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EDICIÓN | Octubre 2010

Reinventarse e Innovar

Isabel Silva, criadero Tiki¨s Ostriches
Reinventarse e Innovar

Primero fueron las exportaciones de fruta y verdura, negocio al que, con el tema de las expropiaciones, Isabel tuvo que decirle adiós. Pero a esta mujer no hay barreras que se le impongan, y con lo que le quedó de tierra decidió criar avestruces. Llegó a tener seiscientos animales, exportar la carne a Japón y a ganarse el premio como mujer líder emprendedora el 2006. Hoy se reinventa nuevamente; su nuevo proyecto: una granja interactiva.

Por María José Pescador D.<br /> Fotografías: Danny Bolívar U.

Isabel es oriunda de Antofagasta. Pronto se fue a trabajar a la PUC en Santiago, porque su verdadera profesión es la de profesora de inglés. Pero desde hace veintidós años que su vida está en el campo. “Mi ex marido tenía este fundo y, como trabaja en Iquique, no podía dedicarse a él, entonces me pidió que viniera a hacerme cargo, con la idea de hacerlo productivo”.

Emprendedora, inteligente y multifacética, Isabel emprendió el desafío y se vino a vivir al fundo –que constaba de treinta hectáreas- ubicado camino al Olivar. Así se hizo asesorar por grandes empresas exportadoras de fruta y leyó cuanto libro encontró sobre la madre tierra. Lo primero que plantó fueron tomates, luego vinieron los parrones de uvas y nectarines, los que exportaba a través de empresas frutícolas y vitivinícolas de la zona. Pero llegó el tiempo de la expropiación y las diez hectáreas que había plantado con gran éxito, desaparecieron. Entonces hubo que reinventarse para salir adelante.

De esta manera unos de sus hijos, que estaba estudiando agronomía, le dijo que compraran avestruces. En ese entonces estaba el boom de las carnes sanas, y la de estos animales es, lejos, la más saludable de todas, ya que posee cero por ciento de colesterol y grasas insaturadas. “Partí, primero, comprando tres aves chiquitas, a un productor del norte, que tenía la raza African Black, y a otro en el sur que había traído, desde Canadá, las razas Blue y Red, que son más grandes. La idea era potenciar lo que tenía cada raza y sacar un buen híbrido”.

Así consiguió las primeras diez avestruces, luego compró las incubadoras, hizo una cámara de congelado, y construyó todas las instalaciones necesarias para mantener a estos animales. “Al principio, el cuento era bien atractivo, porque cada avestruz pone de cuarenta a ochenta huevos en la temporada, y al año están listas para irse al matadero, lo que hacía pensar en que el negocio era grito y plata”.

Seiscientas avestruces llegó a tener Isabel, y doce años luchó por continuar en el negocio, pero las trabas fuero muchas: el alimento era carísimo, porque comen una mezcla de alfalfa, maíz y soya —que ella misma hacía— y vitaminas que traía en un contenedor desde Estados Unidos. Pero los problemas de no tener un matadero propio hacía que Isabel tuviese que esperar, a veces, seis meses para faenarlas, mientras cada día los avestruces consumían dos kilos diarios de alimento.

A su vez, cada avestruz proporciona diecisiete kilos de carne, lo que es muy poco, si se piensa que una vaca produce doscientos. Pero Isabel aprovechaba al máximo todo lo que le restaba: con la grasa ella misma hacía jabones, con el hígado paté, y con restos de carne y más grasa, embutidos y cecinas, como longanizas, vienesas, pastrami (que se vendía en los restaurantes del Hyatt), jamón y salame. También preparaba charqui e, incluso, hamburguesas.

“Nos paseamos mucho por ferias artesanales, gracias a organismos estatales que proporcionan, de esta manera, ayuda a los pequeños productores, pero era súper desgastante, había que viajar a Santiago todos los días con refrigerador, máquinas congeladoras, etc… y aunque vendíamos todo, no lográbamos recuperar los costos”.

Hasta el cuero, Isabel lo mandaba a una curtiembre y luego se lo entregaba a un artesano de la zona, quien fabricaba maravillosas carteras, billeteras, llaveros, cajitas para guardar cartas, porta celulares, chequeras, y cuanto accesorio se le ocurriera. “El cuero de avestruz es carísimo, eso lo exportaba todo a España; allá hacían sus propios accesorios, que por ser españoles, cuestan el triple que aquí. Una cartera en Chile se vende a doscientos cincuenta mil pesos, pero allá, fácil, cuestan entre dos mil o dos mil quinientos euros”.

