¿Cuántas penurias sufridas en las faenas habrían soportado para proveer de alimento a los pampinos? Ni novelas, ni filmes cinematográficos se han preocupado de esta epopeya.
EN TIEMPOS PRETÉRITOS
Cuando los territorios del Norte Grande fueron el hábitat de indígenas, ellos y los animales, se trasladaban de un lugar a otro para pescar, cazar y recolectar. Al transformarse en pueblos sedentarios, prepararon la agricultura, domesticaron a los animales y mediante el trueque se proveían de lo que no producían. Al oriente del macizo andino, el clima facilitó el desarrollo agrícola y ganadero (Salta y Jujuy). Ellos proveían de ganado, charqui, sebo, pieles, aparejos, queso y jabón. Los habitantes del desierto les enviaban pieles de chanchilla, charquecillos (congrio seco), cueros de vicuña y lumbre.
En el término de la guerra del Pacífico, el Estado nacional, incorporó a su soberanía nuevos territorios y se vio enfrentado al desafío de alimentar una nueva población formada por los trabajadores de la industria salitrera que iba en ascendente aumento.
En 1900 se habían levantado 84 oficinas con 19 mil trabajadores. Doce años más tarde, crecieron a 166 con 48.000 habitantes. Se duplican los centros industriales y sus habitantes instalados en el desierto más árido del mundo. ¿Cómo alimentar seres humanos y animales?
ARRIEROS CORAJUDOS
La guerra y los cambios territoriales no detuvieron el tradicional comercio entre los habitantes del fértil suelo que se extendía más allá de los Andes orientales. El norte argentino aumentó su producción ganadera al conquistar las tierras del Chaco. El norte chileno les entregaban finas pieles y puertos en el Pacífico, para el comercio con Europa.
Perdura el comercio realizado por los arriero que conducían, través de escarpados desfiladeros, las recuas con mercadería y el ganado a pie, con las pezuñas herradas para no destrozarlas. Nada los detiene, ni los miles metros de altura, ni las borrascosas tormentas que se dejan caer de repente. Tampoco los vacunos que mueren en el intento. Los sostiene el coraje y la certeza que pronto alcanzaran los oasis de Toconao, San Pedro y las aguas y pastizales de las Ciénagas de Quetena ¿Cantan, ríen o lloran? ¿qué temas les trabas en conversación? Todo se perdió en las tormentas andinas, en un esfuerzo que logró que anualmente llegaran a los camales de las oficinas entre 20 y 30 mil cabezas de vacunos.
¿Cuantas penurias sufridas en las faenas habrían soportado para proveer de alimento a los pampinos? Ni novelas, ni filmes cinematográficos se han preocupado de esta epopeya. ¿Qué hay de diferente entre el cab boy que conquistó el oriente americano y los corajudos arrieros que sometieron una de las montañas más altas del mundo?
El proyecto de unir Salta con Antofagasta brotó en el año 1888. La ganadería del norte argentino seguía creciendo. En el norte salitrero crecía la población. No obstante los medios de traslado del ganado eran artesanales y lentos. Un tendido de rieles era el camino más adecuado para agilizar el comercio. El ferrocarril a Salta era la solución.
Ese mismo año de 1888 el Presidente Manuel Balmaceda autorizó los trabajos para unir el centro con el norte, construyendo el tramo desde La Calera a Vallenar. La empresa que se adjudicó la obra, fracaso y el tren se detuvo. 20 años después Jorge Montt fue autorizado para la construcción y explotación del FC longitudinal Norte. En 1913 se llegó a la estación Pintado de Tarapacá.
El trasandino de Antofagasta a Salta se inauguró sólo en 1946. Habían transcurrido 60 años. De las aproximadas doscientos oficinas que funcionaron en un momento, subsistían menos que dedos de una mano. Los trenes llegaron con atraso de años.