presente y el futuro, debilitándose la evocación del pasado que ya no existe y solo pervive en la memoria de quienes lo vivieron. Este sentimiento de nostalgia surge con mayor fuerza ante la dinámica de los cambios que provocan inestabilidad e incertidumbre, al no poder controlar las nuevas realidades emergentes.

¿Cómo percibieron y vivieron la modernidad científica y tecnológica nuestros abuelos y tatarabuelos? De seguro, el asombro fue una constante durante toda su existencia, pues asimilaron en su vida cotidiana el producto de, al menos, cinco revoluciones industriales producidas por la ciencia y la tecnología. Una de esas creaciones tecnológicas que hasta el día de hoy perdura, es el ferrocarril a vapor, antecesor del metro tren y del tren bala.

La evolución de este transporte terrestre ha corrido a parejas con la aplicación de nuevas fuentes de energías, ya sea a vapor, diesel, eléctrica o electromagnética. La máquina a vapor, inventada en 1769 por James Watt, se aplica a una máquina capaz de transitar por un camino carril a una velocidad nunca antes vista (1804, Trevithick su inventor). Este modelo será perfeccionado por George Stephenson, en 1814, y su primer modelo recorre desde Stockson hasta Darlington. Y en 1823, desplegará una velocidad de cincuenta kilómetros por hora. Toda una hazaña. Actualmente, el tren de alta velocidad impulsada por la fuerza motriz electromagnética recorre los territorios de Europa, Asia y China a una velocidad de cuatrocientos cincuenta kilómetros por hora.  

El ferrocarril a vapor es considerado el artífice del crecimiento y desarrollo de las economías y las sociedades del siglo XIX y XX, tanto en Europa como en América Latina. En el caso de Chile, la primera conectividad terrestre es el ferrocarril construido entre el puerto mayor de Caldera y la ciudad de Copiapó, el año 1849. El año anterior, Barcelona  inauguraba el primer tren español.

El audaz empresario es un relojero de Valparaíso, don Juan Mouat, quien obtiene el privilegio del Estado chileno, el año 1848, comprometiéndose a construirlo y explotarlo en un plazo de cinco años, pero al no reunir el capital debe vender este privilegio a una sociedad de connotados empresarios mineros y capitalistas de Atacama, el 3 de octubre de 1849. La inversión necesaria para construir la línea férrea ascendía a setecientos mil pesos, divididos en catorce acciones, una de ellas era de don William Wheelwright, por valor de cincuenta mil pesos, y sus socios lo nombran presidente de la empresa.

Los ingenieros Allan y Alejandro Campbell, además de Walter Evans, fueron contratados directamente en Estados Unidos, junto con algunos operarios y mecánicos como mano de obra especializada, quienes iniciaron los trabajos en marzo de 1850. La obra fue terminada el 5 de abril de 1851, con la participación de seiscientos carrilanos que construyeron el terraplén y el tendido de 81 km., en un tiempo de trece meses y dieciséis días.

En los siguientes números ahondaremos sobre la influencia del hierro en La Serena y Coquimbo, en la figura de José Tomás Urmeneta, y el devenir de los ferrocarriles en nuestra historia.
 

 

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