“La idea de ahora es hacer una granja interactiva en donde los niños le saquen leche a las vacas, les den leche a los terneros en sus mamaderas y comida a las gallinas y ciervos, que paseen en burro, que recojan los huevos, que conozcan los avestruces, que gocen de un día absolutamente campestre, en donde todo se puede tocar y, además, probar”.<br /> Además, las plumas las transforma en plumeros, “la estática de estas es espectacular para absorber el polvo”. Por otro lado, se las vende, hasta el día de hoy, a los mejores diseñadores de vestuario. Su máximo cliente es Rubén Campos, a quien ya le está preparando una próxima entrega. ¿Se acuerda usted de la bufanda de plumas que usó la señora de Farkas para la gala del Festival de Viña del Mar del año pasado? Bueno, Campos la hizo con las plumas de los avestruces de Isabel.

<strong>PASADO Y PRESENTE</strong>

El problema del negocio, según cuenta Isabel, es la difícil venta tanto de los accesorios como de la carne o cecinas de estos animales. Ella tuvo siempre un distribuidor que le compraba unos cuatrocientos a quinientos kilos de carne por mes, el que luego la revendía a distintos restaurantes y hoteles de la capital, pero dependía única y exclusivamente de él. “También logré exportar un par de veces a Japón, pero eso era tremendamente difícil, porque necesitas llenar un contenedor de carne”.

Así y todo, luchó por sacar adelante el negocio de las avestruces. Ella pretendía continuar hasta el final, pero hace unos ocho meses, “por sanidad mental”, decidió que ya no daba más el tema de estos animales, y las mandó todas al matadero, para quedarse sólo con ocho, porque una nueva idea ya venía en camino.

Pero no se ha desligado completamente del negocio de los avestruces, aún le queda una buena reserva de carne para vender. Debe entregarle cada cierto tiempo plumas a Rubén Campos; además, tiene cientos de kilos de cuero en millones de colores para continuar con el tema de los accesorios: en su oficina hay maravillosas carteras, esculturas con huevo de avestruces, huevos pintados y otros blancos por si el cliente prefiere personalizarlos, cuadros hechos con trozos de cáscara de huevo en distintos coloridos, unidos para aparentar la técnica del mosaico, entre otros. En fin, aún hay un mundo de avestruces que permanecerá en Tiki. “Mi idea es llevar los accesorios a distintos hoteles top de la capital”.

<strong>GRANJA INTERACTIVA</strong>

Con el fin de estar siempre acorde con la evolución y lo que está sucediendo en el mundo globalizado, es que Isabel se planteó un nuevo objetivo como negocio y, a la vez, como una manera de educar y enseñar a las juventudes sobre lo que realmente es la vida de campo, con sus animales recorriendo los pastizales libremente, y en su propio hábitat.

Así, junto con las siete avestruces que le quedan, compró huevos de la zona, los puso en sus incubadoras y hoy recorren el lugar más de mil gallinas entre criollas y ponedoras, además de gallos, faisanes, pavos, gansos, gallinetas, patos, vacas, terneros, burros, ciervos, ovejas, alpacas, llamas, seiscientas codornices, y mucho más. “Estoy a punto de ser un zoológico… (ríe). Lo que quise fue aprovechar las instalaciones, para tener diferentes animales, los que además me proporcionan un sustento económico, por ejemplo, las gallinas ponen trescientos huevos diarios y las codornices, cuatrocientos”.

“Además, quiero que los animales vivan felices y darles un hábitat para eso y que la gente se acerque, vengan los colegios y universidades —algunos ya han visitado el lugar—, a vivir el campo como una granja interactiva, en donde los niños le saquen leche a las vacas, les den leche a los terneros en sus mamaderas y comida a las gallinas y ciervos, que paseen en burro, que recojan los huevos, que conozcan las avestruces, que gocen de un día absolutamente campestre, en donde todo se puede tocar y, además, probar”.

Caminando por el fundo, sorprenden las gallinas ponedoras, pues están por todas partes, y los gansos que sacan la lengua como serpiente defendiendo sus crías. Por todos lados hay animales; incluso, Isabel construyó una laguna en donde los patos nadan libremente. A todos los trata como si fueran sus propios hijos: “vengan mis guaguas”, les dice a las gallinas que no paran de picotearle las piernas, y a los avestruces que abraza con ternura.

Hoy trabaja en tener lista una huerta modelo, que ya está preparando en un área de quinientos mil metros. “Voy a tener poquitas cosas de cada una, pero con el fin de mostrar que, por ejemplo, las papas, a pesar de que son tubérculos y crecen hacia abajo, también tienen toda una parte aérea. En este momento, hay plantadas arvejas, habas, ajos y papas. Ahora voy a poner camote, además, tengo tomates, uvas y, por otro lado, nectarines, maíz y toda clases de frutas, incluso tropicales que me traje del norte: feijoa, guayaba, nísperos, higos, granadas, damascos, duraznos, peras, ciruelas, manzanas… la idea es que la gente conozca cosas distintas”.

<em><strong>¿Por qué recomiendas un día de campo?</strong></em><br /> Porque disfrutar de un día de campo te renueva, te da energía, ánimo, cambia la perspectiva del mundo.

 

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