Este es el nombre de su última exposición individual realizada en la cotizada galería de arte Patricia Ready, en Santiago. A sus treinta y dos años, esta artista juega entre lo matemático, lo geométrico, la obsesión, el orden y lo pulcro. Una mirada interna hacia el desahogo de su propia alma, es lo que plasma en cada una de sus obras abstractas, las que le otorgan al espectador el silencio y el placer de contemplar la nada.
Por María José Pescador D. / Fotografías Danny Bolívar U.
“Mi pintura es abstracta y gráfica, obsesiva y serena, disciplinada y frágil”. Así, sinónimo, tras sinónimo, Ana le da sentido a su obra, en donde nada está hecho al azar, cada color, cada rectángulo, cada línea tienen su porqué. Sus cuadros son el fiel reflejo de su vida: en su casa ubicada en Los Lirios, Rancagua, todo yace inmaculado, perfectamente ordenado, perfectamente limpio, perfectamente perfecto. “El arte tiene que tener una coherencia con la vida del artista, de eso se trata todo…”.
Su taller grande de paredes blancas, muy iluminado y con una vista privilegiada a la cordillera y a su maravilloso y nuevamente perfecto jardín, refleja su gusto por la tranquilidad. Es un agrado estar con Ana, sentarse en el espacio que ella proyectó para trabajar, ver como todo luce en compostura, como entra la brisa del campo, como la paz y el silencio son los protagonistas del lugar. Completamente el contrario de la mayoría de los pintores, en donde reina el desorden de pinceles, colores, manchas y materiales… Esta es la gran diferencia: Ana dista mucho de ser un Bororo alocado y despeinado.
Su padre, Francisco Vicuña, a pesar de ser ingeniero de profesión, es un fiel amante de la música clásica, del jazz y de la cultura en general, por eso a la hora de tomar la decisión de un colegio para sus cuatro hijas - Ana, la mayor- eligió “Las Ursulinas” de Santiago, de monjas alemanas, estrictas. “En mi casa todo el día se escuchaba música, y mis papás querían un colegio que nos enseñara cultura, y esa huella quedó muy marcada en mí. El colegio tiene que ver mucho con mi trabajo, la rigidez del idioma alemán, la estructura del latín…”. Además, desde chica que Ana toca el piano, cosa que, según cuenta, también la ha marcado mucho, porque su arte es “muy musical, tiene ritmo y armonía”.
Por lo mismo, al mirar sus cuadros, uno puede imaginarse desde una partitura de música clásica, hasta un logaritmo aritmético.
“Es que yo soy muy matemática, me gustaba mucho, al igual que el arte, una mezcla medio rara y divertida…”. Al salir del colegio, las opciones eran dos: estudiar arquitectura o bien diseño. “El arte, en ese minuto, era demasiado etéreo, demasiado bohemio”. La elección fue diseño, carrera que estudió en la PUC. “Los últimos dos años me especialicé en gráfica, me gustaba todo lo editorial”.
NUEVO RUMBO
Al salir de la universidad, Ana se asoció con una amiga para hacer las gráficas publicitarias o afiches de empresas. A los dos años conoció al que sería su marido, Arturo Bascuñán, y junto al él, luego de casados, se fue a vivir a Nueva Zelanda, debido a que Arturo se había ganado una beca de la embajada de ese país para especializarse en madera; él había estudiado ingeniería forestal. “Nos fuimos a vivir al sur, a un lugar bien campestre, y fue en este país que sentí la libertad de poder pintar, de no tener esa presión por trabajar en una oficina y obtener un sueldo como el común de las personas; siempre quise dedicarme a esto, pero no me atrevía a dar el paso”.
