Con un ritmo de trabajo a toda prueba, el hermano mayor del clan Korlaet está en una nueva etapa de su vida, dedicado a explorar nuevos negocios y a disfrutar los frutos de su perseverancia y empuje, que lo han posicionado como una de las marcas registradas del empresariado local.
Por Claudia Zazzali C. / Fotografías por Andrés Gutiérrez V.
Juan Korlaet Orlandini se vino a Chile desde Supetar, en la ex Yugoslavia, cuando tenía diecisiete años. Como muchos otros inmigrantes, llegó con lo puesto y una imagen de la Virgen que lo acompañaba y protegía mientras trabajaba en las salitreras.
Reunió el dinero suficiente para mandar a su familia y que pudieran comprarse una casa. Con esa tarea cumplida, se dedicó de lleno a echar raíces en nuestro país. Se instaló en Santiago con una carnicería, pero seguía vinculado a Antofagasta, donde, en una de sus visitas, conoció al amor de su vida, Fanny Music, hija de inmigrantes. Un mes después de conocerse, se casaron y volvieron a Santiago.
Nacieron allá Elena, Ivo y Dinko. Juan y Fanny trabajaban de sol a sol entre la carnicería y algunas micros y taxis. Algunos años después, decidieron volver a Antofagasta, para trabajar en “El Pampino”, el negocio familiar de los Music. En el norte nació Francisco y nuevas oportunidades surgieron para la familia.
Al cabo de un tiempo, los hermanos de Fanny decidieron dejar el almacén y Juan Korlaet compró el negocio. Algunos años después, la salud de Juan le jugó una mala pasada. Ahí comenzó la carrera empresarial de Ivo. Tenía apenas trece años, pero decidió trabajar codo a codo con su madre, haciéndose cargo de las múltiples responsabilidades que traía consigo la floreciente empresa.
Ivo y su mamá se levantaban a las seis de la mañana a trabajar. Y esa costumbre de ser el primero en llegar, Ivo la mantiene hasta hoy. Lo que ya no hace es quedarse ordenando y envasando en jornadas que sobrepasaban las dos de la madrugada.
El padre ya estaba recuperado, pero Ivo decidió que lo suyo eran los negocios. Ocho años después, su hermano Dinko se sumó al equipo y el año setenta y ocho, también se integró Francisco, quien dio el golpe de timón y orientó el crecimiento de "El Pampino", convenciendo a sus hermanos que el futuro estaba en el concepto de supermercados.
La familia Korlaet funcionó siempre como equipo. Todos para uno y uno para todos. Dinko tuvo otros negocios, Francisco se dedicó a los estudios e Ivo siguió al frente de la empresa familiar. Cada uno aporta sus habilidades, todos apuntando al éxito y la unión de la familia.
Hoy, Ivo Korlaet está en una nueva etapa. Junto a su mujer, María Araya, se da más permiso para divertirse, viajar y conocer. “Es buen momento para hacerlo”, dice. “Mi hijo me dijo una vez: ¿cuándo vas a descansar?, ¿cuando ya no puedas disfrutarlo?… eso me hizo pensar. Ellos ya están grandes y son capaces de seguir nuestro ejemplo”, reflexiona.
Tiene un vozarrón de aquellos y no me gustaría verlo enojado. Dicen sus cercanos que es de carácter explosivo, “pero se le pasa rápido”. En lo que todos coinciden es en que es trabajador como nadie y generoso como pocos.
LA VIDA HOY
Sigue ligado a los negocios. No podría dejar de hacerlo porque sus empresas son gran parte de su vida.
La gran cadena de supermercados que posicionaron su apellido como marca registrada de la zona, hoy es arrendada a una marca de retail a nivel nacional y los Korlaet debieron reinventarse. Todos juntos, como siempre.
Pero Ivo quiso probar con un negocio que es el sueño de muchos: un pub. Nació Zybar en una de sus propiedades, con el objetivo de entregar un punto de encuentro entretenido y único a los antofagastinos. Pero como otra cosa es con guitarra, se encontró con un mundo muy distinto al que había imaginado.
