Ella escucha y protege a todos los que no saben a dónde acudir frente a sus tragedias excepcionales
Los antiguos tiraneños que vivían entre las arboledas del Tamarugal, relataban que en esa comarca una heroína incaica había resistido a las huestes de la conquista hispánica de una manera tan guerrera que se envolvió de fama por su desplante tiránico. Sin embargo, sucumbió ante los afectos de un minero portugués, terminando por acoger los sacramentos del bautizo y el casamiento.
Esta Tirana transitó desde la rebelión a la quietud propia de los seres evangelizados, sin embargo, Ella y Almeida fueron flechados por los propios arqueros incas ante una traición difundida por todas estas tierras. Era el símbolo de la derrota de la idolatría y del paganismo indígena que durante el siglo XVI imponía la visión de los conquistadores.
Si todo esto fuera cierto, en algún lugar de esta localidad yace esta pareja que representa el éxito de la cristiandad entre la verdad y la ficción al servicio de los primeros curas doctrineros.
Estamos hablando de una época en que la mentalidad indígena con su compleja cosmovisión de dioses tutelares está siendo impactada por otra, en donde no hay una clara separación entre lo real y las apariciones milagreras. Se vive en un estado de asombro religioso, en donde los íconos cristianos son tan corpóreos como los humanos, generando sus apariciones uno de los actos sobrenaturales más notables percibidos durante la colonia americana. Así fue como debió aparecer entre las arboledas del Tamarugal esta pequeña escultura de la Virgen del Carmen.
Algún indígena de la comarca tarapaqueña-piqueña la encontró y la hizo suya, y la veneraron tal como ocurrió en otros santuarios de Chile. Quizás fue dispuesta en la iglesia colonial de Huantajaya, cerca de Iquique, o en el templo de Sipisa en la sierra tarapaqueña. Se asegura que ya era venerada en el caserío llamado “Pozo de Nuestra Señora del Carmen”, junto a la Tirana actual. Allí los relatos míticos habrían integrado en un solo discurso fundacional a la heroína inca, La Tirana flechada y la aparición milagrosa de la pequeña Virgen del Carmelo. Esos mineros que amalgamaban la plata del mineral de Huantajaya en el buitrón del Pozo del Carmen, debieron mantener en sus memorias esta vieja saga a mediados del siglo XVIII y que sólo a comienzos del siglo XIX se le reconocía como “Pozos de la Tirana”.
Fue en 1868 cuando un terremoto transformó la iglesia en una ruina, construyéndose otra por el año 1886 muy cerca el templo actual, asegurándose la pervivencia del culto Carmelo y ampliándose este espacio sacralizado a través de una larga tradición.
Así, se conformó un mosaico étnico y religioso que, siendo disperso, decidió marcar en esta comarca su centro de peregrinación equidistante a todos los lugares para que una vez al año se establecieran los encuentros con los ancestros fallecidos junto a los familiares que vivían como perdidos en un desierto inconmensurable y, por cierto, con el acercamiento popular a los poderes de esta pequeña Reina del Tamarugal.
Pareciera cierto que se transitó desde la miseria colonial a esa otra del comienzo republicano, cuando surge una nueva sociedad portuaria, proletaria y mestiza-rural, que en medio del desamparo sólo veía en ella una ocasión única para enmendarse y ofrendarle a través del sacrificio físico y espiritual, y el reiterado rito del baile. Sí, en esa íntima complicidad primero la alzaron en una modesta procesión junto a los bailes religiosos de ese entonces. Ella fue asistida como una pequeña inválida milagrosa por sus “camareras” y “centinelas”, haciéndola suya desde la desventura misma.
Definitivamente, La Tirana y su Carmela no es sólo un fenómeno folclórico, turístico, estético o testimonial. Es una rogativa y catarsis colectiva que emana de la profundidad de nuestros pueblos, porque ella sabe escuchar y proteger a todos los que no saben a dónde acudir con sus tragedias excepcionales. Frente a sus ojos conmovidos y plenos de certeza la petición es acogida, porque su generosidad traspasó sus fronteras y los “campos naturales”... Fue de los españoles, de los criollos, de los mestizos y pueblos originarios del sur peruano, suroeste boliviano y norte chileno, incluyendo a toda la sociedad contemporánea, porque se radicó a nuestro lado, compartiendo uno de los mitos más inolvidables del desierto chileno.