Fueron tres años, viviendo literalmente al otro lado del mundo, lugar en donde empezó la faceta de pintora de Ana. “Fui súper patuda y partí a la universidad para conocer a los profesores sin siquiera saber hablar muy bien inglés. Conocí a Rudolf Boelee, artista holandés y profesor de arte, que vivía hace muchos años en Nueva Zelanda”. Pero cuando Ana se preparaba para estudiar en la universidad, quedó embarazada de su primera hija, María, que hoy tiene siete años, entonces mantuvo lazos con Boelee quien le hacía tutorías. “Según mis primeros trabajos intuitivos, él me decía a qué pintores leer, y por dónde emprender mi rumbo, porque el arte es una posta”.
“Mi arte es totalmente geométrico y abstracto; es difícil de entender para el público en general este tipo de pintura, pero lo que yo busco y anhelo es que en un mundo en donde está todo dado, en donde estamos llenos de figuras, de realidad, repletos de ofertas de todo tipo, de imágenes, de publicidad, la gente vea lo etéreo”.
Así nació la primera exposición individual que esta mujer hizo en el inicio de una nueva etapa de su vida (2004) como artista. La exposición se llamó “Life Under Microscope”, en The Arts Center, Nueva Zelanda; eran diez cuadros de óleo sobre tela. “Me fue súper bien, vendí cinco cuadros, y hoy sólo tengo uno de esa exposición”.
¿Qué buscas entregar a través de tu pintura?
Mi arte es totalmente geométrico y abstracto; es difícil de entender para el público en general este tipo de pintura, pero lo que yo busco y anhelo es que en un mundo en donde está todo dado, en donde estamos llenos de figuras, de realidad, repletos de ofertas de todo tipo, de imágenes, de publicidad, la gente vea lo etéreo. Eso es lo que me apasiona, que cada espectador saque su propia conclusión, no impongo nada, y la gente ve cosas sorprendentes: el mar, la naturaleza, etc. A mí me produce paz el no mirar nada concreto, me gusta esa totalidad del color.
Para Ana esta ha sido la mejor manera de canalizar sus obsesiones. “Soy súper obsesiva y si yo llevara mis obsesiones a mi vida cotidiana tendría a mi marido y a mis hijos vueltos locos”. Además, para superar este tema, Ana fue durante cinco años, cuatro días a la semana, a terapia de psicoanálisis. “Me acuerdo que desde chica, a los cinco años, le decía a mi mamá que los cordones de los zapatos estaban distintos, y tenía toda mi ropa ordenada, coleccionaba servilletas, calcomanías y un montón de cosas que con el tiempo fueron perjudicando la convivencia con mi hermana con la que compartía pieza —María (31)—, algo bien loco, un tema por la perfección… yo no separo el arte de mi vida, mi arte refleja mi vida, y viceversa”.
Hoy, esta artista —que por temas de trabajo de su marido vive en Rancagua hace cuatro años—, es ya reconocida y ha logrado abrirse y entrar en el mundo del arte de forma excepcional, un espacio que, en Chile, es bien reducido y cerrado. En su taller tiene guardada, como un tesoro, una carpeta roja, repleta de todas las publicaciones que ha tenido en su carrera: entrevistas en las revistas Cosas, ED, Casa&Decoración de El Mercurio, +Decoración de La Tercera, y tantas otras. Y es que el arte de Ana es diferente a todo, tan obsesivo que recuerda inmediatamente el trabajo de Andrés Vío; “lo de él es una obsesión con los círculos, como que todo ya pasó y vuelve a pasar una y otra vez. Lo mío también es un trabajo obsesivo, pero con la perfección”.
¿Cómo llevas tus obsesiones con respecto a tu familia, sobre todo con tu marido?
Es que Arturo (marido) es mi bálsamo, es tranquilo, pasivo, volátil… y eso es lo que yo necesito, un hombre relajado, porque si no yo creo que me vuelvo loca. Sobre todo para mis hijos él es fundamental, les da equilibrio porque conmigo sola se volverían maniáticos. Si yo no contara con él no sería la misma, pues me apoya ciento por ciento, le gusta, le interesa el cuento, tiene una sensibilidad, viaja por su trabajo y me trae los catálogos de las exposiciones, libros, me ayuda a trasladar los cuadros, etc.
¿Y él es desordenado?