“Es un rubro muy complicado, el servicio directo al cliente necesita mucha dedicación y aunque fue una bonita experiencia, decidí traspasarlo en arriendo a mi amigo de infancia, Osvaldo Encina, y su señora. Yo quería entretenerme, pero la verdad es que ya no necesito sacrificarme tanto. Prefiero disfrutar”, nos cuenta Ivo.
¿Capítulo cerrado entonces lo del rubro gastronómico?
Sí. Ahora estoy completamente enfocado a la cadena hotelera. Hasta el momento tenemos cuatro hoteles y esperamos inaugurar siete, porque tengo dos hijos y cinco sobrinas: uno para cada uno.
¿Por toda la zona norte?
Durante este mes inauguraremos Calama, luego viene Copiapó y, como remate, Iquique. Con ese completaríamos los siete.
¿Cómo ha sido esta reinvención?
Pucha que trabajábamos. Estábamos los 365 días del año dedicados, dieciocho horas diarias, a atender todas las necesidades de nuestra gente, que eran más de dos mil empleados y todos los locales. Francamente, un estrés constante que hoy es mucho más aliviado para nosotros porque las niñas, mis sobrinas, están a cargo de los hoteles y junto a mis hermanos estamos a cargo de la inmobiliaria y la constructora.
O sea que bajaron en algo su ritmo de trabajo…
En realidad, bajó la presión, pero no el ritmo. Yo me levanto antes de las siete de la mañana y estoy a las ocho y media en punto en la oficina cumpliendo horario, igual que todos.
¿Y cómo lo hacen las nuevas generaciones?
Mis sobrinas cumplen muy bien su rol, lo que nos permite a mí a y a mis hermanos estar tranquilos. Partimos juntos los tres y seguimos juntos y todo es de todos por igual.
¿Viene en la sangre esta vocación por el trabajo?
Es un tema de raza también. Mi abuelo, mis tíos y mi papá fueron un ejemplo de dedicación y esfuerzo. Mi papá nos contaba siempre su historia… dormía en una pallera, detrás de una puerta de un boliche pequeño que tenía. Se levantaba de ese saco de paja que era su cama cada vez que le golpeaban la puerta, aunque fueran las dos o tres de la mañana para comprarle un cuartito de vino. Siempre nos enseñó mucho. Que si ganábamos cien solo podíamos gastar noventa y nueve y que para hacer algo, debía ser con plata propia. Esas lecciones básicas son el cimiento de lo que hemos construido hoy.
¿Cómo recuerdan su vida en los supermercados?
Es un poco triste. Nos da mucha nostalgia ese ambiente de supermercado familiar. Nosotros estábamos siempre ahí, conocíamos a todos y todos nos conocían a nosotros, lo que resultaba en que entendíamos las necesidades de los antofagastinos, hacíamos lo posible y lo imposible por satisfacer las necesidades de nuestros clientes. Hoy no pasa eso.
¿Al ojo del amo engorda el caballo?
Siempre. Uno tiene que estar al pie del cañón, siempre presente, llegar antes que todos a las oficinas y estar preocupado tanto de los clientes como de los trabajadores. Nuestro equipo eran nuestros amigos. Teniendo dos mil empleados cargábamos a la par con ellos, barríamos si era necesario. Eso, sin duda, genera lealtades y un vínculo muy importante, tanto para ellos como para nosotros.
¿Cómo ve a las nuevas generaciones de Korlaet?
Son muy buenos en lo que hacen y muy trabajadores… esperamos que siempre se sientan tan motivados como nosotros.
“Ahora estoy completamente enfocado a la cadena hotelera. Hasta el momento tenemos cuatro hoteles y esperamos abrir siete. Durante este mes inauguraremos Calama, luego viene Copiapó y, como remate, Iquique”.
“Tiene un vozarrón de aquellos y no me gustaría verlo enojado. Dicen sus cercanos que es de carácter explosivo, “pero se le pasa rápido”. En lo que todos coinciden es en que es trabajador como nadie y generoso como pocos”.