Arraigado a sus raíces, a su pueblo y a la tierra, este hombre del Maule se autodefine, primero, como campesino y, luego, como escultor. Un artista ligado a la naturaleza y a sus sentimientos. Una espiritualidad que se siente, y que se transmite no sólo en su obra, sino que en todo su ambiente. Su casa, su taller y su cerro de Nirivilo son espacios reservados para encontrarse con lo esencial: el espíritu, el arte y las emociones.
Por: María Paz Macaya O. / Fotografía: Javier Gutiérrez A.
Su taller ubicado en la cima de un cerro, rodeado de naturaleza, armonía y tranquilidad se compenetra con el paisaje de campo, de la cordillera de la costa. A un lado, se aprecia el pueblo de Nirivilo âCamino a Constituciónâ, declarado âZona Típicaâ por sus casas coloniales y su iglesia que datan del siglo XVII, y que sirven de inspiración para este escultor que disfruta de los recuerdos de esta localidad, donde se crió.
Un material tan noble como la madera es su materia prima, su conexión con lo natural. A partir de un tronco, puede ir dando forma a una figura, mientras va liberando todo lo que siente, hasta transformar su pasión en una escultura perfecta.
Desde los siete años, empezó a trabajar con arcilla y greda. Siempre fue autodidacta, nunca estudió nada relacionado con el arte, sólo desarrolló un don innato que pulió y supo perfeccionar. A los veinte años se dedicó a la escultura de forma más profesional; primero partió con arcilla y luego pasó a la madera, con la que logró esculpir figuras de tamaño natural, que impresionan por su expresividad. âLa obra debe tener sentido, por eso no me preocupo tanto de la forma sino de la intención, trabajo con mucho sentimiento. Es como si tuviera que liberar algo y eso yo lo percibo. Es ahí cuando viene la creaciónâ.
<strong>CONCEPTOS Y EMOCIONES</strong>
Alejandro âde Niriviloâ âcomo se le conoceâ es un artista de pocas palabras, sencillo de espíritu, que no le gusta hablar mucho de sus reconocimientos y trayectoria. Con varias exposiciones a su haber, ha destacado en el ambiente artístico por su sello inconfundible, sus trabajos son más que formas, representan ideales, conceptos y emociones. Además, ha colaborado en talleres y proyectos de varias universidades.
<em><strong>Vives en una zona rural, muy alejado del quehacer artístico y cultural ¿Cómo lo haces para estar vigente y en contacto con otros artistas?</strong></em><br /> Estuve un tiempo en Santiago, en forma intermitente, porque siempre volvía a Nirivilo, pero por trabajo, a veces, tenía que regresar a la capital. El tema es que no me siento cómodo en las grandes ciudades, a veces el entorno te entorpece, las personas te afectan, prefiero estar más solo y tranquilo.
<em><strong>¿Cómo te has ido perfeccionado?</strong></em><br /> He aprendido mucho mirando los trabajos de otros artistas, he estudiado la obra de otros escultores. En 1985, me financié un viaje a Italia, donde compartí con un gran escultor de fierro y madera, y observé lo último en trabajos. Pero ver tanto no es bueno, porque dejas de hacer lo que tú sientes. Te puedes confundir, sobre todo si has mirado mucho la obra de otro artista. O también puedes hacer cosas de gusto más masivo y eso no es bueno, se pierde la esencia. Hay que trabajar para uno y no para los demás. Uno no debe luchar por ser el mejor, porque eso es circunstancial y efímero. Lo importante es ser bueno y trabajar con dedicación.
<strong>UN LUGAR ESPECIAL</strong>
En el taller de Alejandro Cáceres, figuras humanas de tamaño natural reciben a los visitantes. Llama la atención la escultura de un campesino, que con pala en mano, chupalla y mirada penetrante, observa todo. También, la figura de su hija menor, Amanda, de cinco años, está presente. âElla está en movimiento, está corriendo, porque Amanda es ágil, inquieta, nunca paraâ.
Junto al taller, está la casa de Alejandro, una especie de cabaña hecha por él mismo, de arcilla y madera. De forma circular, y con un pilar central de arcilla, todo está ubicado armónicamente, en un ambiente acogedor, rústico y natural. Las ventanas también son circulares, del mismo tamaño, y a la misma altura. El suelo es de cuarzo molido, y va sonando al caminar, le da movimiento y amortigua los pasos y el ruido. Las paredes internas son de barro, porosas, sin ninguna intervención artificial. Un ambiente grato, decorado con muebles que Cáceres ha dado forma con sus propias manos. Todo está hecho por él: el comedor, las mesas, las figuras decorativas, entre otros.
Pero su secreto se esconde más allá, arriba, en lo más alto del cerro, donde Alejandro tiene una pequeña cabaña, sin ventanas. Un lugar especial, sólo para él, para meditar, reflexionar y reencontrarse con su esencia. Una especie de bóveda, donde hay muy poca luz natural, que entra por unos pequeños orificios. Además, unos focos indirectos dan una iluminación tenue al lugar. Al entrar, a la izquierda la figura de Jesucristo en tamaño natural, sentado, mirando fijamente, paraliza a cualquiera. Una música suave acompaña este especial momento. Seis sillas de madera, por cada lado de esta imponente figura, esculpidas por Cáceres, invitan a sentarse. Al otro lado, tres esculturas que representan la gestación, el nacimiento y la muerte y que reflejan el misterio de la existencia humana.
<em><strong>¿Qué representa este lugar? ¿Qué significado tiene para ti?</strong></em><br /> Esto representa mi obra, las otras son simples esculturas. La obra de arte refleja la vida de cada uno y lo que se ve aquí simboliza lo que soy yo. Esto tiene un sentido, es un lugar de plenitud.
<em><strong>¿Cómo te autodefines?</strong></em><br /> Soy una persona exigente, perseverante⦠soy como un campesino que hace arte.