Conmigo no se puede ser desordenado…
¿Si abrimos tu closet con qué me encuentro?
Con que todo está ordenado de forma perfecta….
¿Cómo compatibilizas tu trabajo con tus tres hijos? (Hace ocho meses nació su tercero: Manuel).
Soy súper matea, trabajo en el taller todos los días en la mañana, desde bien temprano, eso no lo transo por nada, y en la tarde me dedico a ellos. Los llevo a todas las exposiciones y pintamos juntos, les paso telas y materiales, claro que no entran mucho a mi taller porque no me gusta mezclar las cosas. Pero quiero que sepan lo que hago y se interesen.
TÉCNICAS VISUALES
Al volver a Chile Ana se abocó por completo al arte. Estuvo con su familia unos meses viviendo en Santiago hasta que llegaron a Rancagua. “En la capital fueron diez meses de caos, porque Santiago me agobia, yo necesito esto para trabajar, el silencio, la paz…”
En todo este tiempo de carrera (seis años en Chile), Ana ha participado en varias exposiciones y en cotizadas galerías de la capital, como la galería Trece, Casas de lo Matta, MAVI, Artium, entre otras. Además, ha incursionado con el óleo, más recientemente con la acuarela y la técnica del grabado, con hilos bordados a mano —puntadas tremendamente finas—, en forma de líneas sobre tela (hoy hay un cuadro expuesto en el MAVI, hecho con esta técnica, que fue seleccionado dentro del concurso “Arte Joven” —al cual se presentaron más de mil obras— organizado por dicha institución), y hoy por hoy, su incursión va por la madera, pero todo ligado al tema de las líneas, de los colores y de los rectángulos. “El cuadro que está en el MAVI es de uno por dos metros, tiene dos colores de tela negro y gris y millones de puntadas de hilo cosidas a mano…”
Lo más divertido es que este cuadro, o técnica, nació de la necesidad de Ana por hacer algo que no tuviera tóxicos debido a que estaba embarazada de su segunda hija Clara, hoy de cuatro años. “Es que no puedo estar sin hacer nada, con el tema de las papas y la guagua me demoré tres meses en terminarlo, fue un trabajo de chinos”.
¿Qué significado tiene ese cuadro para ti?
Cuando lo presenté, escribí lo siguiente: Mi obra es una obsesión por registrar las pulsaciones, el ritmo y el infinito movimiento que significa estar vivo. En el acto performático, en el fondo, en el acto frágil y sutil del bordado, voy persiguiendo instantes que mueren. Estos pequeños gestos escritos con hilos y agujas son vanas alusiones al acopio del tiempo en fuga en minuto y movimiento de captura.
“Soy súper matea, trabajo en el taller todos los días en la mañana, desde bien temprano, eso no lo transo por nada, y en la tarde me dedico a ellos. Los llevo a todas las exposiciones y pintamos juntos, les paso telas y materiales”.
Tu arte se escapa bastante de lo común, por lo mismo, ¿quiénes fueron tus mentores?
Mi maestro de Nueva Zelanda me recomendó que leyera a Agnes Martin y Hundert Wassen, artistas que tienen un estilo parecido al mío, porque, como ya lo dije antes, el arte es una posta, se traspasa de artista a artista, de épocas a épocas y va cambiando, va evolucionando… En Chile quien ha sido mi tutor es Arturo Duclós y me ha ayudado mucho también Francisca Sutil.
A partir del 2009, Ana es artista exclusiva de la galería Patricia Ready, esto significa que es su única representante, no puede exponer en otra galería, sí aportar en temas que tengan que ver con la educación, nada comercial. “El próximo año me voy por la galería a una exposición en México, también estoy preparándome para una que haré en la Universidad de Talca con el tema del bordado con aguja e hilo. Por otro lado, en marzo de 2012, haré una exhibición en la galería con el tema de los rectángulos de madera, y también tengo planes de incursionar con la técnica del crin…”. En fin ¡hay Ana María Vicuña para rato!